“La literatura está hecha de dudas, más que de certezas”

Ignacio Solares es escritor y periodista.
Ignacio Solares.
Ignacio Solares. (Héctor González)

Ciudad de México

El 15 de enero, Ignacio Solares cumplirá setenta años. Autor y periodista de diversos registros, ha cultivado por igual la novela, el cuento, el ensayo, la dramaturgia y el periodismo. Alumno de Juan José Arreola y Vicente Leñero, amigo de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, el escritor de Ciudad Juárez ha hecho de la religión, la filosofía, la psicología y la historia, las columnas sobre las que se sostiene una bibliografía que incluye títulos como El sitio, Columbus, La invasión y Delirium tremens, pieza de la cual Alfaguara publicará próximamente una edición conmemorativa.

Al margen de su trabajo como escritor, en la UNAM se ha desempeñado como director de Teatro y Danza, y de Literatura, y como coordinador de Difusión Cultural; desde hace doce años dirige La Revista de la Universidad de México.

Ganador de los premios Nacional de Literatura, José Fuentes Mares, Xavier Villaurrutia, Mazatlán de Literatura, Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, Nacional de Ciencias y Artes, entre otros, Solares recibirá un homenaje el 14 de enero a las 19:00 horas en el Palacio de Bellas Artes. Participarán Rosa Beltrán, Humberto Musacchio, José Ramón Enríquez, Jesús Ochoa, Antonio Crestani y Miguel Flores.

 

¿Cómo llegó a la literatura?

A los siete u ocho años me volví un lector ávido. Tuve la suerte de llegar a los libros de Julio Verne y Emilio Salgari. En casa no había televisión. Mi padre era un gran lector; de hecho, me regalaba los libros. Poco a poco me di cuenta de que lo más importante era leer. Mi madre solía decir que a veces me tenían que agarrar del cuello para llevarme a comer porque no soltaba Los tres mosqueteros.

 

Habrá influido también su formación con los jesuitas.

Así es, en Chihuahua estudié en el Instituto Regional. Los jesuitas son grandes maestros. Durante un año, en la clase de literatura leímos El Quijote: nos lo explicaron capítulo por capítulo. Estudiar con ellos fue una suerte enorme porque cultivaron mi afición por la literatura y el futbol, y me dejaron una huella religiosa indeleble.

 

¿Sus primeros ejercicios como escritor provienen de esta época?

A los doce o trece años empecé a escribir cuentitos. Del Regional me fui a la Ciudad de México, donde ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras. Nunca tuve duda de que estudiaría Letras con algunas materias de filosofía. Tuve maestros como Luis Rius y Rosario Castellanos, y tomé un taller con Juan José Arreola, quien podría decir que fue mi primer gran maestro: tenía una enorme pasión por la literatura y una capacidad admirable para corregir los textos. Era muy paciente con los jóvenes. Una vez hice un texto experimental, sin signos de puntuación. Cuando lo vio solo me dijo: “Hagamos la prueba de ponerle puntuación, queda mejor”. Arreola fue definitivo. Tuve grandes maestros, Luis Rius nos daba español. En Filosofía tomé clase con Adolfo Sánchez Vázquez, Eli de Gortari, Luis Villoro, Ramón Xirau. Era una facultad de sueño.

 

¿Cómo convivía su formación religiosa con la educación marxista de varios de sus maestros?

Sánchez Vázquez nos daba una clase llamada “El joven Marx”. No había conflicto porque la fe iba en el inconsciente y todo lo demás era racional. Los jesuitas metieron la fe en lo más profundo del pozo y todo lo demás cayó encima. Por supuesto, tuve momentos de duda; de hecho, creo que la literatura está hecha de dudas más que de certezas. La clave de la literatura son las preguntas, no las respuestas. Desconfío de la literatura de mensaje.

 

¿Cómo se relacionó con el periodismo?

Publiqué mi primer cuento como a los 19 años en El Heraldo Cultural que dirigía Luis Spota. Eso me abrió una puerta e ingresé al periodismo porque necesitaba un modus vivendi. En El Heraldo estuve en la sección de Espectáculos que dirigía Raúl Velasco. Fue un periodo muy divertido porque hice entrevistas a personajes como Roman Polanski, Elizabeth Taylor y Richard Burton. De ahí me fui con Vicente Leñero a la revista Claudia; él era jefe de Redacción y los redactores éramos José Agustín, Juan Tovar, Gustavo Sáinz y yo. Luego hicieron director a Vicente y yo seguí a su lado. Ahí entrevisté a María Félix, Dolores del Río, Ignacio López Tarso.

 

Usted es de la generación de José Agustín; sin embargo, nunca le interesó la literatura de la onda.

En ese tiempo solo escribía cuentitos, no había intentado con la novela. La literatura de la onda era muy diferente a mi vocación, yo venía de estudiar con los jesuitas. Me sentía más próximo literaria y filosóficamente a Arreola. Leñero fue otro maestro fundamental porque coincidimos en las preocupaciones religiosas. Gracias a él descubrí a autores católicos como Graham Greene, François Mauriac o Chesterton.

 

Siguió a Leñero a Excélsior.

Por ahí de 1970 nos fuimos a Excélsior con Julio Scherer, a Revista de Revistas, donde estuve poco tiempo porque Octavio Paz me invitó a trabajar en Plural, donde fui jefe de Redacción. Él sí era un jefe difícil pero le aprendí mucho. Después Scherer me invitó a dirigir el suplemento Diorama de la cultura, en el que publiqué textos de Bioy Casares, Borges y Vargas Llosa.

 

¿En qué momento se interesó por la psicología, ciencia que con el tiempo se vuelve más relevante aun que la filosofía en su trabajo?

Publiqué mi primera novela a los treinta años, Anónimo, una obra muy psicológica. En alguna ocasión entrevisté a Erich Fromm, quien daba un seminario en Cuernavaca. Le pedí que me dejara ir de oyente. Aquello supuso una experiencia maravillosa porque me clavé en la psicología. Me jacto de haber leído buena parte de la obra de Jung, Freud y Adler. Más o menos conozco los mecanismos de la psicología. Digamos que mis influencias son la literatura, donde está lo religioso; la filosofía, donde también está la religión, pues Ramón Xirau era creyente; y la psicología. Siempre me he visto más como cristiano que como católico. Creo que el gran reto de los católicos es convertirse al cristianismo.

 

Las tres influencias de las que habla se condensan en uno de sus libros más celebrados: Delirium tremens.

Durante un año hice un reportaje en el Sanatorio Lavista, bajo la dirección del doctor José Antonio Elizondo. Trabajé con alcohólicos que padecían delirium tremens. Las alucinaciones me permitían darle una interpretación psicológica. Incluso gente me detenía en las farmacias para agradecerme porque le había ayudado a un familiar.

 

¿Usted conoció de cerca el alcoholismo?

Me interesé en el tema porque algunos tíos padecían delirium tremens, incluso mi padre. En lo personal, tenía una tendencia muy clara pero ahora no bebo. La escritura me ayudó mucho porque resultó catártica. Este 2015, Alfaguara sacará una edición conmemorativa.

 

¿La literatura es catártica?

Sí, cuando logras amarrar algo: antes puede ser muy angustiosa. A veces das vueltas y vueltas, y el trabajo termina en la basura.

 

¿Se escribe para los otros o para uno mismo?

Siempre he necesitado tener un tema que me haga click. Si consigo vincularlo con mi universo personal, escribir se vuelve terapéutico.

 

¿Y si se combina con el psicoanálisis es aún más terapéutico?

Suelo decir que me psicoanalizo a través de mis libros. Alguna vez tomé terapia pero el problema es que he estudiado tanto el tema, que yo sabía tanto o más que el terapeuta.

 

Es interesante también su relación con el cuento.

Tengo un libro llamado La instrucción y otros cuentos. Es el género más difícil porque el cuento debe ser redondo. Como decía Cortázar: el cuento tiene que ganar por nocaut y la novela por decisión.

 

Otra ruta que ha tomado es el de la novela histórica.

Tuve la suerte de conocer al historiador Manuel Arellano, a quien doña Sarita Pérez de Madero le cedió los cuadernos originales en que su esposo, Francisco I. Madero, escribió sus dictados espíritas. La familia católica había negado esa parte, pero gracias a Manuel Arellano tuve acceso a esos escritos. Esto me permitió entrar a la historia por la puerta trasera. Siempre me ha interesado lo misterioso y oculto. Creo que lo único insoportable es la realidad real: estoy a favor de todas las fugas posibles. Lo que pasa es que hay fugas descendentes como las drogas, el alcohol o la violencia, y fugas ascendentes, como la literatura o el arte. De modo que al descubrir al Madero espiritista encontré la posibilidad de escribir una biografía a partir de los comunicados espíritas. Así nació Madero, el otro e ingresé al ámbito de la historia. Estoy convencido de que no podemos entender la Revolución sin entender la relación entre Madero y el espiritismo.

 

Dentro del mismo rubro figuran también Columbus y La invasión.

Lo que sucede es que soy de la frontera, nací en Ciudad Juárez, por tanto sé lo que es el tránsito al otro lado. Ambos títulos son mi aproximación al tema fronterizo desde la historia. El primero trata sobre el ingreso de Villa a Estados Unidos: recordemos que en Palacio Nacional estuvo izada la bandera norteamericana. Creo que si ellos se apoderaron de Texas fue porque estaba despoblado. En ambos títulos quise condensar nuestra relación con Estados Unidos. Creo que la frontera es una cicatriz siempre abierta.

 

A la hora de trabajar la dimensión humana, ¿qué le aporta indagar en la parte mística o en la fe de un personaje?

Me interesa la parte oculta o secreta del ser humano. Nunca he podido abocarme a personajes que no tienen este rasgo. Alguna vez una editorial me propuso hacer una biografía de Porfirio Díaz pero no se me dio porque no le encontré el misterio. Sin embargo, la veta espiritista de Madero me acercó al cristianismo de Felipe Ángeles, simpatizante de Villa, que muere en un juicio en el Teatro de los Héroes de Chihuahua. De ahí brinqué a otro espiritista: Plutarco Elías Calles.

 

¿A quién dedica su obra de teatro El Jefe Máximo?

En la obra imaginé a un Calles rodeado de todos los personajes históricos fundamentales en su vida, como el Padre Pro, a quien mandó fusilar en pleno centro de la ciudad. Gracias a Gutierre Tibón presencié algunas sesiones espiritistas con el hijo de quien había sido el médium de Calles.

 

¿Hasta donde llegó en su investigación sobre el espiritismo?

No me quise involucrar mucho, solo me interesaba como material literario.

 

¿Cómo consigue separar estas reflexiones religiosas de la literatura?

La literatura es un instrumento y puedes hacer con él lo que quieras. Cuando tienes la vocación, la facilidad y un estilo, puedes usarlo para bien o para mal. Al centrarme en personajes que me interesaban, no tenía problemas para hacer este tipo de separaciones.

 

Ha dicho que la literatura se construye más de preguntas que de respuestas. Con el tiempo, ¿las preguntas siguen siendo las mismas?

Mi pregunta fundamental, que proviene de mis primeras lecturas, es: ¿hay algo más de lo que tenemos aquí? Esa duda me ha ayudado a rascar en personajes insólitos, en situaciones anormales, a acercarme a la parapsicología, la filosofía, el espiritismo, la fe. Me ha dado un mundo muy rico porque te puedo decir que solo he escrito sobre lo que me ha inspirado. Nunca he escrito por encargo. Necesito la inquietud permanente. Creo que es fundamental reflexionar sobre si hay algo más.

 

Bajo el manto de esta pregunta, ¿qué piensa de la muerte?

La muerte está presente en mis escritos porque es el parteaguas; por eso está presente en todas las religiones. La muerte te catapulta al vacío o a algo más. A través de toda mi experiencia, ya larga, creo que hay algo más en distintos sentidos. Creo en el inconsciente colectivo de Jung, creo que existen la telepatía y el hipnotismo. En algunos aspectos el espiritismo tiene una parte que está más allá de la charlatanería. Me he acercado mucho a la filosofía hindú. Como bien decías, la psicología quedó como una parte fundamental y aquí tengo que mencionar mi libro Cartas a una joven psicóloga, que escribí pensando en mi hija.

 

Después de reflexionar sobre ello y de ver que los maestros y amigos fallecen, ¿la muerte es objeto de reflexión o de preocupación?

La muerte es el centro de mis cuestionamientos. Puedes dejar de temerle o solo temer al dolor que lleva implícita. Puedes resignarte pero como guardo tantas dudas sobre el otro mundo, me intriga. Estoy leyendo un libro del filósofo alemán Willigis Jäger que me regaló Vicente Leñero: La ola es el mar. Todos somos olas de un mismo mar y al morir regresamos al mar. O como me dijo García Márquez en una entrevista que le hice en los años setenta, luego de preguntarle a dónde nos vamos al morir: “Al océano universal”. Eso ya es algo.

 

¿Le reconforta esa idea?

Claro, te vas al inconsciente colectivo. No es lo mismo que decir: me voy a la nada. Para los occidentales la Nada es nada, mientras que para los orientales la Nada es integración.