Ideologías enmascaradas

Es muy común escuchar a políticos —particularmente si vienen etiquetados con la pretensión de pureza asociada a la palabra “ciudadano”— afirmar que no profesan ninguna ideología, o incluso que ...
George Orwell.
George Orwell. (Especial)

México

Uno de los conceptos más agudos postulados por George Orwell establece que en términos políticos el pensamiento predominante suele no plegarse a simples postulados elementales sin los cuales en otros ámbitos no podríamos siquiera funcionar. Si vamos al supermercado, ofrecía como ejemplo, sabemos que con determinada cantidad de dinero se puede comprar ciertas cosas, y a menudo debemos renunciar a unas si queremos tener otras. En cambio en política, consideró Orwell, la gente suspende el razonamiento lógico y a menudo desea al mismo tiempo alternativas contradictorias, o es capaz de creer mentiras flagrantes por el simple hecho de que se ajustan a sus fantasías de la realidad, incluso si a menudo no guardan ninguna relación con la configuración concreta del momento.

En ese sentido, una de las grandes falacias del discurso político dominante es la del fin de las ideologías. Es muy común escuchar a políticos —particularmente si vienen etiquetados con la pretensión de pureza asociada a la palabra “ciudadano”— afirmar que no profesan ninguna ideología, o incluso que no saben a qué ideología pertenecen. Se trata simplemente, se extiende el argumento, de gobernar con honestidad, contra los poderosos y corruptos, y estar del lado de la ciudadanía. Los problemas se atribuyen entonces a la maldad de los encargados en turno, y se solucionarán cuando llegue al poder uno de los buenos, sin ningún programa específico más que las ganas de gobernar bien, de preferencia como si estuviera al frente de una empresa.

La trampa lógica reside en que eso es ya en sí una ideología, que en la práctica funciona para excluir del debate (y de las políticas) asuntos que tengan que ver con injusticias, redistribución o discriminación provocados por inercias sociales tan profundas que, si desean cambiarse, deben ser combatidas de raíz. En sociedades tan complejas como las actuales, el voluntarismo es a todas luces insuficiente, y la promesa de ser solo un gerente honesto equivale a decantarse por perpetuar el estado de cosas actual, legitimando entonces las prácticas que produjeron en primer lugar a los favorecidos y desfavorecidos de siempre. En un país como México, si se parte de una situación de pobreza extrema, falta de oportunidades, exclusión y racismo sufridos por una amplia mayoría de la población, y se declara que uno como político simplemente viene a administrar bien y no robar, incluso si fuera cierto (sabemos que por regla casi nunca lo es) presupondría un pronunciamiento en pro de que las cosas permanezcan iguales. Vivimos entonces una situación muy orwelliana: no nos interesan esas cosas de las ideologías, venimos a sacudir los cimientos del sistema, a ahora sí darle a la ciudadanía lo que se merece, para lo cual ni siquiera hace falta que cuestionemos la justicia y los efectos de las leyes y costumbres cotidianas que nos condujeron en primer lugar a ese sitio del que tan desesperadamente, siempre en discurso, queremos escapar.