[Vibraciones] Música contra el odio

Otra guerra por el control de la Franja entre Palestina e Israel (y las potencias mundiales alineadas con uno u otro) comenzará en cualquier momento.
Franja
(Cortesía)

Ciudad de México

Martes 3 de mayo de 2011.Un camión blindado se estaciona afuera del Mathaf, un centro cultural en el centro de Gaza. Bajan dos hombres y dos mujeres. Visten de civil; ropa negra. Se dirigen hacia la entrada; cada uno arrastra un ataúd.

Hay militares por todas partes: arriba de los edificios, atrás de las ventanas y cada quince metros forman grupos de registro en las calles. Otra guerra por el control de la Franja entre Palestina e Israel (y las potencias mundiales alineadas con uno u otro) comenzará en cualquier momento. Es cuestión de semanas, tal vez de horas; quizás estos cuatro cadáveres ya la han inaugurado.

Del camión blindado siguen bajando hombres y mujeres de negro con cajas cuya diversidad es extraordinaria: pequeñas y grandes, gigantescas y diminutas; alargadas y gruesas, cuadradas, triangulares y de formas abstractas. Primero ataúdes, ¿ahora armas?

Hay algo muy raro en la escena. Esa gente parece fuera de lugar. Sus movimientos son caóticos, indisciplinados. Falta orden y nadie marcha. Su aspecto remite a la libertad: muchachas con el cabello pintado y otras con minifalda; chicos con tatuajes en el antebrazo y cola de caballo. En sus expresiones no hay peligro ni urgencia. ¡Y sus manos!: lucen tranquilas, sin cicatrices; terminan en delgados dedos largos tan delicados que resulta imposible imaginarlos sosteniendo un fusil o arrojando una granada.

Ya han bajado todos. Son 31. Entran al centro cultural y se meten a un teatro. Colocan sus cajas sobre el escenario; las abren y comienzan a aparecer instrumentos: de metal y madera; graves y agudos, de aliento y de cuerda. De una caja circular salen dos platillos y una flauta de la que tiene forma de escopeta; de las cajas abultadas surgen tubas y cornos; las más alargadas, donde se intuían ametralladoras, lucen fagots y clarinetes. De ahí salen chelos y violines; de allá piccolos y tambores. ¿Y los ataúdes?: los contrabajos son instrumentos grandes (frisan el 1.80); requieren cajas amplias y duras que es fácil imaginar resistiendo bajo tierra con un cuerpo humano adentro.

Tres horas después, a las 8 de la noche, el teatro de 700 asientos está lleno. Todos en el público son palestinos; hay muchos niños. No se cobró la entrada. Afuera el despliegue de seguridad es impresionante. Comandos, francotiradores y misiles listos para tirar aviones. El gobierno palestino garantizó que no habrá atentados.

La idea inicial de la orquesta para llegar a la Franja fue cruzar Israel, pero el gobierno israelí avisó que no permitiría que los músicos pasaran por su tierra, que no se les ocurriera intentarlo siquiera. La ONU intervino y gestionó la entrada por Egipto. El traslado salió bien: sin contratiempos.

Ya todo está listo. El concertino da la pauta y los músicos afinan; provienen de sinfónicas de París, Berlín, Milán y Viena. Hoy son la Orquesta por Gaza. Los convocó el director Daniel Barenboim, quien ahora sale al escenario: traje negro, pasos lentos, saco cerrado y el cabello blanco.

El programa incluye a Mozart: la Sinfonía 40 y la Pequeña serenata nocturna para cuerdas. Es el primer concierto de música clásica en la historia de Gaza en el siglo XXI. Barenboim toma el micrófono y dice en inglés: “Yo soy palestino… y también soy israelí. ¿Lo ven?: quiero que el mundo se dé cuenta que es posible ser las dos cosas”.

 

II

¿A quién se le puede creer cuando opina sobre la Franja de Gaza? Los protagonistas del conflicto no tienen rostro: son máscaras que representan poder y dinero; dinero invertido en armas para matar y demostrar con destrucción la veracidad de sus palabras.

Algunos políticos están expuestos todo el tiempo y se convierten en responsables directos de la brutalidad, en auténticas encarnaciones contemporáneas del dolor y la injusticia. Pero no son ellos los más siniestros: las verdaderas figuras demoniacas son aquellas que, como Yago, claman inocencia mientras envenenan el corazón de un hombre desesperado y le ponen una daga en la mano; las que al frente de grandes potencias hablan en televisión de paz, unión, libertad y democracia cuando, ocultos, disponen la liza para la tragedia; las que condenan la guerra y al mismo tiempo compran bombas, capacitan ejércitos, invaden tierras, saquean recursos, organizan, condicionan y maniatan a nuevos gobiernos.

Entre hipócritas, malditos y asesinos, la figura del director de orquesta Daniel Barenboim (1942) resalta en este drama como la de un héroe romántico. Nació en Argentina con sangre israelí y Palestina le ofreció la nacionalidad en 2008. Así que tiene los dos pasaportes; quizás es el único palestino–israelí del mundo, y se ha ofrecido como ejemplo de enemigos que se hermanan.

Barenboim es sin duda un actor político más en el conflicto. Sin embargo, a diferencia de cualquier otro líder involucrado, se puede creer en lo que dice: es imposible que mienta cuando su discurso no tiene palabras, únicamente sonidos:

“Aspiro a la igualdad y a la libertad entre israelíes y palestinos, y es bajo estos ideales que nos juntamos para hacer música”.

 

III

La máxima expresión de esta postura política de Barenboim es el proyecto West Eastern Divan, que fundó en 1999 junto con el escritor palestino Edward W. Said (1935–2003). Comenzó como un taller musical para niños israelíes y palestinos impartido en Alemania (“un lugar donde los ideales humanistas de la Ilustración se vieron opacados por el Holocausto”) y poco a poco se convirtió en una orquesta que encontró sede (gracias al apoyo del gobierno de Andalucía) en Sevilla, ciudad de histórica tolerancia donde musulmanes, cristianos y judíos han coexistido.

La orquesta se presentó en Ramallah  (2005), territorio palestino constantemente invadido por el ejército de Israel. Muchos de los asistentes, todos palestinos, vieron por primera vez en su vida a israelíes en un entorno ajeno al de la guerra. Barenboim cuenta que una niña se acercó a él al final del concierto y le dijo: “Eres la primera cosa que veo que proviene de Israel y no es un soldado o un tanque”.

Durante los enfrentamientos entre Palestina e Israel de 2006, 2009 y 2012, la existencia de la orquesta ha peligrado. Al respecto, Barenboim explica: “Las diferencias ideológicas de los niños son culturales y por lo tanto evidentes; las discusiones entre estos pequeños son continuas y en momentos de guerra incluso se vuelven álgidas, pero estos chicos, que solo habían interactuado con el otro a través de un conflicto armado, encontraron un vínculo en la música”.

Hasta ahora, ser parte de la misma orquesta ha sido un vínculo indestructible, más fuerte que el odio.

 

IV

Con motivo de la nueva guerra en la Franja de Gaza que comenzó hace algunas semanas, Barenboim publicó un artículo en el diario inglés The Guardian en el cual afirma que el conflicto no puede tener una solución militar, ya que su fondo no es político sino humano: el de dos pueblos convencidos de que son dueños de la misma franja de tierra. “Nosotros los palestinos sentimos la necesidad de recibir justicia. Nuestra causa es de justicia y exigimos gozar de los derechos que se les otorgan a todas las personas en el mundo: autonomía, libertad y derecho a tomar nuestras propias decisiones. Nosotros los israelíes necesitamos que se nos reconozca nuestro derecho a vivir en esa misma tierra. Por lo tanto, la división de la tierra solo puede suceder después de que ambos hayamos no solo aceptado sino comprendido que es posible vivir juntos, lado a lado, y no espalda contra espalda”.

 

V

En Gaza no ha habido un concierto de música clásica desde esa presentación de 2011. El mayor sueño de Barenboim es viajar algún día con los niños músicos de la West Eastern Divan y tocar más Mozart en la Franja.