Una extraña canción libertaria

Durante la Primera Guerra Mundial, Ives se obsesionó con canciones bélicas. No las que llamaban con odio a las armas, sino las que cantaban los soldados al marchar tal vez hacia su muerte.
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(Cortesía)

Ciudad de México

Incomprensión

Pocas figuras tan misteriosas como la del estadunidense Charles Ives (1874–1954). Vivía de dirigir una compañía de seguros y por la noche componía. Autofinanciaba la publicación de sus partituras y quienes las leían no solían entender el sentido de los sonidos. Decían que eran demasiado extraños. La imagen de Ives fue la de un hombre rico que por capricho hacía música fea cuando no absurda.

Muy pocos lo comprendieron, quizá solo Stravinsky (“Ives es un hombre original, un hombre dotado, un hombre valeroso. Hay que honrarlo a través de sus obras”), Schönberg (“hay un gran hombre viviendo en Estados Unidos, un compositor. Ha resuelto el problema de cómo preservarse a sí mismo y aprender. Responde a la indiferencia con desdén”) y su compatriota Aaron Copland, quien le otorga una estatura profética: “Queríamos escribir música en un nivel que dejara muy atrás a la música popular, música con grandeza de expresión que fuera totalmente representativa del país que Whitman concibió. Por un curioso capricho en la historia, el hombre que estaba escribiendo dicha música, una música que se aproximaba muy de cerca a nuestras necesidades, era completamente desconocido para nosotros”.

Repertorio

Del lenguaje de Ives destaca una curiosidad radical por experimentar. Politonalidad, atonalidad, contrapunto disonante, polirrítmica o búsqueda entre microintervalos son recursos constantes en su música.

Algunas de sus creaciones rozan lo intocable, como la Cuarta sinfonía (1924), que requiere de tres directores para ser interpretada. Otras proponen complejas referencias extramusicales, como su Sonata Concord (1915), en la que aparecen acordes con todos los sonidos pentatóticos y está acompañada por un largo ensayo de afirmación teológica de corte protestante. También concibió obras plenamente nacionalistas, como Variaciones sobre América con contrapunto politonal o Tres lugares de Nueva Inglaterra.

Su arte tuvo un reconocimiento tardío cuando en 1947 se le ofreció el Pulitzer por su Tercera sinfonía (1910). Ives lo rechazó con un argumento irrefutable: “Los premios son para niños de escuela y yo ya no soy un niño de escuela”.

Guerra

Durante la Primera Guerra Mundial, Ives se obsesionó con canciones bélicas. No las que llamaban con odio a las armas, sino las que cantaban los soldados al marchar tal vez hacia su muerte y las que tarareaba la gente inocente para encontrar en la música un poco de esperanza.

Surgían nuevas canciones de este tipo en todos los países involucrados en el conflicto: de baladas de amor (“An Eala Bhán” del británico Donal MacDonald) a marchas de despedida (“Proscanije slavjanki” del ruso Vasily Agapkin) pasando por himnos patrióticos (“La legenda de Piave” del italiano G. E. Gaeta).

Todas compartían el objeto de crear una melodía directa y poderosa capaz de clavar un mensaje libertario en la memoria. Ives quiso acercarse a este género popular, sin complicaciones, que se alejaba dramáticamente de esa tendencia a experimentar con nuevas formas de articulación sonora, y compuso “There Are There” en 1917. Se trata de una canción para piano y voz (de preferencia no operística) cuya letra, de C. McCray, resume el pensamiento político de Ives: un mundo sin fronteras políticas (“¡Alrededor de la bandera de la Asamblea Popular del Nuevo Mundo Libre se gritará el himno de batalla de la libertad!”) donde las naciones sean libres de vivir la vida que deseen sin la intervención de políticos criminales, dictadores o déspotas.

Aunque “There Are There” pasó desapercibida durante la Primera Guerra Mundial, se hizo popular en el entorno de la Segunda. Las bandas de guerra de las tropas norteamericanas la interpretaban en una versión para coro y orquesta. Sin embargo, esta presentación grandilocuente disgustó a Ives, pues sintió que traicionaba el espíritu original: la individualidad que se afirma en su libertad indestructible de pensar diferente.

Ives decidió grabarse a sí mismo (en este link puede escucharse la grabación). Su canto es áspero y crudo; transmite un entusiasmo que oscila entre la violencia, la desesperación y una pasión que todo lo consume. El acompañamiento al piano tiene guiños disonantes y una cita enrarecida del himno nacional estadunidense.

Entonada por él, es una canción de aspecto brutal que remite a un borracho cantando exaltado y feliz para sí mismo en una cantina. Resulta un claro y poco explorado antecedente de ese oscuro folk en inglés que posteriormente desarrollaron Leonard Cohen, Nick Cave, Tom Waits, y en tiempos más recientes Baby Grahms y Jason Webley.