Hoteles

Una pareja, hombre y mujer, en un bar capitalino y su posterior estancia en un hotel, donde se reconocerán como “una pareja de títeres en espera de la vida”.
"Hoteles de paso", Juan Manuel Gómez,  compilador, Cal y Arena, México, 2014, 144 pp.
"Hoteles de paso", Juan Manuel Gómez, compilador, Cal y Arena, México, 2014, 144 pp. (Especial)

Ciudad de México

No existe hotel que no sea de paso. Simulacros de morada estable, nos reciben por tiempo determinado, aun con la posibilidad de extensiones o nuevas estancias.

“Todos los hoteles son de paso”, reitera el personaje del breve relato del mexicano Guillermo Fadanelli, “La taberna de Goya”, incluido en la antología que sobre el tema recién publicó Juan Manuel Gómez, Hoteles de paso, y con el tentador y largo subtítulo secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.

El texto narra el encuentro de una pareja, hombre y mujer, en un bar capitalino y su posterior estancia en un hotel, donde se reconocerán como “una pareja de títeres en espera de la vida”.

Antes de estar ahí, “la luz inevitable, el espejo empotrado en la pared”, la pareja descubrirá una “estúpida obsesión” por el pintor español, y transmitida por ella “en el declive de la ebriedad”.

El hotel, referente de las goyescas “cárceles entumecidas por las heladas del invierno, ejecuciones a palos, fusilamientos y corderos desollados”, pronto queda atrás. “Tenemos que seguir con nuestras putas vidas, pero en otra parte, vámonos”.

No menos sensible, Ignacio Trejo Fuentes contribuye a esta antología con “RomA/AmoR!”, y que Gómez explica, no sé muy bien por qué, como una “crónica al viejo estilo”.

Hábil para trasladarnos a los territorios por él andados, Trejo Fuentes cuenta su relación con el viejo hotel de la colonia Roma donde, por cierto, se multiplican desde hace décadas este tipo de establecimientos.

Los referentes no podrían prescindir de uno de los constantes registros del narrador, los recurrentes temblores de la gran ciudad y que en la zona se perciben multiplicados.

Instalado en el hotel “con mi amante”, el narrador recuerda: “casi nos morimos de miedo, sobre todo cuando escuchamos los gritos de espanto de otros amantes”. La escena descrita va de la tragedia a la hilaridad:

“Seguimos las instrucciones que había en carteles empotrados en las paredes de cada habitación y nos situamos bajo el marco de la puerta, desde donde pudimos ver que el estacionamiento se iba llenando, poco a poco, de aterrados amorosos, unos apenas enredados en sábanas o toallas, y otros de plano encuerados”.

Otro de los escritores que también “vuelve” a la colonia Roma es Alberto Ruy Sánchez. Su texto “Los leones fantasma del Hotel Paraíso” (el mismo de los personajes de Fadanelli) evoca ese “paréntesis doblemente edénico” conformado por el hotel y el desaparecido cine Gloria, en las calles de Campeche.

Los rumbos hoteleros se completan con textos de Juan Carlos Bautista, Laura Emilia Pacheco, Juan José Rodríguez, Miriam Mabel Martínez, Brenda Lozano (México); Barry Gifford y Jennifer Clement (Estados Unidos); Alfonso Cueto (Perú), y Carla Guelfenbein (Chile).