Hotel Bamer

Estuve ahí, los elevadores aún funcionaban. Tapices elegantes de los años 50. Alfombras marrones, rojas, cerúleas, borgoña. Mario me citó en Eje Central para decírmelo: “Ya no existe, lo van a ...
Hotel Bamer.
Hotel Bamer. (Arturo Fonseca)

No existe otra forma, jamás existió. Mientras más aprieto los recuerdos, más me confundo. Mi abuelo antes de morir no lograba recordar el año en el que estaba, recordaba perfectamente el año en que cerraron su cine favorito, pidió que lo llevaran a una función de box. La confusión es un dios perverso e iracundo, su rostro parece amable, en realidad, te muerde las entrañas hasta matarte. Algunas veces creyó tener el control, mientras más apretaba se convencía de que ignoraba todo. Creía en el alma, tuvo una habitación fantasma y roja en el Hotel Bamer. Los hoteles de paso son para esconderse, la ventaja de estar muerto es que las personas que conocimos se han olvidado de nosotros. Mi mayor ambición era tener tu radio, llevarte a tomar algo en los hermosos sillones del Bamerette, sentarme junto al piano. No necesito de nadie, me las he arreglado sola siempre. Nadie piensa en el dolor cuando vive en él, he conocido personas cuyos fantasmas son creados con la finalidad de entretenerse en algo. No soy perfecta, soy capaz de hacer cosas bajas, las he hecho, jamás lo hice para lastimarme o lastimar a alguien.

Estuve en el Bamer, los elevadores todavía funcionaban. Tapices elegantes de los años 50. Alfombras marrones, rojas, cerúleas, borgoña. Mario me citó en Eje Central para decírmelo: “Ya no existe, lo van a tirar”, meses más tarde cerraron la cafetería de ese hotel. Lloramos, una parte de nosotros estaba muerta. Las historias felices son para personas que no tienen nada que decir. Detrás de la felicidad solo existe la fastidiosa comodidad de una vida apacible. Mis recuerdos de Avenida Juárez son eternamente tristes: “Tú ni siquiera habías nacido cuando en la pista del Bamerette las danzas amorosas encendían a los que bailaban sobre la alfombra verde agua con vivos dorados”, más de 500 habitaciones con personas diferentes, todas ellas podrían estar muertas, quizá todas ellas paseaban en tranvías. Mi abuelo viajó muchas veces en esos vagones de color amarillo, casi nunca pagaba, iba de mosca, nunca se soltaba, no perdía la esperanza de alcanzar un caldo de gallina con media pechuga cerca de Indianilla. ¿Por qué he vuelto a los lugares de mi abuelo?, ¿por qué la avenida sigue tan oscura? Se escuchan mis pasos, nadie me acompaña, quisiera volver a ver para preguntarle todo lo que no pudimos hablar antes de su muerte. Los catrines tras las parrandas asistían a los caldos de gallina, borrachos y gritones celebraban la vida junto a los que manejaban los tranvías, mi abuelo con su acordeón lograba obtener algo de dinero, un refresco gratis, un caldo, hasta un vaso de pulque, por la mañana regresaba a su cuarto donde le esperaba mi bisabuelo para pegarle, algunas noches tomaba su bono semanal del tranvía, cuando le apetecía pagar, su padre enfurecido rebuscaba en los bolsillos cada noche. “¿Se largó otra vez a Garibaldi?, a ver, Ricardo, búscalo en la azotea, a veces se pone ahí a escribir”, mi abuelo tenía más cuadernos que nadie en su casa, la envidia de los  hermanos, jamás le negaban uno, llenaba hojas y hojas, con historias de los mariachis que conocía en la plaza, con aventuras que le contaban los dependientes de los tendajones; quisiera leer esas libretas.

Los trolebuses hoy ocupan el Eje, pasan lentos y majestuosos, toda la noche. Por las madrugadas me gusta contarlos mientras estoy sentada en la parada de Perú. En alguna ventana me parece verlo, recargado, pensativo, solo. Mi abuelo fue un tipo solitario. Antes de que amanezca busco Avenida Juárez, la luz que pega en la Alameda es hermosa. Siento que en cualquier momento podré verlo en Avenida Juárez con su abrigo color verde antiguo, con sus libretas bajo la mano, rumbo a Garibaldi para pedirles a los mariachis que le contaran su vida. Tras tomar un café con leche en El Península, mi abuelo caminaba hasta Perú, ahí le regalaban un ojo de pancha en una panadería que quizá todavía existe. Un domingo compré ahí un pan para matar el hambre, calles más adelante las buenas familias estaban formadas afuera del Cardenal esperando una mesa. No tenía ánimo de emprender camino al mercado 2 de Abril. Mi abuelo vivió en varias vecindades. Lloró al enterarse que habían derrumbado una de sus vecindades en la calle de Perú. En sus tiempos el cine Teresa no era porno, tampoco una plaza. Una vez me llevó frente a lo que fue el cine Roxy, después me invitó una nieve de queso en la Ribera de San Cosme, era finales de los 80, una época horrible, de crisis, desesperanzadora. Nunca entendí que mi abuelo les gritara a los comerciantes del número 50 de Eje Central “¡ladrones, malvivientes, ojalá los borre un temblor!” No lo entendí en su momento, le habían borrado sus vivencias, sus primeros amores, aquellas mujeres deslumbrantes cuyos hombres tomaban delicadamente de la mano para ayudarlas a bajar del auto. La infancia es a veces un plato de crema de elote del comedor Rosalía, mi padre también solía hablar de la afición de su padre por el cine Princesa, justo al lado del comedor. ¿Cuántas películas viste en el Princesa? ¿lloraste con alguna? Hace mucho que dejé de llorar en los cines. Nadie logró asustarte cuando eras niño, ni siquiera la tía que le contaba sobre un hombre sin pies que caminaba en la plaza de Santo Domingo, mi abuelo salía a buscarlo antes de ir a Garibaldi, decía que de niño lo había visto, que hasta le convidó una manzana con caramelo. Se reía. También reía contando sobre las bromas que les jugaba a los borrachos en la avenida 20 de Noviembre tras preguntarles la hora: “Perdone que interrumpa su camino, ¿podría decirme la hora?”, para rematar gritando cuando le contestaban, “dichoso usted que conoce la hora de su muerte”, casi todos corrían. La broma se acabó cuando un borracho enfurecido le rompió la capa.

Con apenas 20 años, mi abuelo logró zafarse de aquel hombre que con un puñal le amenazaba. Sintió mucho pesar por su capa. Tenía una historia, cada objeto en casa de mi abuelo tenía una. Una vez en los caldos de Indianilla, un riquillo le regaló su capa, mi abuelo se la ponía para poder jugar a Don Juan Manuel con los que se le atravesaban. Solía decir que el lugar más seguro para pasar la noche era el Hospital de Jesús. En una de mis primeras parrandas en Garibaldi, lo comprobé. Me fui caminando, en el primer piso me metí a uno de los consultorios, me acosté en la cama de revisión, nadie interrumpió mi sueño, salvo algunos ruidos, frecuentes en edificios viejos. No sé en qué calle estaba la peluquería La Luz, ahí le cortaban el pelo cuando niño, después de comprar la leche, mi abuela se detenía frente a la peluquería, él suplicaba, odiaba a los peluqueros, se retorcía en el piso, solo se calmaba cuando mi abuela le prometía que después lo dejaría acompañarla a comprar masa para hacer atole de piloncillo: golosina de los pobres, sustento de familias obreras y campesinas mexicanas. James Dean usaba brillantina, mi padre y tú también. ¿Cuándo compraste tu primera brillantina Palmolive?, “para el pelo es superior, deja el cabello seductor”, pongo mis dedos sobre un bote imaginario de brillantina. Pienso en que ya no existe nada de lo que amaste. Amaste las calles de una ciudad hermosa, su ruina actual es la pesadilla nocturna de los pobres diablos perdidos en la noche de una entraña sanguinaria. Tu hijo también está muerto. Si tenemos que hablar de fortaleza, no eras un roble, eras un álamo.

Esas raíces alegres levantaron a toda la vecindad de la tristeza, no había dinero para comprar la cena de Navidad de unas 11 familias, se te ocurrió que todos podrían juntar la comida, que donde comían dos, podrían comer cinco. No eras un niño miedoso, te fuiste solo, a escondidas de tus padres al expendio de pulque cerca de Garibaldi a pedirle al pulquero del barrio unos pesos para comprar sidra, lo convenciste también de que donara varios garrafones de pulque. Una vez descubriste a mi abuela llorando porque no podía corregirte, no pudiste pedirle perdón por ser alguien libre. Muchos años más tarde, mi padre fue tu vivo retrato, pegado como mosca a los tranvías y troles, llegando en la madrugada al barrio… ahí estabas tú, esperándolo a mitad de la calle junto al perro que amaste tanto. Esta madrugada el Eje Central me escupe en la cara, llevo el abrigo de mi padre y me pregunto si en esta ciudad existe alguien tan alegre como mi abuelo. Esa ciudad trazada en tus libretas perdidas: no existe. Aprieto tu recuerdo junto otros recuerdos hermosos. Avenida Juárez y los fantasmas del Bamer sonríen desde el pasado de una ciudad gloriosa.

* Escritora. Autora de la novela “Señorita Vodka” (Tusquets)