Hostilidad hacia los espacios independientes

Los centros culturales de gestión civil (o como se les quiera llamar), nacen con todo en contra.
DF: es más fácil abrir un antro que un teatro.
DF: es más fácil abrir un antro que un teatro. (Cortesía Teatro El Milagro)

México

La urgencia de las nuevas generaciones de teatristas por mostrar su trabajo y abrir nuevos canales de comunicación con la sociedad, con los públicos, ha llevado al surgimiento entusiasta de espacios independientes en varios puntos de la Ciudad de México. Estos teatros son una forma obvia de “ciudadanización de la cultura” que recuerda aquel eslogan que Sari Bermúdez uso en el sexenio Fox al frente de Conaculta, sin adivinar que se volvería en la aparente salida para un sector productivo con problemas graves. Ante el retiro paulatino del Estado mexicano en sus tres niveles de gobierno respecto a su obligación con la cultura (o si se quiere: su imposibilidad de seguirle el paso al desarrollo del “subsector”), parecería cómodo que las iniciativas civiles suplieran las no siempre legibles políticas culturales gubernamentales. Existen muchos lugares en donde los artistas son quienes suministran con su peculio y/o esfuerzo los bienes culturales a los que tienen derecho sus conciudadanos y no los gobernantes obligados a ello.

Las delegaciones políticas del DF, por ejemplo, a pesar de que reciben no pocos dineros para cultura, son las más opacas en el ejercicio de tales recursos y carecen de un discurso en la materia; y al mismo tiempo, resultan las peores enemigas de cualquier iniciativa cultural ciudadana. Sus sabuesos extorsionan y ponen trabas a cualquier espacio independiente y los abusos son mayúsculos. Un foro de larga trayectoria (cuyo nombre omito para evitarle problemas) tuvo que gastar en permisos, mordidas y coyotes en 2014, cerca de un cuarto de millón de pesos. ¡Por eso es más fácil abrir un antro que un teatro en la Ciudad de México! Esto toca al jefe de Gobierno, a la Asamblea Legislativa, al secretario de Cultura y a los jefes delegacionales cambiar. Urgen leyes que protejan estos espacios.

Los centros culturales de gestión civil (o como se les quiera llamar), nacen con todo en contra. Abren sus puertas en un ambiente de inmensa hostilidad cuando de por sí suelen ser proyectos de extrema fragilidad. Hacerlos viables económicamente es un reto mayor aun cuando vayan acompañados de algún apoyo federal (únicos operando hasta el momento). Espacios como El Bicho, El Foco, Carretera 45 Teatro, La Titería, El Milagro y todos aquellos equivalentes en su perfil, deben ser tratados de una manera adecuada para que florezcan y no vivan en la constante zozobra. De reciente apertura, en Coyoacán, entra en la nomina ACTUM, un centro cultural con varias salas pequeñas. Esperemos que no sufra la hostilidad aquí descrita.