La Hora del Lobo: La isla inexistente

Ciudad de México

A Carlos Lazcano

Marco me dice que sí, que sí estuvieron en Isla Arena. Te lo juro, me vuelve a decir. Estuvimos Gabriel y cuatro trabajadores de Guerrero Negro y nos fuimos en lancha rápida hasta la isla. La vimos, la pisamos, la olimos. Recogimos justo en la orilla de Malarrimo cantidad de objetos que trae la corriente de Alaska: botellas de whisky de varios colores y tonos, verde esmeralda, verde turquesa, frascos del siglo XIX, con ideogramas chinos, botellones rusos e ingleses, envases de cerveza japonesa, cascos de trabajadores petroleros y espejuelos industriales, de cristal o plástico, escafandras.

Yo recogí una boya de cristal, dice Marco. Y había de todo tipo: boyas sonoras, de anclaje, de campana, de salvamento, y partes de salvavidas corroídos por el sol. Sobresalían también restos óseos, astillas de barcos balleneros y arpones que fueron utilizados en las sangrientas cacerías de ultramar. Despojos, sobras, escombros, detritus.

Tal vez solo se trató, para algunos, de un banco de arena, o una isla de hielo desprendida del Ártico que poco a poco fue derritiéndose al rebasar el trópico de Cáncer.

No pudo haber sido un sueño. Gabriel había rescatado años antes un esqueleto de ballena que colgó después en una biblioteca, como helicóptero. Primero la quijada saltaba desde la playa como un arco de diseño militar, una cuchilla de guerra, parte de una máquina cuya estructura quedaba semioculta en el subsuelo.

No hay mapa que de cuenta de la isla, ni siquiera en la red, no está en Google Maps, nadie la da por existente. Tampoco aparece en los libros de geografía. ¿Isla Arena? Misterio. Nadie sabe dónde está, acaso, vagamente, en la bahía de Sebastián Vizcaíno, como entre la niebla, hacia las playas de Malarrimo, donde vienen a parir y a morir las ballenas. Acaso es una invención, un fantasma como el casco de Black Warrior, el ballenero que en 1858 encalló allí, en lo que ahora se nombra Guerrero Negro, Baja California Sur.

El viento es heladísimo. Corta la cara como navaja, viene del Pacífico, de la isla de Cedros, y todo es blanco, montañas de sal. Para recorrer la isla Marco y Gabriel contaron con dos vehículos cuatrimotores, catalejos y cámaras fotográficas, además de cuadernos para llevar las bitácoras y, también, con un aparato geoposicionador satelital potátil. No era posible desembarcar en Isla Arena sin autorización de la autoridad, otra prueba de su existencia. Vimos también restos de aves, tortugas, delfines, lobos marinos, huesos en putrefacción.

Por un lado todo es agua, dice Marco. Por el otro, todo es arena. Entre los objetos encontrados, que nos ofrecía el azar de la corriente, casi a la altura del mismo paralelo que atraviesa Japón, terminaban en la playa mástiles de barcos, redes de pesca, inmensas cuerdas de barco, chalecos salvavidas, bulbos, bombillas: focos. Solo objetos flotantes. Pelotas de tenis y de beisbol, raquetas de ping pong, remos destrozados.

Una vez que Marco y Gabriel y sus ayudantes ordenaron los objetos en la playa, más de mil 200, una empresa de carga de Los Ángeles llegó con sus contenedores y los transportó hasta el museo Guggenheim de Berlín donde Gabriel Orozco presentó, hasta enero del año pasado, su instalación escultórica y fotográfica Asterismos, constelaciones de estrellas de arena, muestrario fascinante de artículos que terminan invadiendo otros ecosistemas y que ahora empiezan a llegar a las costas de Baja California cargados de la radioactividad de Fukushima. D