Letras y garabatos

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(Especial)

Ciudad de México

Seguro sus editores lo odiaban. Temblaban cuando le hacían llegar las pruebas de sus libros para que les hiciera alguna corrección de última hora. Obsesivo, riguroso, malhumorado, Honoré de Balzac se las devolvía unos días después llenas de tachaduras, nuevas parrafadas y alguna que otra enmienda. Sus textos corregidos tenían la apariencia del mapa de un oculto tesoro, con rayones, flechitas, corchetes, circulitos y cuadritos y un montón de añadiduras casi ilegibles en los márgenes. Las añadiduras tenían también a su vez tachaduras y añadidos. Ante su obra descomunal ni imaginar los grandes sufrimientos que habrán padecido sus editores.

Pero quien verdaderamente no tenía medida era Samuel Beckett. Hace unos meses una universidad británica mostró por primera vez y solo durante unas horas las líneas originales de su primera novela, Murphy, escrita en 1935 y rechazada por diversos editores en 40 ocasiones. En la primera página del texto manuscrito solo sobreviven a las enfáticas tachaduras con tinta negra y azul su primer título, Sasha Murphy, y la fecha, 20 de agosto de 1935. La institución educativa pujó por el texto el año pasado en una subasta de Sotheby’s y se lo llevó por más de un millón de euros. Pero los seis cuadernos garabateados por el Nobel de Literatura de 1969 ponen en evidencia no su genio, ni su rigor creativo, sino su dramática falta de inspiración. Mirando sus páginas, uno puede imaginar al autor de Esperando a Godot en espera de alguna buena idea mientras tachonea hasta en ocho ocasiones alguna frase escrita y rescrita y dibuja con trazos infantiles el rostro de Joyce o de Chaplin. Parece que uno de los más grandes autores de nuestro tiempo temblaba frente a la página en blanco.

Más o menos por los mismos días, en 1937, J.R.R. Tolkien escribía El señor de los anillos. En sus páginas originales escritas con letra clara y elegante solo aparecen dos o tres tachaduras que suprimen palabras sin agregar otras en su lugar. Preciso, certero, se deja ver que no forcejeaba para nada con la escritura ni con las ideas.

Vladimir Nabokov tampoco parecía luchar a brazo partido contra las muchas ideas que se le venían encima mientras tecleaba su famosa Lolita. Sus tachones y enmendaduras en el texto original parecen obedecer más bien a la fría búsqueda de ritmo y claridad en un relato construido con un sentido fundamentalmente técnico de la escritura, sin arrebatos creativos, lejos de las inesperadas embestidas de la inspiración.

En nuestros días algunos autores escriben todavía a mano, eso sí, con costosas plumas de marcas prestigiadas. Dentro de unos años, sus textos garabateados estarán a la vista de los curiosos, que podrán descubrir en ellos sus obsesiones, sus miedos, sus ambiciones. Quienes escriben en computadoras, en cambio, vivirán solo en las librerías y bibliotecas, en el mejor de los casos. Eso en nuestros tiempos significa una suerte de olvido.


*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa