[FIL 2014] Homenajeados y desintegrados

Homenajes, en el sentido más amplio del término: el que implica una relectura de la obra, que busca situarla en la historia y en la reactualización de nuestra literatura.
Laopoldo Marechal.
Laopoldo Marechal. (Zig-Zag)

Ciudad de México

En la edición 2014 de la Feria del Libro de Guadalajara, que tiene a Argentina como invitado de honor, se presentan homenajes a distintos narradores de ese país, entre los que se encuentran los nombres clásicos de Borges y Marechal, además de los de Cortázar y Bioy Casares (por cuentistas). Homenajes, pienso, en el sentido más amplio del término: el que implica una relectura de la obra, que busca situarla en la historia y en la reactualización de nuestra literatura, ya que no hay destino más desafortunado para un libro que su petrificación. Sea por olvido o por halago sin crítica, la obra solo está viva cuando dialogamos con ella, con todas las afinidades y las disidencias que exige cualquier coloquio.

Cortázar y Bioy Casares nacieron en 1914, y las dos escrituras suponen modos distintos de concebir el cuento fantástico. De Edgar Allan Poe, Cortázar toma esa tensión maniática que hace que sus cuentos sean siempre “clausurados como esferas” y que le hizo afirmar “con ese perfecto cierre definitivo que para mí deben tener los buenos relatos”. Pero si los cuentos de Poe sucedían en tenebrosas noches de tormenta, lo que Cortázar instala para el cuento fantástico en Argentina y, como ya señaló la crítica varias veces, es que sus fantasmas aparecen al mediodía. No hay espíritus peripatéticos ni griteríos, casi no hay interiores claustrofóbicos como proyectaba Poe. Los cuentos convulsivos de Cortázar suceden en la realidad más cotidiana de un hombre que va al zoológico y se convierte en axólotl, de una mujer que toma un ómnibus a la Chacarita a mitad de la tarde. Y esta es, quizá, una de las propuestas más valiosas de su obra: su relación con lo lúdico, como quien va forjando un nuevo planeta; su suavidad para deslizarse en universos tan absurdos como cerrados, sus resbaladas en el tiempo, sus músicos que dicen “esto lo estoy tocando mañana” y con esto rompen el estado impuesto para las cosas. En cambio, la mayoría de las historias de Bioy Casares parecen policiales, en el sentido más clásico de la acepción: los cuentos fantásticos (los cuentos donde lo fantástico irrumpe y desordena la realidad) guardan una estructura de suspense que siempre se resuelve al final, y que da una explicación sobre esa irrupción en el desenlace. “La trama celeste”, “Cavar un foso”, “El lado de la sombra”, hasta esa historia simple y bella, “Un león en los bosques de Palermo”, tienen una explicación positiva y loca sobre lo que acaba de suceder.

La universalidad de la escritura de Borges es la clave de una de las charlas. Pero afirmar, como se afirma a veces, que Borges puede leerse sin remitir a la nación “periférica” donde escribió su obra es, quizás, un desacierto. Porque la preocupación de Borges por la literatura de Río de la Plata es muy honda. Basta pensar en esas marcas de oralidad, ese tejido que propone en un cuento como “La trama”. Borges proyecta el alarido patético, “tú también, hijo mío”, en el grito de un gaucho pampeano que dice, cuando lo matan: “¡Pero, che!”. Desde esa geografía existencial Borges articula un español que se universaliza, y cuya piedra de toque es la intertextualidad. En Borges los relatos policiales suceden en Irlanda y resuenan en la voz oscura de un chacarero del sur de Brasil; la agonía de la crucifixión, vivida por una familia alentada por la lectura de los evangelios, termina cruzando maderos en “El evangelio según Marcos”. Borges ancla la obra en el corpus literario universal, lo que es también una manera de sostener que toda obra es en el fondo palimpsesto, diálogo, relectura.

Y este es el nicho de convergencia con Leopoldo Marechal (de los cuatro narradores, tal vez el autor menos conocido en México). Marechal nació en Buenos Aires en 1900, escribió poesía y, sobre todo, una novela fundacional, Adán Buenosayres. Borges decía que una de las virtudes de leer la Divina Comedia está en la alegría que produce leer ese libro. Salvando las distancias, creo que lo mismo puede decirse del Adán… La novela, que comenzó a escribirse en 1930 y fue publicada en 1948, acompasándose a las unidades aristotélicas de tiempo y espacio, cuenta los últimos dos días de un poeta, junto a sus amigos, en Buenos Aires, antes de desembocar en ese bellísimo capítulo que es “El cuaderno de tapas azules” (un recorrido lírico sobre el crecimiento espiritual del personaje) y antes del oscuro y magistral “Viaje a la ciudad de Cacodelphia”. Esto es, antes del descenso a los círculos infernales que habitan subterráneamente la ciudad.

Entendiendo la poesía como fundamento de la narrativa, Marechal da forma a la novela y la emparienta a la epopeya clásica. Una epopeya, sí, pero porteña: en una payada gauchesca se habla de la Poética de Aristóteles; en una pelea de barrio, frente a la verdulería “La buena fortuna”, en Almagro, se meten los dioses griegos, y tramando una enorme profundidad lingüística y filosófica, este “monumento a la lengua” culmina con una comparación: “solemne como pedo de inglés”. El sentido del humor descomunal que despliega Marechal fusiona el lenguaje coloquial, el lunfa, con un tono terso y subido. La ciudad de Buenos Aires, entonces, se revela por eluso singular del español.

El sociólogo Alejandro Grimson afirma que la pregunta fundante de cualquier democracia es ¿quiénes somos?, y yo creo que esto mismo puede proyectarse sobre la literatura. En esta ristra de homenajes a autores clásicos, sin duda de una calidad excepcional, faltan los nombres de los autores del interior: Héctor Tizón, Juan José Saer y Juan José Manauta, Haroldo Conti, Enrique Wernicke, por nombrar algunos. Entiendo, sí, que toda serie implicará siempre un corte y, sin embargo, una amplitud mayor en la propuesta de los autores a homenajear nos hará caer en la cuenta de que la literatura argentina no puede ser concebida, únicamente, como la literatura de Buenos Aires.