Henri Cartier–Bresson: Pensar con los ojos

Testificó sobre casi todos los grandes acontecimientos de la pasada centuria. Ningún lugar le resultó demasiado lejano, a la caza del momento en el que una imagen condensa la vida.
Bresson
(Cortesía)

Ciudad de México

Con sus imágenes, Henri Cartier–Bresson (Francia, 1908–2004) reveló las cicatrices de un mundo antes visto solo superficialmente. Armado con su inseparable cámara Leica y fascinado por el formato de 35 milímetros, plasmó en blanco y negro, con inagotables grises, los dramas e ilusiones del siglo XX: la China revolucionaria, el París liberado de la ocupación alemana, la última etapa de la India británica, las prostitutas y los mendigos de México. Testificó sobre casi todos los grandes acontecimientos de la pasada centuria. Ningún lugar le resultó demasiado lejano, a la caza del momento en el que una imagen condensa la vida.

“La fotografía es como una cuchilla que secciona para la eternidad el instante que la ha deslumbrado”, escribió sobre ese lapso de tiempo en que todo se define. “No hay nada en este mundo que no tenga un momento decisivo”, dijo citando al cardenal de Retz, Jean–François Paul de Gondi. Ese concepto, que trasladó a sus imágenes, le dio fama mundial y lo convirtió en el fotógrafo más venerado de su tiempo.

En una entrevista concedida a The New York Times afirmó: “Es como las tres últimas palabras del Ulises de Joyce, una de las obras más poderosas jamás escritas. ‘Sí, sí, sí’. Y la fotografía es así. Sí, sí, sí. Y no hay tal vez. Todos los ‘tal vez’ deberían tirarse a la basura, porque es un instante, es un momento, ¡y está ahí!”

Esa extraordinaria combinación de artista que captura la belleza de un instante con la de reportero cuya conciencia crítica documenta la convulsa realidad, dio lugar al surgimiento del fotoperiodismo, del cual fue uno de sus máximos exponentes. No entendió jamás el sentido de una fotografía sin que detrás de ella hubiera un “ojo comprometido” con la realidad. “Reportero de hielo y militante de fuego”, así se le describió en varios artículos periodísticos.

En 1947, el mismo año en que el Museo de Arte Moderno (MoMa) de Nueva York realizó la primera retrospectiva de Cartier–Bresson, él, junto con los fotógrafos Robert Capa, David Seymour, George Rodger y Bill Vanivert fundaron la emblemática Agencia Magnun, referente mundial del fotoperiodismo. De esa época son los impactantes reportajes del genio francés como Los funerales de Gandhi (1947), El fin del Kuomintang (1948), Rusia tras la muerte de Stalin, (1954), Cuba tras la crisis de los misiles (1963), Vive la France, a partir del mayo del 68 (1968–1970). En todos y cada uno de ellos, alineó “el ojo, la mente y el corazón”, para reflejar el carácter universal de la naturaleza humana.

Sobre el reportaje gráfico escribió: “en ocasiones una única foto cuya forma tenga el suficiente rigor y riqueza y cuyo contenido tenga la suficiente resonancia, puede bastar. Pero eso se da muy raramente. Los elementos del tema que hacen saltar la chispa son a menudo dispersos. Uno no tiene el derecho de juntarlos a la fuerza. Ponerlos en escena sería una falsedad: de ahí la utilidad del reportaje. La página reunirá esos elementos repartidos en varias fotos”.

Amante de la naturalidad en las imágenes y poseedor de una aguda mirada, aseguró que el único momento de creación de un fotógrafo es “ese 1/125 segundos que tarda el obturador en dispararse”.

 

La pintura y el surrealismo

Henri Cartier–Bresson nació el 22 de agosto de 1908 en los alrededores de París, en el seno de una rica familia de industriales textileros. Su iniciación en la pintura fue a edad temprana. “Pintaba los jueves y los domingos. Los otros días soñaba con pintar”, decía remontándose a su infancia.

En la adolescencia ingresó a una academia de pintura donde aprendió geometría y composición. Sus primeras creaciones artísticas dan cuenta de su admiración por Paul Cézanne. A principios de los años veinte, empezó a relacionarse con los surrealistas, particularmente con Max Ernst y André Breton.

En la década de los años treinta descubrió la capacidad de la fotografía para capturar el tiempo y eternizarlo. “Me sentía obligado a testificar, con un instrumento más rápido que el pincel, las cicatrices del mundo”, refirió. La cámara se convirtió en la extensión de su ojo y encontró en ella el medio más eficaz para descifrar los signos de una época convulsa. La miseria de la guerra, las grandezas del ser humano, gozos y penurias, “todo lo que llega al corazón se junta en el visor de mi cámara”, señaló.

No obstante, de la pintura conservaría el sentido de la composición y del surrealismo el espíritu subversivo y el compromiso político presente en toda su obra artística, a pesar de seguir el consejo de su amigo Robert Capa de convertirse en fotorreportero: “No debes encasillarte como fotógrafo surrealista. Si lo haces, no tendrás encargos y serás como una planta de invernadero. Haz lo que quieras, pero la etiqueta debe ser ‘fotoperiodista’ ”.

Cartier–Bresson viajó a México por primera vez en 1934. Tenía 26 años y estaba bajo el influjo del surrealismo. Aquí fue atrapado por un país que el mismo André Breton había descrito como surrealista y trabajó al lado del también genial fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, con quien en 1935 montó una exposición en el Palacio de Bellas Artes.

Entre el medio centenar de imágenes realizadas en territorio mexicano destacan las fotografías que tomó de las prostitutas de la calle Cuauhtemotzin, el desnudo de Lupe Marín al lado de un retrete y el dorso descubierto del pintor Ignacio Aguirre. Retrató la precaria condición de vendedores, mujeres y niños en la Ciudad de México y en algunas poblaciones de provincia.

La obra de Cartier–Bresson en México, así como en los países que visitó, superaba cualquier etiqueta. Su militancia comunista lo impulsó a explorar otras artes, como el cine. Primero al lado del fotógrafo Paul Strand en Nueva York y más tarde, entre 1935 y 1945, junto a Jean Renoir, de quien fue asistente de dirección y aprendió el uso de la cámara cinematográfica. En España realizó algunos de sus trabajos más reconocidos en este campo. Victoria de la vida, un documental que muestra las profundas heridas que causaron los bombardeos en Madrid, es uno de ellos.

A principios de los años setenta, convertido ya en uno de los fotógrafos más venerados en el mundo, tomó distancia del fotoperiodismo y regresó a sus pasiones iniciales: el dibujo y la pintura. “Después de tanto correr, llega el momento del elogio de la lentitud”, decía.


Retratos, silencios del rostro

Un aspecto deslumbrante en la obra de Cartier–Bresson es la agudeza con que captura la esencia de los rostros. “Cuando hago un retrato busco el silencio interior del personaje. […] Intento transmitir la personalidad y no una expresión”. Cientos de imágenes de su autoría demuestran que logró su cometido. Con su lente atrapó lo mismo a personajes anónimos que a intelectuales y celebridades, a quienes fotografió sin prisas. “Tomarme tiempo ha sido el único lujo que me he permitido en la vida. La gente apresurada es miserable”, solía decir.

El libro Un silencio interior. Los retratos de Henri Cartier–Bresson recoge descripciones del creador sobre algunos personajes. Luego de visitarlo constantemente, expresó de Henri Matisse: “Me sentaba a observarlo en una esquina de su estudio. No nos hablábamos, era como si no existiéramos”. Y de Ezra Pound: “Estuve ante él en silencio un rato muy largo que pareció durar horas”.

Con igual talento y sensibilidad inmortalizó a la surrealista Leonor Fini desnuda en un río y al poeta Charles Henri Ford en un urinario público. Por su objetivo desfilaron personalidades tan disímbolas como Samuel Beckett, Albert Camus, Edith Piaf, Lucien Freud, Marilyn Monroe, Paul Valéry, Susan Sontag. “Me gustan los rostros, lo que significan, pues todo está escrito en ellos”, expresó quien consideraba sus fotografías como un diario personal.

Henri Cartier–Bresson falleció el 4 de agosto de 2004 en su casa veraniega. Había recorrido varias veces el mundo, iba a cumplir 96 años y lo había visto todo.