En esencia

Conocí a Héctor Xavier en 1958 cuando visitaba la Galería Proteo, donde se exhibían por primera vez los animales en punta de plata. 
laberinto keiser
(Cortesía)

Ciudad de México

Conocí a Héctor Xavier en 1958 cuando visitaba la Galería Proteo, donde se exhibían por primera vez los animales en punta de plata. Lo saludé de la manera más natural y normal. De ahí comenzó una relación que duró varios años y produjo cinco hijos.

Era un artista del cual yo no tenía idea. En ese entonces sabía muy poco sobre el arte mexicano pues había estado en Israel cuatro años.

Al iniciar una relación más estrecha, Héctor fue induciéndome a ese universo gracias a su paciencia y gusto por el arte mexicano e internacional. Recuerdo en especial la Librería Francesa que estaba junto a Excélsior, en Paseo de la Reforma 18. Una señora hermosísima, que se llamaba Juliette, ponía a disposición de la gente una mesa llena de libros de arte, nos sentábamos en unas butaquitas y veíamos los libros durante el tiempo que quisiéramos. Y ahí Héctor me fue introduciendo a los artistas importantes. Luego, de la mano me llevaba delante de los murales y me los explicaba.

A fines de 1959 leí que requerían guías para la Universidad, porque se llevaría a cabo un Congreso Internacional de Rectores de universidades. Buscaban guías jóvenes conocedoras de idiomas para atender a los visitantes. Entonces Héctor me llevó a la Dirección de Difusión Cultural, y a través de él y sus amistades en esa dependencia —donde tenía una buena relación porque hacía dibujos para la Revista de la Universidad— me presentaron al coordinador del congreso, Julio Ibarra, y cuando le hablé de lo que hacía, me dijo: “No, tú no vas a ser guía, vas a ser la jefa de todos los guías”. Fui nombrada y tuve la idea de ofrecer un recorrido por los murales pintados en algunos de los edificios de Ciudad Universitaria. Para ello tuve que estudiarlos y así me fui compenetrando con la historia del muralismo y los artistas.

Luego de trabajar para este congreso, el rector, Nabor Carrillo, pidió a un grupo de jóvenes que nos quedáramos para configurar una de las bibliotecas universitarias. Pero el doctor Carrillo no se reeligió y fue nombrado el doctor Ignacio Chávez. Estando ya en Rectoría, nombró como director de Difusión Cultural a Jaime García Terrés, y para Radio Universidad —donde limpiábamos y clasificábamos los libros— llegó Max Aub, escritor español de gran prestigio. Debido a los idiomas que yo sabía, me entrevistaron para que lo atendiera como su secretaria. Me quedé y así fue como empecé a entrar al universo de la cultura.

Todo mundo pasaba por Radio Universidad. Por ejemplo, conocí a Juan José Arreola, que debutó en Voz Viva de México —un proyecto que consolidó Max Aub— y cuyos discos fueron de los primeros en agotarse. Al repetir el disco, me impresionó porque recitó los poemas de Ramón López Velarde de memoria. Y existe la famosa anécdota de cómo Arreola fue invitado por Héctor Xavier para estar en el Zoológico de Chapultepec. De ahí salieron textos espléndidos de Juan José acompañando los dibujos a la punta de plata del bestiario. Héctor me platicaba de cómo sobrellevaba la dificultad que tenía Juan José para salir de casa (tenía que ir acompañado de alguien, siempre) y cómo empezó a voltear a ver a los animales. Cómo paseaban, cómo conversaban en el zoológico y cómo seguramente Arreola se asaba porque iba vestido con su chaleco, saco de terciopelo y a veces bufanda. Claro que Héctor le hizo pasar varios ratos desagradables porque conocía el movimiento de los animales y Juan José no. Un día el rinoceronte orinó de arriba abajo a Arreola y Héctor no lo previno.

Posteriormente el dibujante terminó la serie, porque hubo un acuerdo con la Rectoría de la Universidad para tener el libro en la Navidad de 1960, pero Arreola nunca acababa los textos. Hubo una intervención de José Emilio Pacheco para terminarlos. Finalmente el libro quedó listo en 1961.

En ese marco conocí a los artistas. Después vino, al unísono, la Casa del Lago donde Héctor Xavier tuvo una exposición, que fue de las primeras muestras ahí. Tomás Segovia era el director, y recuerdo cuando vi a Héctor ayudando a Segovia a poner los zoquets para los focos e instalar en ese espacio su muestra. Tiempo después el espacio fue muy solicitado por los artistas. Posteriormente, la dirección la tomaron Juan José Arreola y Juan Vicente Melo, y la Casa del Lago se fue convirtiendo en un centro cultural de primer nivel para México, con las vanguardias en teatro y música.

En medio de toda esta ebullición, corría la vida personal. En sí, los amigos de Héctor no fueron los míos porque a mí me tenía un poco al margen. Además, yo trabajaba con bastante fuerza y no éramos una pareja de fiestas. Pero de que tuvo amigos, sí: Juan Soriano había sido su vecino; Pedro Coronel y Amparo Dávila, Enrique Echeverría y Ester, quien trabajaba en la Galería Proteo. Otros artistas a quienes conocí en esa época son José Emilio Pacheco, Carlos Valdés y Emilio Carballido; Luis Rius y Pilar Rioja.

Sobre la amistad, Héctor no fue un hombre de muchas amistades y las que existían se daban con cierta lejanía. Él nunca se entregó a nadie, llámese familia o amigos. No era de grupos, trató de moverse siempre por su lado. Trataba de estar solo. Tenía un miedo muy extraño de conservar cierta relación estrecha con alguien. Y eso significó no estar con nadie.

Respecto a su forma de trabajo, que fui descubriendo con el tiempo, era que le gustaba trabajar por series. Él no se diversificaba. De repente cortaba la serie para hacerse un autorretrato, o porque alguien le pedía hacer un retrato, pero cuando se clavaba en una serie, era realizarla de principio a fin, quizá con varias técnicas, pero en general trataba de no variar. Así, a partir de que lo conocí —no quisiera hablar de épocas anteriores— tenía un lugar muy especial en la Galería de Arte Mexicano, cada uno o dos años mostraba una selección pequeña. Bueno, es un decir “pequeña”, pues podían haber sido doscientas obras de un solo tema y se exhibían máximo cuarenta o cincuenta.

*

Fui su modelo para muchos dibujos que se exhibieron en 1961 en Bellas Artes. Ahí empecé a estar presente en la obra. Creo que le caía en gracia una mujer llena de vida y ganas de comerse el mundo, de conocer gente, de estar activa. Pero al mismo tiempo había cosas que le molestaban terriblemente pues era un hombre maduro (me llevaba dieciséis años) y yo era una joven que empezaba a ser mujer. Creo que le molestaba que tuviera esa buena relación con la gente. Y los actos de celos me causaban hilaridad. En vez de enojarme, me reía, y él se enojaba más.

Tenía graves problemas de alcoholismo. Pero fue algo que no quise o no supe aceptar. A veces se perdía por días, por meses. Y yo, como no conocía esa problemática, me costó mucho trabajo entenderla y manejarla. Él tenía entonces una gran relación con un psicoanalista, pero me di cuenta de que, las pocas ocasiones que hablé con él, le contaba lo que quería.

Así como hubo una gran divergencia, hubo un profundo cariño, un profundo amor, porque sí se lo tuve; y él, a pesar de todo, también me lo tuvo.