Héctor Domínguez examina los orígenes de la violencia

“Nuestra cultura no es muy apegada a la ley; somos personas que toleramos mucho la corrupción, el fraude y el soborno”, sostiene.
El profesor de la Universidad de Texas en Austin
El profesor de la Universidad de Texas en Austin (Jesús Quintanar)

México

En los años noventa, el investigador Héctor Domínguez Ruvalcaba vivió muy de cerca la violencia que se vivía en la frontera mexicana con Estados Unidos, en especial los feminicidios. Al ver que la gente no tenía manera de explicarse el problema, se preguntó: ¿quién produce ese estado de impunidad que está matando a las mujeres?

"Las respuestas no eran inmediatas. Tenía que hacer un recorrido histórico, buscar en la historia de la cultura, sobre todo de la literatura, en donde quedan las huellas de lo que somos, para encontrar que ese estado de impunidad ya lo habíamos construido desde el siglo XVIII, que fue la que nos hizo la independencia. Gracias a los criminales protegidos por el gobierno pudimos lograr guerras de Reforma, expulsar a los franceses o hacer una Revolución mexicana. La criminalidad es el motor que le ha dado poder al Estado en la historia de este país".

Toda esa mirada al pasado viene en el libro Nación criminal. Narrativas del crimen organizado y el Estado mexicano (Ariel, 2015), en el cual hace un recorrido histórico, cultural, sociológico y hasta antropológico para hallar algunas de las razones de lo que se vive en nuestro país.

"Nuestra cultura no es una apegada a la ley. Somos personas que toleramos mucho la corrupción, el fraude, el soborno... Todo tipo de criminalidad cotidiana está completamente legitimada socialmente; tenemos la letra de la ley como algo que nadie cree que se pueda cumplir", explica el profesor-investigador de Estudios Culturales Latinoamericanos y Literatura en la Universidad de Texas en Austin.

Según él, cuando vemos a una sociedad hacer fiesta porque el gran criminal del país salió de la cárcel —como ha sucedido en algunas regiones de Sinaloa por la fuga de Joaquín El Chapo Guzmán—, en realidad se están celebrando los pactos comunitarios con los cuales han vivido esas personas de manera ancestral.

"Sus legalidades se establecen de una manera consensuada, entre comunidades y, generalmente, son para violar la ley. Pueden llamarse sindicatos, logias masónicas o asociaciones de vendedores ambulantes. No lo veo como un asunto extraordinario sino como una muestra de lo que somos culturalmente frente a la ley", dice a MILENIO.

Fatalismo letrado

En su libro, el investigador critica lo que define como "una especie de fatalismo recurrente en toda la ciudad letrada mexicana": se dice que no hay manera de solucionar los problemas, porque el mexicano es violento por naturaleza, lo que es una manera de decir que el país ya está condenado. Pero, por más que parezca fatal, que lo es, "es importante señalar cuál es el problema para poder diseñar esfuerzos políticos desde una sociedad que se está remoralizando.

"Mi idea es decir 'aquí está el problema', y si sabemos cuál es vamos a atacarlo todos juntos. Para ello necesitamos una ciudadanía más responsable de sí misma.

"Todo lo veo en las representaciones cinematográficas, literarias o plásticas, y lo único que hago es ponerlo en orden, tratando de reflexionar sobre cuál es el problema cultural del país que ha tenido como consecuencia este estado de desastre del estado de derecho". El volumen se convierte en una manera de ir hacia la historia para ver dónde está la esperanza, analizar el origen de algo que duele mucho: "Somos sujetos históricos que siempre tenemos la posibilidad de recuperar el valor que hemos perdido.

"Es difícil, pero creo que la gente está haciendo algo, sobre todo ahí donde hay más victimización. Las comunidades están reeducando a sus propios jóvenes", finaliza.