“La felicidad tiene mala memoria”

Adiós a los padres es la historia en la que Héctor Aguilar Camín concluye la indagación a su pasado.
Héctor Aguilar Camín
Héctor Aguilar Camín (Especial)

Ciudad de México

Adiós a los padres es la historia en la que Héctor Aguilar Camín concluye la indagación a su pasado que empezó de manera “formal” con la publicación de El resplandor de la madera (1999). El escritor sostiene que “quien desee escribir la historia de su familia tiene que empezar por traicionarla: sacar a la luz los esqueletos ocultos y revelar sus secretos: no importa cuán bochornosos o descarnados sean”.

En el libro de Aguilar Camín hay una idea que flota de principio a fin. El historiador inglés Edward Gibbon dice que a pesar de lo avanzadas, igualitarias y civilizadoras que fueron las leyes romanas había una costumbre muy antigua que escapaba a toda ley y razón: los padres tenían poder sobre el destino de los hijos, no importa qué tan sabios, ilustres, valientes o poderosos pudieran llegar a ser: “Lo que el hijo adquiere por su esfuerzo o su fortuna es o puede volverse, como el hijo mismo, propiedad del padre”, sostiene Gibbon.

 

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A Héctor Aguilar Camín todos en su oficina le dicen El Doctor. Es alto —de joven jugó baloncesto en la selección de su colegio. Su madre es de origen cubano, los padres de su madre son asturianos. Su estudio es ascético: hay un orden que pide ser visto. No acoge el caos como el estudio donde Monsiváis escribía o el universo de libros en desorden como el de José Emilio Pacheco. No hay fotografías ni medallas ni jarrones como en el estudio de Poniatowska. Hay una pequeña sala de sillones negros de piel, mesa al centro. “El Doctor está siempre ocupado pero lo encuentras por las mañanas, a esas horas resuelve sus pendientes”, dice su secretaria.

Héctor Aguilar Camín nació en 1946, en Chetumal, durante el sexenio de Miguel Alemán, cuando comenzaba lo que con el tiempo los historiadores llamarían “El milagro mexicano”. De esos tiempos, el historiador Aguilar Camín recuerda: “El Chetumal en el que yo nací no era parte del milagro mexicano. No había drenaje ni agua corriente. Yo me abrí una ceja corriendo por la zanja que cavaron para instalar el drenaje. Había dos tipos de agua: agua de pozo que olía a podrido y agua de lluvia que era muy delgada y dulce y que se almacenaba en unos toneles de madera ceñidos por flejes llamados curbatos, que recibían el agua de lluvia del techo de las casas mediante unas canaletas de lámina. El pueblo tenía ocho calles por lado, todas de dos sentidos, con un camelloncito en medio. Recuerdo esas calles anchas y largas. No lo eran, lo son en mi memoria. De niño jugábamos kimbomba, un juego en el que se empleaban palos de escoba. El palo chico tenía las puntas afiladas; con el palo grande pegabas en una de esas puntas. El palo chico saltaba y lo golpeabas en el aire. Ganaba el que hacía llegar más lejos el palo chico. Juego de pobres”.

Entre otras cosas, el presidente Alemán mantenía el control político del aparato del Estado y quitaba y ponía gobernadores a su antojo, como lo hizo con el de Jalisco, Marcelino García Barragán, o con el de Tamaulipas, Hugo Pedro González, a quien le aplicaron el artículo 76 de la Constitución. Así surgió la desaparición de poderes. Otra historia fue la de Margarito Ramírez Miranda, gobernador de Quintana Roo desde 1944 hasta 1958. Había sido gobernador de Jalisco, cinco veces diputado y otra más senador. Con la vista fija sobre la mesa de centro, Héctor Aguilar Camín recuerda: “Nací en el gobierno de Margarito Ramírez, un político jalisciense que gobernó Quintana Roo por catorce años. En alguna ocasión no se apareció en Chetumal durante un año. Entonces, gobernaban sus segundos, en particular un hombre apellidado Amezcua, personaje arbitrario y fornicario. Iba a matar a un tío mío, Abel Villanueva, que había conquistado el amor de una mujer que pretendía el propio Amezcua. Otro colaborador de Margarito era Inocencio Ramírez Padilla: mató por la espalda a un rival político, Pedro Pérez. Fue un crimen mitológico en Chetumal que mi madre contó mil veces. Yo lo cuento, imitando la narración de mi madre, en “La noche que mataron a Pedro Pérez”, que forma parte de Pasado pendiente y otras historias conversadas”.

Chetumal es una tierra tropical donde el calor parece que asfixia, donde la belleza del trópico y la humedad de las tierras pegadas al mar han creado una flora y fauna peculiares... como los lugareños, en su mayoría gente de campo con la piel quemada por el sol. “Un pueblo de vaqueros sin caballos”, diría la madre de Héctor Aguilar Camín, quien mira hacia sus adentros y dice: “Chetumal estaba en un mundo aparte por su propio derecho. Para llegar o salir en avión había que volar a Mérida, a Villahermosa, a Veracruz y a la Ciudad de México. El vuelo a la capital duraba todo el día. Por barco podían hacerse dos semanas a Veracruz. Por tierra no era posible ir o salir. Había una brecha a Mérida, impracticable en tiempos de lluvia. No había camino a Campeche o Villahermosa. Estaba la tienda de los Marrufo, donde con el avión del mediodía llegaba el periódico Excélsior que aún olía a tinta. Llegaban también las tiras cómicas de El Fantasma”.

Nuevamente, El Doctor fija su mirada en el centro de la mesa y explica: “Tengo dos Chetumales en la cabeza: el que yo recuerdo y el que recuerdo de las historias que contaban mi madre y mi tía, Emma y Luisa Camín. El segundo es mejor que el primero. El Chetumal que recuerdo de las palabras de Emma y Luisa Camín es como una novela. Tiene personajes que dominan la escena, en particular los padres y los gobernantes, y luego muchas historias que son ramas del mismo árbol. El Chetumal que recuerdo por mí mismo está nublado por un resplandor. Tiene un eco feliz pero recuerdo poco. La felicidad tiene mala memoria. Recuerdo mal mi infancia. Aparte del resplandor que lo baña todo, hay un patio con langostas vivas, una fiesta, una palmera al fondo de la casa. Está mi abuelo Camín que me daba café con yemas al amanecer, mi padre llevando una serenata en la madrugada. Recuerdo sueños de travesías agónicas que hacen chirriar los dientes. Otros en los que avanzo a zancadas por los aires como el Gato con botas. Recuerdo los berridos de un puerco que iban a destazar en el patio de mi casa. Recuerdo una mata de guaya en la casa vecina. Recuerdo el olor a talco inglés que había en la cercanía de mi madre y de mi abuela paterna. Pero la memoria más acabada de mi infancia es la de una desgracia: la noche de septiembre de 1955 en la que el ciclón Janet destruyó Chetumal. Lo demás son retazos”.

En 1955, Chetumal era una población aislada en México, sin las mínimas vías de comunicación. Existía una pequeña estación de radio, la XEQZ, que Roque Salvatierra fundó en 1948. Ahí se anunció la peligrosidad del ciclón que se acercaba. El gobernador Margarito Ramírez avisó del peligro en carros con altoparlantes y advirtió que la zona baja de Chetumal era muy peligrosa y que la gente debía salir de ahí ante la presencia del huracán.

El huracán llegó el 27 de septiembre por la noche. Las aguas de la bahía de Chetumal se alejaron gradualmente de la costa —un fenómeno conocido como bajamar—, y en algún momento volvieron a toda velocidad durante el pleamar; es decir, justo cuando el mar alcanzó su mayor altura, formando una enorme ola. Los pobladores aseguraban que alcanzó diez metros de altura. La fuerza del huracán era de vientos de 265 kilómetros por hora que empujaban todo a su paso. El resultado oficial: 87 muertos, 49 de los cuales fueron niños, más decenas de desaparecidos. “Nosotros vivíamos en la parte baja del pueblo. El ciclón tuvo dos fases. En la segunda, luego de una calma chica que era el ojo del huracán, los vientos metieron el agua de la bahía. Para ese momento estábamos refugiados en la cocina de la casa, el único cuarto de cemento. El resto de la casa, toda de madera, había sido destruida por los airones de la primera fase. En la cocina estábamos los cuatro hermanos: Emma, la mayor, de diez años; yo, de nueve; Juan José, de siete; y Pilar, de cinco. Nos cuidaban mi madre y mi tía, la nana y la cocinera. Durante la calma chica, mi abuelo Camín y mi tío Raúl habían cruzado de sus casas vecinas a ver cómo estábamos. La cola del ciclón les impidió volver. El agua del mar empezó a entrar por la rendija debajo de la puerta, como si alguien la regara desde afuera. Y fue subiendo. Nos subieron a los niños a la mesa y a la estufa. Cuando los adultos tuvieron el agua a la cintura, subieron también a la mesa y a la estufa, con nosotros en brazos. El agua siguió subiendo, les llegó a los adultos al pecho y a nosotros, en sus brazos, a la cintura. Entonces la marea alta se detuvo y empezó a bajar, tal como vino, poco a poco. Al día siguiente el pueblo no era sino astillas y lodo. El ciclón Janet arrasó Chetumal la noche del 27 de septiembre de 1955.”

 

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La voz del novelista es grave, no se permite suavizarla, solo en algunos momentos, cuando habla de su madre, doña Emma, y su tía doña Luisa. Al igual que la infancia de Mario Vargas Llosa, la de Héctor Aguilar Camín estuvo marcada por el universo femenino: “Toda infancia es un mundo aparte, paradisiaco a su manera. El Chetumal que me marca es el que estaba en los cuentos de mi madre y de mi tía. Creo que es el origen de mi vocación literaria”. Junta sus manos, mira a su interlocutor y suaviza la voz: “Recuerdo a mi madre y a mí tía en el centro de un sistema planetario de mujeres. Tenían el don de acercar a operarias, nanas y cocineras a su intimidad, lo mismo que a sus clientas y comadres. No les paraba la boca, ni a ellas ni a sus amigas. Con Guadalupe Rosas, mi primera suegra, podían conversar del desayuno a la merienda en un solo tranco. Lo mismo con Mercedes Alavés, la viuda de Pedro Pérez, y con Amparo Valencia, mi madrina de Xkalac, que decía: “No hay mal que no alivie una buena conversación”. Mi madre además era cantora. Cantaba a todas horas. Mi tía tenía lengua de gitana; se cuidaba de no maldecir porque sus maldiciones se cumplían. Una noche, oyó dos disparos en el silencio de los grillos de Chetumal. Dijo ‘Mataron a Pedro Pérez’ y lo habían matado”.

 

Después del huracán Janet la familia Aguilar Camín se mudó a la Ciudad de México. El padre de Héctor cargaba una acusación de fraude: su propio padre, el verdadero responsable, culpó a su hijo y lo despojó de sus bienes. El éxodo fue doloroso. Madre y tía llegaron con la esperanza en sus corazones. El padre, derrotado por su propio padre.

Los hijos del matrimonio ingresaron a la escuela. La madre y su hermana abrieron una tienda de vestidos que ellas mismas fabricaban. El negocio prosperó hasta que las máquinas de coser y todo lo que había en la tienda fueron robados. El niño Héctor  Aguilar Camín resintió el golpe y desarrolló un tic por el cual se ganó en la escuela el apodo de El Loco: “Estaba medio loco. Tenía un tic que me hacia sacudir la cabeza como una maraca. Mi experiencia de la salida de Chetumal fue la de un derrumbe. Por un lado, el ciclón Janet destruyó el pueblo. Por otro lado, mi padre naufragó en sus negocios madereros. La familia perdió todo: lo que tenía y lo que esperaba. Nos mudamos a la Ciudad de México. Era el año de 1955. La capital era fría y anónima. En el pueblo éramos algo. En la ciudad, nada. La quiebra de los negocios familiares quebró también la unidad de la familia. Mi padre peleó con su padre, mi madre y mi tía con el suyo. Crecimos sin abuelos, sin tíos, sin primos. No teníamos familia en la ciudad. Mi padre se fue de la casa en 1959, cuando yo tenía trece años. Mi madre y mi tía montaron una casa de huéspedes y cosían sin parar. Su utopía de bolsillo era que los hijos estudiaran. Su lujo era conversar. Creo que mi hermano Luis Miguel (quien nació en Chetumal en 1956) y yo nos hicimos escritores colgados de ese lujo: la conversación de Emma y Luisa Camín. Eran un surtidor de historias de Cuba y Chetumal”.

Su madre y su tía se repusieron del atraco. No tenían otra opción. Decidieron montar una casa de huéspedes en la colonia Condesa, en Avenida México casi esquina con Sonora. Ahí cambió el universo del niño Héctor Aguilar Camín: “Era una casa de huéspedes, todos ellos más grandes que yo. A ellos debo mi iniciación sexual y libresca. Por ahí pasó todo tipo de personas: estudiantes del Poli, de la Universidad o de la Ibero. Sus historias paralelas y las de mis amigos del Instituto Patria formarían una novela. Uno de ellos hizo una carrera de don Juan, fronteriza con el crimen. Otro fue guerrillero. Otro hizo una exitosa carrera en la política. Otros dos en las letras, la diplomacia y la academia. Pasaron por esa casa dos hermanos sinaloenses, uno de los cuales terminó en el Ejército y otro en el narcotráfico. Supongo que esa casa es mi novela pendiente. Tiene ya la distancia temporal y el vaho mítico necesario en mi cabeza. Pero la verdad, no sé como contarla”.

La educación del niño y del adolescente Héctor Aguilar Camín transcurrió en el Instituto Patria y más tarde en la Universidad Iberoamericana. El Doctor reconoce la enorme influencia de los jesuitas. Sentado sobre su sillón, utilizando uno de los brazos del pequeño sofá como respaldo, continúa su relato: “Estudié con los jesuitas de los nueve a los 21 años. Primero en El Patria, al que amé, y después en la Ibero, a la que odié. El Patria fue para mí el lugar de los maestrillos aficionados al deporte. Yo jugué basquetbol en la selección de la escuela. Aquellos maestrillos jesuitas y los sacerdotes cercanos al deporte eran todo menos confesionales. Jugaban y bebían con nosotros, castigaban con una sonrisa escondida nuestras fugas a lo prohibido. En una ocasión, de gira estudiantil por Tampico, nos escurrimos una noche al congal canónico del puerto, que se llamaba Pepe’s. Los jesuitas nos descubrieron y nos castigaron el resto del viaje. Nos castigaron por la ida al congal pero sobre todo porque al día siguiente de nuestra escapada jugamos tan mal en Tampico que nos dieron una paliza”.

El Instituto Patria cerró sus puertas. Muchos jesuitas sintieron el llamado “revolucionario” y se volcaron al pueblo. El Doctor afirma: “Se radicalizaron y se subieron a la revolución, a la pastoral de los pobres; algunos a la lucha armada. Yo supongo que fue también en el Patria donde bebí mis primeras lecciones de indignación y solidaridad social: el origen de mi viaje a la izquierda. De un maestro jesuita escuché este dicho: ‘Educación es lo que queda después de que se te ha olvidado todo’. Lo que queda en mí del Patria es sinónimo de camaradería y libertad”.

Héctor Aguilar Camín estudió Ciencias de la Comunicación en la Ibero, en ese entonces una universidad muy conservadora: “Estaba dominada por los jesuitas conservadores, muy preocupados por las relaciones amorosas de los alumnos. Muy intervencionistas. Había en la Ibero de mis tiempos, a principios de los años sesenta, un toque de escuela confesional que a mí me fastidiaba. Se rezaba el Angellus todas las tardes a las cinco”.

 

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En 1995 se reencontró con su padre: “Cuando lo encontré, luego de 36 años, no lo reconocí”. Durante cinco años conversó con él. Tenía una enorme necesidad de entender su pasado y comprender el abandono. Las charlas dieron material suficiente y en 1999 apareció la novela El resplandor de la madera, la historia familiar vista desde el lado del padre. Es la historia del despojo, de la traición, de la eterna obediencia filial que Gibbon explica en algunos de sus ensayos.

El Doctor dibuja una estampa sobre su padre y los últimos quince años a su lado: “Estaba solo, como un hongo en el mundo. Lo acompañé en sus últimos años. Murió rodeado y querido por la familia de la mujer que lo cuidaba, Rita Tenorio, el ángel de la guarda de su vejez. Ya muerto, en unos papeles que le dejó a Rita, me dio la última sorpresa: el texto para una lápida que había dedicado a su segunda mujer, una adivina muy conocida en la Ciudad de México durante la década de 1960, Nelly Mulley. El texto que puso en la lápida hizo girar ciento ochenta grados mi versión de su vida”.

El escritor se ha acomodado nuevamente en su sillón. Se levanta, se prepara y se sirve una taza de café y sentencia: “Mi padre fue un misterio para mí. En el fondo, quizá todos los padres lo son. Son nuestros dioses familiares, nunca alcanzamos a verlos en su sencilla condición humana”.