Héctor Aguilar Camín recorre los escenarios de su infancia

El escritor hace un ejercicio de memoria, que usa para vincular la historia de su familia con la de su querencia.
El narrador recordó que su abuelo fue comerciante: “Agarraba su canoa y se iba por el río repartiendo sal, azúcar o lo que fuese”.
El narrador recordó que su abuelo fue comerciante: “Agarraba su canoa y se iba por el río repartiendo sal, azúcar o lo que fuese”. (Jesús Quintanar)

Chetumal

En los libros de historia se escribe que en 1898, tras la firma de los tratados de límites con Gran Bretaña, en la frontera con Belice, a Othón P. Blanco se le ocurrió construir un pontón que le sirviera como una especie de aduana para ordenar los negocios que aún hacían desde aquel lado con los pueblos mayas.

A partir del establecimiento de ese punto de revisión, conformado por ocho marinos, esa zona de la ribera comenzó a poblarse ante la necesidad de ofrecer servicios y víveres apostados para la vigencia de la frontera mexicana: así nació Payo Obispo, lo que hoy se conoce como Chetumal, y así comenzó la historia de los padres de Héctor Aguilar Camín, compartida en Adiós a los padres (Literatura Random House, 2014).

“Desde el principio, mi intención era ser el conducto de esta historia, pero no ser parte de ella, sino hacer la historia de mis padres y de sus padres. Pero no como si fueran mis padres y mis abuelos, sino como seres humanos, como unos personajes que tuvieron una vida, que yo creo fue extraordinaria en sus peripecias, en su diversidad, en la amplitud de su experiencia. Y además fueron mis padres”, explica Aguilar Camín en entrevista con MILENIO.

Durante un recorrido por escenarios fundamentales en su infancia y de la trama de la novela, el narrador recuerda: “La historia de mis dos familias empieza aquí, la de mi abuelo paterno, porque es uno de los primeros comerciantes que llega con su familia aquí y empieza a llevar alimentos: agarraba su canoa y se iba por el río repartiendo sal, azúcar o lo que fuese, y se traía pieles, animales o dinero”.

Recuerdos

Desde la Bahía Manatí se alcanzan a ver los bordes de Belice; durante las noches, las luces que se pueden observar ya pertenecen a otro país. Desde allí comienza un recorrido de su memoria para abarcar los recuerdos de esas ocho calles con que Othón P. Blanco decidió que se iniciaría la traza de la comunidad.

Es un acercamiento a sus padres que apuesta por ser un recorrido por la historia de un apellido y, con ello, por la de Chetumal; Aguilar Camín recuerda que las empresas de su abuelo paterno llegaron a tener mil empleados, “cuando el gobierno local tenía 200 burócratas”.

Es una historia de éxitos y de fracasos, de deslealtades y de pasiones, en las que mientras el sostén de la familia comienza a perder el poder, uno de los hijos, el padre de Héctor Aguilar Camín, comienza a obtenerlo, hasta que la rueda de la fortuna vuelve a dar el giro y su padre un día decide desaparecer durante casi tres décadas, como se cuenta en la novela y se vive en la memoria del escritor mientras observa cómo han cambiado los escenarios de su infancia.

Hoy, Chetumal arropa de nueva cuenta a su hijo pródigo, quien no regresa porque no se ha ido en realidad, para presentar su novela en el contexto del Festival Cultural del Caribe, que anoche tuvo su inauguración oficial en la ciudad capital de Quintana Roo.

“En Adiós a los padres traté de mirar en su realidad humana, independientemente de su cercanía conmigo. Los padres son seres muy extraños; uno nunca los llega a conocer bien, tienen una imagen demasiado familiar, mitológica, grande, y lo que traté de hacer fue reconstruir todo lo que sabía de ellos, porque me lo hubieran contado ellos u otras personas, por las notas que tomé en distintos momentos, o porque estuviera registrado en la prensa y en libros. Traté de hacer una novela sin ficción”, explica el también historiador.

Y en esa novela, asegura Héctor Aguilar Camín, no hay ningún salto imaginativo: todo corresponde con rigor a cosas que sucedieron “o que eran la versión reiterada en mi casa de qué había sucedido”.

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Ausencia del padre

Las casas no son las mismas, como no lo han sido desde que diversos huracanes cambiaron el rostro de la población, que pasó de tener casas de madera a construcciones modernas. Para no ir tan lejos, la avenida de Los Héroes, la principal de Chetumal y que un tiempo tuvo el nombre de Efraín Aguilar, hoy día está en remodelación. La ciudad es importante, como también el padre y la madre, con quienes sostuvo una relación distinta.

“Para mí, la ausencia de mi padre, que duró casi 30 años, fue un vacío mitológico y melancólico, porque en esa ausencia estaban puestas demasiadas cosas, como el rechazo del padre, el olvido, la sensación de minusvalía. Pero encontrarlo me permitió reconciliarme con él, en el sentido de que la persona real que yo conocí, así de disminuido como estaba, fue desplazando el vacío mitológico, fue apartando la ausencia melancólica y llenándola con la presencia de un hombre que acabé queriendo mucho”, dice el autor.

La novela ha sido una gran experiencia como escritor para Héctor Aguilar Camín, como ser humano, como hijo, sobre todo terminar el libro de la mejor manera que podía hacerlo: “Creo que encontré un tono que no había tenido antes, como un escritor elocuente y preciso a la vez, mucho más efectivo que ninguno otro libro, pero a la vez se trata de la historia que le debía a mi madre”.

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