Coriolano: la maldita horda de perros callejeros

La obra más enigmática de Shakespeare se estrenó hace dos días en el marco del Festival Internacional Cervantino. Su director, que en meses recientes montó a Molière y a Chéjov, ofrece aquí las ...
Coriolano: la maldita horda de perros callejeros
Coriolano: la maldita horda de perros callejeros (Especial)

Ciudad de México

Harold Bloom dice que Coriolano es un gran misterio y que forma parte de las cuatro o cinco mejores tragedias del Bardo; ahí se pasa del abismo de lo humano a la consagración de la forma. Auden, por su parte, condensa el sentido de la obra en el enfrentamiento irreconciliable entre el pueblo manipulable monstruo de mil cabezas y un individuo con terror a disolverse en la colectividad. Kott, por otra parte, pone el énfasis en el brutal realismo político de Shakespeare. Y a estas plumas se han sumado las inteligencias de Eliot, Hazlitt y muchos otros. Coriolano, sin embargo, escrita alrededor de 1606, sigue siendo un enigma y uno de esos retos colosales para la escena de nuestros días, pues más allá del blanco y negro de la discusión pública que la obra encierra, más allá de la horda de gente que invoca en el escenario, en ella están presentes criaturas de carne y hueso con pasiones y matices de comportamiento profundos y entrañables.

La crítica shakespeareana coincide en que Coriolano es una obra difícil de llevar a escena. Pero también hay acuerdo en que es un modelo de estructuración dramatúrgica perfecta y que se trata de la obra política por excelencia de un autor que los siglos XX y XXI han revisado hasta el cansancio como su contemporáneo. Esa densidad, en la que la vida privada es política, atrapó a Bertolt Brecht y luego a Günter Grass para acuñar otro Coriolano y Los plebeyos ensayan la insurrección. Teatro y política podrían abrir la puerta de muchos escenarios, pero la obra de Shakespeare pareciera irritar a güelfos y a gibelinos. De ahí que Coriolano sea la gran ausente en los escenarios del mundo.

Cinco líneas de acción teje la obra: la guerra entre la naciente república de Roma y el estado Volsco; la intensa rivalidad entre sus dos líderes: Coriolano y Aufidio; la lucha entre los populares y los patricios por el poder en Roma; la convulsa relación del héroe con su madre, Volumnia, “que es el personaje femenino más desagradable en todo Shakespeare” según Bloom; y, por último, la batalla interna de un hombre cuya soberbia y orgullo no son de este mundo.

Shakespeare descubrió la historia de Coriolano, como la de Julio César y Marco Antonio y Cleopatra, en Vidas paralelas de Plutarco. La historia tiene calado y veracidad: Coriolano agitó su hora política a principios del siglo V a. C. y sus acciones como guerrero y su sicología quedaron atrapadas en la comparación que Plutarco le hiciera con Alcibiades. Nuestro guerrero tiene un profundo sentido de la aristeia y del heroísmo propio del imaginario grecolatino, una mentalidad que sería el cimiento del ideal aristocrático de vida, pero también del gran drama sociopolítico que Shakespeare desentraña: el divorcio profundo entre la masa y el individuo, entre el humanismo renacentista y las colectividades incapaces de elegir, entre los ciudadanos “la chusma”, “la plebe”, “el rebaño”, “la algarada mayoritaria”, “la horda de perros callejeros”, “la manada pestilente” y los patricios que, un contemporáneo suyo, Cervantes, descifraría en aquella frase lapidaria que dice a propósito de la insolencia del poder: “al rico llaman honrado porque tiene qué comer”.

Plutarco describe el entorno social y personal que rodeó a Coriolano en Roma, pero Shakespeare fabula el suceso de manera extraordinaria y con la libertad que caracteriza su tratamiento de culturas distantes de su tiempo y geografía. Ante esa Roma de la imaginación, la veracidad se ciñe a la consistencia propia de la ficción. El dramaturgo no es veraz con el modus operandi político de Roma que Rousseau, por ejemplo, describe en su Contrato social.

El Coriolano de Shakespeare nos remite, en realidad, a la discusión isabelina entre el parlamento inglés y el Estado absolutista, y es precisamente ese contrapunto entre una sociedad que clama por la participación política y un sector privilegiado que a veces quiere todo “para el pueblo pero sin el pueblo”, lo que permite desentrañar temas del presente en sociedades como la nuestra y otras de Latinoamérica: ¿qué tanto puede resistir una democracia los embates de un pueblo hambriento?, ¿cómo se gestan, en un clima de manipulación política, la tentación autoritaria y el divorcio entre el pueblo y el círculo gobernante?, ¿en qué medida las democracias frágiles se convierten en objeto de manipulación, tanto de caciques que mangonean al humilde como de poderosos intereses económicos que quieren gobernar sin ciudadanos?

Bajo este punto de vista, Roma es México y la política es una pasión pero también una ciencia, la ciencia del poder de la que habla Weber. Coriolano es el héroe y defensor de Roma. Arrasa con todo a su paso, conquista, parece invencible y, además de su propia soberbia que, a fin de cuentas lo derrota, tiene un enemigo mayor la realpolitik y un pueblo con hambre y pobreza. Bruto, el tribuno corrupto que llega al Senado, le dice: “hablas del pueblo como si fueras un dios castigador y no un hombre lleno de flaquezas como ellos”.

Shakespeare retrata los motines urbanos, la confrontación en la plaza pública, la contradicción de intereses económicos, la vida republicana, la manipulación política y la guerra destructora, a través de las colosales pasiones de sus personajes aparentemente menores, o de la grandeza y honestidad del soberbio protagonista, o del humor y la sabiduría del viejo Menenio, todo aderezado por un clima de odio social entre enemigos políticos y militares sin conciliación posible.

No deja de ser curioso que en Coriolano sean muy pocos los personajes que tienen nombre. El resto son legión: patricios, ciudadanos, plebeyos, soldados, volscos, romanos… Pero aun así, en Shakespeare no hay masa amorfa, a fin de cuentas siempre hay personas con voz y conciencia. La guerra, por ejemplo, fenómeno esencial en esta obra, da pie a close–ups profundamente humanos. Bajo el cielo que nos desproteje, en la ciudad de los buitres y los cuervos, la metafísica solo habita en el estómago, y las tripas razonan: “los senadores de Roma son ese buen estómago, y ustedes los miembros amotinados. Si examinan sus preceptos y prioridades, si digieren las cosas como son, en especial lo que atañe al bien común, van a encontrar que todos y cada uno de los beneficios públicos que reciben vienen de ellos hacia ustedes” .

Llevar a escena una obra así, en un proyecto donde se dialoga con los Coriolanos de Shakespeare, Brecht y Grass un proyecto de largo aliento que solo podía ser posible en la Compañía Nacional de Teatro, nos deja frente a las enriquecedoras tensiones entre la interpretación, la recreación y las variaciones que se desprenden al enfrentar una materia textual primigenia con la escena del México contemporáneo.

La Roma isabelina se reconstruye desde un país y una ciudad del siglo XXI, y con una realidad política y social muy específicas. Coriolano, en este sentido, parece un alegato sobre las debilidades de la democracia. Y Roma es México en esa vida parlamentaria en contrapunto, en la persistencia de una mirada aristocrática y autoritaria de un pequeño círculo gobernante y en la fragilidad de una democracia cuando el pueblo no es más que esa bestia de mil cabezas que Shakespeare llama ciudadanos. Coriolano, el soberbio, remata contra la horda de perros callejeros: “Que las llamas del infierno más profundo consuman a este pueblo”.