ENTREVISTA | POR JORGE PEDRO URIBE LLAMAS

Guillermo Tovar de Teresa Historiador

El pasado domingo falleció el destacado historiador mexicano. En la siguiente charla, realizada en junio pasado, aborda sus aficiones como cronista y su visión del arte contemporáneo

"Hago lo que puedo, cuando quiero y como se me da la gana"

Guillermo Tovar de Teresa (Ciudad de México, 1956–2013)
Guillermo Tovar de Teresa (Ciudad de México, 1956–2013) (Javier Quirarte)

Ciudad de México

En junio quise entrevistar a Guillermo Tovar de Teresa (Ciudad de México, 1956–2013), conseguí su teléfono y le marqué. Me citó, en dos semanas, en su casa en la calle de Valladolid.

Al llegar, me hizo esperar una hora en la calle y media en su sala de lectura. No me importó. Aproveché para sacudirme los nervios, repasar las preguntas y, una vez dentro, echarle un ojo a los libros. Fue fácil darse cuenta de su afición por Paz y Reyes, así como por Fuentes e Ibargüengoitia.

¡Cuánto silencio! Lo escuché subir las escaleras, nos saludamos y soltó: “Usted no sabe quién soy yo, ¿verdad? Por eso le traje este libro que está por salir, para que lo lea y luego regrese a entrevistarme.” Se refería a Bosquejo biobibliográfico (DGE/Equilibrista, 2013), de Xavier Guzmán Urbiola.

Acepté, pero le dije: “Ya que estoy aquí, ¿por qué no me permite hacerle unas preguntas?” Y prendí mi grabadora.

 

¿Es usted el cronista de la Ciudad de México?

No, no, no, ese es un tema aburridísimo, fastidiosísimo. Yo renuncié en el 86 para crear un Consejo de la Crónica porque con el cambio de escala de la ciudad, que existiera un solo cronista para una ciudad de este tamaño...

 

¿Para qué sirve un cronista?

Para conservar la memoria. Pero son muchos, no soy el único, soy uno de tantos cronistas. Por eso se constituyó el Consejo, para significar el carácter colectivo de la crónica. Conservar esa figura es una anacronismo o bien un cargo político, y a mí no me interesa la política.

 

¿Quién puede considerarse a sí mismo un cronista?

El que contribuya con los mejores textos. Hay que publicar. No basta un título. Yo he publicado varios libros.

 

Se habla de que usted es sucesor de De Valle Arizpe, de Novo...

Eso fue cuando me nombraron cronista oficial, que era un cargo honorario. Luego se creó el Consejo, que pasó de oficial a asociación civil, porque no se puede hacer crónica desde el gobierno, porque uno acaba de títere de ese gobierno. La asociación se creó con 99 personas, por lo menos, pero lamentablemente no nos han hecho caso. Por ejemplo, para la conmemoración del Bicentenario de la Independencia por parte del gobierno de la ciudad, la organización se la dieron a un retrasado mental, Enrique Márquez, y no al Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, algo que nunca entendí por parte de Marcelo Ebrard. Fue un fallo gravísimo y eso afectó al Consejo. Yo renuncié a la presidencia del mismo, se terminó mi periodo de tres años, en 2010. Hubo un intento para nombrar a Homero Aridjis, pero creo que no le ha convenido encabezarlo porque es un cargo honorífico, no hay dinero, no hay paga.

 

¿Es el mismo grupo donde está Ángeles González Gamio?

Ella fue nombrada secretaria del Consejo por Espinosa Villarreal y se puso a publicar en La Jornada varios artículos, que luego reunió en un volumen. Esa es su contribución a la crónica.

 

¿Qué aportó usted a la crónica?

Dos tomos de La Ciudad de los Palacios: crónica de un patrimonio perdido. Vendí 140 mil ejemplares en un año. Los libros Palacio Nacional, que escribí con Carlos Fuentes; La Ciudad de México y la utopía en el siglo XVI, que habla de la utopía urbana del virrey Mendoza; El pegaso o el mundo barroco novohispano en el siglo XVII, que habla de la fuente del Palacio Nacional. Ese lo publiqué en Sevilla. Son varios libros.

 

¿Habrá más reediciones de La Ciudad de los Palacios?

No sé, ahorita estoy metido en otros asuntos. Como no soy cronista oficial, no me pagan, no soy empleado del gobierno y hago lo que puedo, cuando quiero y como se me da la gana.

 

¿Qué le interesa actualmente?, ¿en qué está trabajando?

En varias cosas. Estoy haciéndole un prólogo a un libro del arquitecto Saldívar que nos cuenta la historia de cómo rescató la Catedral desde el año de 71 hasta el 2000. Porque luego, en los periodos subsecuentes, cortejaron con sombrero ajeno a arquitectos que hicieron obras mínimas en la Catedral pero no la decisiva, que fue reestructurarla. También estoy queriendo hacer una historia de la fotografía en el XIX. En fin, estoy queriendo ser un hombre libre que haga lo que le corresponde a su vocación.

 

Hábleme de esta casa maravillosa.

¿Cuál?

 

Ésta, en la que nos encontramos.

Pues es una casa que iban a demoler para hacer un estacionamiento. La compré hace 15 años como terreno porque la construcción estaba deshecha. Me pasé cinco años arreglándola. Antes vivía en la calle de Colima. Siempre he vivido en la Roma, desde que nací.

 

¿Cuál es su lugar favorito de la ciudad?

Era el Centro hasta que, poco a poco, se fue convirtiendo en un muladar. Cuando camino por la calle de Madero, por ejemplo, casi me pongo a llorar de verlo convertido en una especie de cantina. Por eso ahora los cronistas se ocupan de tacos y de ese tipo de cosas. Es un estilo de crónica que yo respeto, pero que a mí no me interesa mucho.

 

¿La peatonalización de Madero no le ha traído beneficios a la sociedad?

Beneficios y perjuicios. La ciudad que yo conocí en los setenta era divina. Se podía circular en automóvil sin problema y se podían disfrutar los edificios.

 

¿Cuándo empezó el derrumbe?

Yo creo que a partir del temblor del 85, el Centro Histórico entró en crisis. Ya no voy tanto al Centro, me desanima. Por ejemplo, ver la Plaza Seminario me deprime.

 

Escuché que hay un plan para recuperar la Plaza Seminario...

Eso dicen siempre. Lo de los planes lo vengo oyendo desde el temblor.

 

¿Será que no se pueden ejecutar o que no hay voluntad?

No hay imaginación. El único que ha hecho algo es Inti Muñoz, a quien le reconozco un papel destacadísimo, lo mismo que Alejandra Moreno. Son dos personas que en estos últimos años han ocupado parte de su vida en hacer algo por el Centro.

 

¿Qué está investigando actualmente?

Ando metido en la historia de la fotografía, estoy estudiando el siglo XX. A mí se me etiquetó con el tema de la ciudad, como si de lo único que supiera o lo único que me interesara fuera la ciudad. Y es uno de los miles de temas que me interesan. También me interesa el arte, he publicado alrededor de 30 libros de arte.

 

¿El arte contemporáneo le atrae?

Cuando es de muy buena calidad, sí. Se necesita bastante imaginación porque hay cosas que no comprendo bien, que no me parecen tan artísticas, que son más bien producto de la falta de creatividad en algunos casos, hay otros que no.

 

¿Y qué opina de la arquitectura contemporánea?

Hay cosas buenas, por ejemplo, Enrique Norten. Es muy bueno. Ramírez Vázquez, que acaba de morir, hizo un museo que francamente considero una obra capital de la arquitectura del siglo XX y que no ha pasado de moda. Se trata del Museo Nacional de Antropología e Historia. Hay que saber distinguir lo universal de lo internacional. Lo universal representa un conjunto de valores que son vigentes en el tiempo y en el espacio, y la moda es siempre aquello que se impone por el cambio que viene de fuera y que resulta desechable.

 

¿Existe el mexicano universal?

Claro.

 

¿Carlos Fuentes?

No, Fuentes no. Octavio Paz sí. Carlos Fuentes se supo vender muy bien, aunque nadie lo ha leído. Todos los que lo halagan no lo han leído. Yo creo que Juan Rulfo es 500 veces más universal. Pedro Páramo es una novela universal. Tamayo es universal. Diego Rivera, Octavio Paz. Y Pedro Ramírez Vázquez, que fue el gran arquitecto mexicano del siglo XX.

 

¿Cuál fue su mérito?

El Museo de Antropología, el Estadio Azteca. No son méritos, son obras. Pero volvamos a la literatura. Dígame en cualquier terreno, ¿qué no es importante de Paz? Todo este librero es todo Octavio Paz, íntegro. “Pasado en claro” es un poema extraordinario, fundamental. Ya no digamos “Luna silvestre”, “Bajo tu clara sombra”, “Entre la piedra y la flor”.

 

¿Será fácil superar a Octavio Paz?

No se trata de superar. Aquí no hay competencias. Un buen poeta no es el que quiere, sino el que puede. Ya lo decía Paz: “La poesía es un hacer que es decir”. Octavio Paz tiene una obra muy sólida, yo lo considero fundamental, como a Juan Rulfo, que es un genio, o también Arreola.

 

¿En el panorama contemporáneo hay genios?

Habría que estudiar todavía. Es muy prematuro establecer genialidades entre la gente que está trabajando. Hay gente con mucho talento. Pero habría que ver todavía el conjunto de su obra para poder establecer un juicio.