Hacer un palacio hoy es de mal gusto: Pérez Rayón

En conversación con MILENIO, el creador de la Unidad Profesional Zacatenco del Politécnico afirma que en la arquitectura “la magnificencia ha sido sustituida por la grandilocuencia”.

México

Arquitecto de obras como la Unidad Profesional Zacatenco, el Centro de Investigación y Estudios Avanzados, el Planetario Luis Enrique Erro y la Unidad Profesional de Arquitectura, todas del Instituto Politécnico Nacional (IPN), Reinaldo Pérez Rayón (1918) se pasea por su casa en un carrito que funciona con pilas, orgulloso del trabajo que ha hecho.

Ganador de premios como el Nacional de Ciencias y Artes en Diseño, en 1976; Creador Emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte, en 1993, y la Medalla Bellas Artes en 2014, a sus 97 años de edad es un hombre lúcido.

Entrevistado por MILENIO a propósito de la exposición Reinaldo Pérez Rayón. Ideas y obras —la cual tiene 40 planos y fotografías—, con la que el IPN le rinde homenaje, el también creador del proyecto del Estadio Olímpico de Zacatenco y de la Torre de Telecomunicaciones de Guadalajara, habla del significado de esta disciplina en su vida.

¿Qué significa para usted el IPN?

Desde el punto de vista emocional y sentimental, le tengo mucho cariño. Allí me formé. Sigue siendo una institución rectora de la enseñanza tecnológica en México.

¿De las obras que hizo para el IPN cuál es la que más le atrae?

La más importante de todas es la Unidad Profesional de Zacatenco.

Cuéntenos su construcción.

En abril de 1957 me separé del cargo de jefe del Plano Regulador de la Ciudad de México. Ya había hecho mi carrera de arquitectura y urbanismo en ese departamento. Al principio, muy entusiasmado quería desarrollar grandes proyectos; pero como los recursos eran limitados y los intereses creados muy poderosos, no había mucho por hacer. La ciudad ya aparentaba un crecimiento que rebasaría sus posibilidades funcionales, por lo que decidí renunciar. A los pocos meses, en octubre, me llamó el ingeniero Alejo Peralta: “Arquitecto, estoy muy preocupado por lo que se está haciendo en Santo Tomás, en parangón con Ciudad Universitaria. Al consultarle mis dudas al ingeniero Manuel Moreno Torres —director de Obras Públicas del Departamento del Distrito Federal en el gobierno de Ernesto Uruchurtu—, me dijo: ‘¿Por qué no le pides una opinión a Pérez Rayón’’. En vez de darle mi opinión le hice un estudio documentado sobre el tema. En él señalaba que era necesario crear dos hospitales, un parque deportivo y varias manzanas de terreno para resolver el problema de espacialidad del Politécnico, pues no había margen para su desarrollo futuro, lo que hacía inviable la construcción de un inmueble como éste, tanto política como económicamente. Esto los indignó mucho a ambos.

“Sin embargo, al pasar los días Peralta y Moreno Torres me llamaron para que le fuera a presentar el proyecto a Walter Cross Buchanan y a Raúl Salinas Lozano, secretarios de Comunicaciones y Transportes y de Industria y Comercio, respectivamente, en el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines. Les pareció bien y me dijeron que hiciera un anteproyecto rápido para llevárselo al Presidente. Me dieron tres meses, y yo lo hice en una semana. No acababa de regresar al DF cuando Peralta me llamó para decirme que teníamos una cita con Ruiz Cortines. Entraron los cuatro ingenieros a hablar con él, y al rato salió una persona que me dijo que pasara a la oficina con mi proyecto. Se lo mostré al mandatario, quien me hizo algunas preguntas interesantes.

“Lo importante es que cuando terminé la exposición me agradeció. Salí de la oficina y esperé un rato. Después los ingenieros salieron con una gran sonrisa. Intuí que había tenido éxito. El Presidente, sin embargo, les hizo dos sugerencias: ‘La Ciudad Universitaria ha sido un polo de desarrollo en el sur, por lo que deben aprovechar el norte para crear algo similar; por otra parte, al norte de la ciudad llegan los principales ejes industriales de este país’. Nos dedicamos a buscar terrenos en esa zona del DF. Encontramos Zacatenco y Ticomán. Se determinó que ahí se construyera. Cuando llevamos al Presidente, ya con cuatro edificios terminados, para que inaugurara la primera etapa del lugar, nos dijo que no nos convenía que lo hiciera, pues ya estaba a punto de salir de la Presidencia y que mejor buscáramos al siguiente mandatario para que realizara una sola inauguración.

“Adolfo López Mateos se enamoró de la obra. Me hablaban por teléfono del Estado Mayor, para decirme: ‘Ahí va el Presidente. Atiéndalo’. Recorría obra por obra”.

¿Cuál de los edificios de Zacatenco es el que más le gusta?

Para cualquier arquitecto, los proyectos son como hijos. Éste era un hijo muy brillante. Los arquitectos soñamos toda la vida con hacer grandes obras, y ésta era una oportunidad que a mí se me presentaba. Durante siete años me entregué a la construcción de ese lugar. En ese tiempo prácticamente abandoné a mis hijos, pero mi mujer me sustituyó y me ayudó.

¿La arquitectura actual todavía funciona como satisfactor social?

Se ha ido desviando mucho: la magnificencia ha sido sustituida por la grandilocuencia. Hacer el edificio más alto del mundo, con la estructura más avanzada, aunque sea muy caro, satisface los intereses de las grandes empresas. Éstas siempre han querido tener los edificios más grandes como símbolo de poder.

“En las escuelas se ha perdido la preocupación social de la arquitectura. En el IPN se obligaba a los alumnos a tomar los principios de la arquitectura moderna, porque estos subsisten gracias a la condición socioeconómica de los alumnos de dicha institución académica. Esos principios son: funcionalismo, internacionalismo y que sea orgánica. Nada debe faltar o sobrar. Los espacios no son ni grandes ni chicos. Deben tener la medida necesaria para que sean cómodos, seguros y agradables, para que haya bienestar en general. No deben ser ostentosos. Hacer un palacio en esta época es de mal gusto”.

¿Por qué se decidió a estudiar  arquitectura?

Cuando estuve sobre un restirador proyectando una casita modesta, para obreros, me dije: “Esto es lo que voy a querer hacer toda mi vida”. Es lo que me gustó. Nunca me desvié de esta disciplina. En algunas ocasiones asumí actividades un poco marginales pero enriquecedoras, como cuando durante siete años fui jefe de Junta Directiva de la Universidad Autónoma Metropolitana, y cuando pertenecí al Consejo de Ciencias de la Presidencia de la República en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Pero no dejé la arquitectura.

¿Qué tal era como maestro Juan O’ Gorman?

Extraordinario. En su clase de Teoría de la Arquitectura el aula se colmaba de alumnos. Al terminar la clase nadie se salía, así que continuaba impartiendo lecciones. Él nos enseñó que la arquitectura es un satisfactor social. Ese es su papel fundamental: resolver las necesidades humanas de abrigo y de protección del medio ambiente. No hay que olvidarnos de que la arquitectura anterior se había preocupado por la belleza: participaba de las artes plásticas. Cuando dejó de ser decorativa, se volvió útil. Cuando se desarrolló el diseño industrial, llenó al mundo de objetos y formas nuevas, ya que tenía que enfrentar necesidades insatisfechas: construir hospitales, escuelas, edificios para la cultura general y, sobre todo, habitaciones para la gente de escasos recursos, que deberían ser económicas con el mejor aprovechamiento de los recursos, que siempre fue la meta histórica de esta disciplina.

¿Cuáles son sus pasiones?

He tenido dos: mi esposa, con la que llevo casado 70 años y 73 de novios. Nunca nos hemos dejado de saludar, he estado muy enamorado de ella y viceversa. La otra ha sido la arquitectura. Las dos me han pagado bien. Una vez un amigo me dijo antes de casarme: “Reinaldo, te voy a dar un consejo: a la mujer ni todo el amor ni todo el dinero”. No le hice caso. A mi mujer le he dado todo mi amor y todo mi dinero. No me arrepiento. A mí me ha ido bien y a mi amigo lo dejé de ver y no sé cómo le haya ido.

“Cuando llegó a México la arquitectura moderna buscaba construir obras para el hombre común. Consideraba al ser humano por su propio valor, independientemente de sus condiciones políticas, económicas, sociales, culturales. Entre finales del siglo XIX y principios del XX surgió la nueva arquitectura, que rompió con un pasado caracterizado por satisfacer a los poderosos con palacios y templos destacados por su magnificencia. La nueva arquitectura llegó a México en los años treinta del siglo XX, y desde la Escuela Nacional de San Carlos se impulsaron hospitales, escuelas, centros deportivos y edificios para comunicaciones. Esta tendencia encontró oposición en los maestros más tradicionalistas. Paralelamente se creó una escuelita modesta, la Escuela de Ingeniería y Construcción, que acogió las nuevas ideas funcionalistas de esta disciplina. Yo tuve el privilegio de inscribirme a los 15 años ahí. Sus principios eran los mismos que los de la Revolución Mexicana.

Algunas de sus obras

En 1970 hizo la Unidad Profesional de Arquitectura del IPN en Tecamachalco, Estado de México, y el diseño de la Terminal Aérea para la Ciudad de México.

En 1972 construyó la Unidad de Ciencias Básicas de Xocongo, Ciudad de México.

En 1974 realizó, en los límites del Estado de México y Morelos, la Ciudad de la Ciencia y la Tecnología.