[Imágenes] Sainz, una reivindicación necesaria

Gustavo Sainz donó su archivo personal al gobierno de Coahuila con la promesa de abrir un centro cultural con su nombre; sin embargo, se echaron para atrás cuando supieron que debían traerlo de EU.
El acervo personal de Gustavo Saiz consta de 75 mil libros, 15 mil películas, un buen número de obras de arte, así como textos originales.
El acervo personal de Gustavo Saiz consta de 75 mil libros, 15 mil películas, un buen número de obras de arte, así como textos originales. (Octavio Hoyos)

Ciudad de México

Cuando un creador destacado nos abandona, el acervo que deja, una suerte de apresurado recuento material de sus días, queda a menudo en espera de que alguien decida su destino: una biblioteca, una universidad, algún particular. Muchas instituciones suelen pagar millones de dólares por los acervos personales de ciertos escritores fallecidos. Acumulan miles de cartas, documentos, manuscritos originales, fotografías, libros, los clasifican y estudian y los ponen al alcance de los interesados, casi siempre investigadores especializados que consiguen descifrar vidas enteras con sus obsesiones, itinerarios y relaciones, y trazan a menudo una suerte de cartografía existencial de los autores. La Universidad de Texas es una de estas instituciones. Acaba de pagar más de dos millones de dólares por el acervo de García Márquez, que se encuentra ya en el centro Harry Ransom de Austin al lado de los archivos de Borges, Hemingway, Joyce y Arthur Miller, entre otras celebridades del mundo de las letras.

A Gustavo Sainz le fue muy mal con su acervo personal: 75 mil libros, 15 mil películas y un buen número de obras de arte, además de textos originales, cartas, fotografías y documentos diversos. Posiblemente ya afectado por el Alzheimer que lo mató finalmente en junio pasado a los 74 años, donó su archivo personal al gobierno de Coahuila con la promesa de los burócratas locales de abrir un centro cultural con su nombre en Saltillo, donde sería depositado, clasificado y puesto al alcance de los interesados. Le tomaron el pelo. Sin vergüenza alguna se echaron para atrás cuando supieron que había que traer todo desde Estados Unidos, donde residía el escritor. Politiquillos de pueblo, dijeron que no tenían donde poner tanto libro.

No sólo en Coahuila le fue mal. Aquí también. No recibió los homenajes ni los reconocimientos oficiales que merecía. Hasta donde se sabe, ninguna autoridad cultural ha asumido la tarea que le corresponde para traer su acervo a México y hacerse cargo de su custodia, de su organización y estudio.

Si uno buscara una explicación para tanto desaire, aquí y en Coahuila, debería considerarse tal vez la manera como Sainz salió del país rumbo a una suerte de exilio político a finales de los setenta, cuando un texto ofensivo contra la esposa del presidente López Portillo apareció en las páginas de un suplemento que dirigía. Quienes lo conocimos y lo queremos podemos meter las manos al fuego por su enorme dignidad como ser humano y como editor. Tenemos muy clara su inocencia en aquel lamentable incidente. En este contexto, las autoridades culturales debieran asumir dos tareas de inmediato: emprender una investigación rigurosa que conduzca a la localización de manera definitiva de la identidad del verdadero culpable, y asumir su responsabilidad por el rescate, la preservación y la difusión de su legado. Mientras tanto, el asunto está en la atención de muchos.