Gustavo Sainz, el maestro que se fue

Se convirtió en mentor de escritores como Ángeles Mastretta, David Martín del Campo e Ignacio Trejo Fuentes, quienes comparten sus testimonios.
“Marcó nuestro modo de escribir y el de muchos escritores que seguimos vivos”: Ángeles Mastretta.
“Marcó nuestro modo de escribir y el de muchos escritores que seguimos vivos”: Ángeles Mastretta. (Octavio Hoyos)

México

Se dice que Gustavo Sainz sufrió de una suerte de acoso tras la publicación de un texto en la Revista de Bellas Artes, en la que se insinuaban cosas contra la primera dama. El escritor, quizá para ir en contra de tal mito, confesó en varias ocasiones que le habían ofrecido una buena cantidad de dólares en una universidad estadunidense para ofrecer conferencias sobre Carlos Fuentes.

"Para mí siempre fue una interrogación que Gustavo se hubiese ido", recuerda la escritora Ángeles Mastretta, quien trabajó con él durante dos años en la revista Siempre!, "porque era un producto local y tenía pasión por dar clases a los mexicanos. Gustavo se fue porque encontró mejores oportunidades y más cariño en otras partes, pero siguió escribiendo con la cabeza de un mexicano en otras partes".

Las pocas veces que se volvían a encontrar en México, recuerda la escritora, siempre le preguntaba por qué había tomado la decisión de irse; su respuesta era muy sencilla: "Porque allá tengo un buen trabajo y estoy contento". No había mucho más que hablar.

"No creo que su exilio pueda llamarse tal, sino una migración voluntaria, aunque en efecto enfrentó una desgracia política. Simplemente halló una mejor manera de vivir y darle valor a su literatura en otras partes", dice.

Eso fue hace unas cuatro décadas. En esa especie de autoexilio dejó de existir, aunque solía regresar a México, en especial para comprar libros, evoca el escritor Alejandro Sandoval, quien lo sentía muy reconciliado con el país y, sobre todo, dispuesto a hacer nuevas cosas.

"Él ya estaba bien cuando ganó el premio Villaurrutia, ya tenía un lugar consolidado. Pero no se conformó con eso sino que siguió experimentando, viendo qué podía hacer: un hombre apasionado por la evolución".

Sin embargo, ni los amigos o discípulos llegaron a tener noticia de la muerte de Gustavo Sainz el pasado 26 de junio, en Bloomington, donde era profesor emérito de la Universidad de Indiana, adscrito al Departamento de Español y Portugués.

Experimentador

Dos de sus títulos más conocidos fueron Gazapo y La princesa del Palacio de Hierro, pero su apuesta literaria siempre fue más allá, recuerda Ignacio Trejo Fuentes, su discípulo: se convirtió en un permanente experimentador de las letras, en obras como Paseo en trapecio o Salto de tigre blanco.

"Se transformó en un experimentador radical: no creo que haya habido un narrador con más ambiciones experimentales que Sainz, al grado de que son casi ilegibles y están llenas de referencias y simbología. Incluso una vez le sugerí: 'Gustavo, por qué no vuelves a escribir como antes, estás perdiendo lectores'. Su respuesta fue categórica: '¿Por qué mejor los lectores no aprenden a leer?'"

Pero, desde su perspectiva, el mayor problema que enfrentó fue su lejanía: fueron muchos años en Estados Unidos, y ya se sabe que "santo que no es visto...", comenta Trejo Fuentes.

David Martín del Campo también creció periodística y literariamente al lado de Sainz. Lo define como el encargado de infundir en ellos la pasión por la escritura, "nos hizo escritores a un grupo de universitarios", como Ángeles Mastretta, Rafael Vargas, Arturo Trejo Villafuerte y Nacho Trejo.

"Él fue el confirmador, junto con José Agustín, de la ruptura de la narrativa con el cepo histórico que cargaban las generaciones precedentes: mostró que los temas de la clase media eran igual de importantes literariamente hablando, y que necesitaban una expresión, porque nadie les hacía caso".

Las palabras de Mastretta reflejan esa influencia: "Sainz marcó nuestro modo de escribir, y el de muchos escritores que seguimos vivos, y no solo nuestro modo de escribir, sino también nuestra manera de entender el mundo".

La posibilidad del retorno

Hace cuatro años Gustavo Sainz decidió donar su biblioteca personal a Coahuila, pero sus 75 mil libros, 15 mil películas y 30 pinturas hicieron complicado que se concretara el proyecto, sobre todo para trasladarla de la Universidad de Indiana a Saltillo.

Se habló, incluso, de la posibilidad de que Sainz radicara en la capital coahuilense, en una casa ubicada en el Centro Histórico, lo que para Alejandro Sandoval era un proyecto muy importante de recuperación no solo de una obra, sino de un personaje.

"Su llegada a Saltillo era una manera importante de que el país recuperara a una figura como él, e incluso que hiciera cosas, lo que se convertía en una posibilidad de enriquecer la literatura nacional", agrega el escritor.

La noticia de la muerte de Sainz se dio a conocer ocho días después de ocurrida, con lo que "las letras mexicanas pierden unos ojos que veían distinto. Esperemos que, con su muerte, podamos ganar la posibilidad de volver a ver como él", concluye Ángeles Mastretta.