Los Guillermos

EL SANTO OFICIO 
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Tovar y de Teresa (Santo Oficio)

Ciudad de México

Después de leer la última página de El universo o nada. Biografía del estrellero Guillermo Haro (Seix Barral, 2013), el nuevo libro de Elena Poniatowska, el cartujo se asoma a la ventana y mira al cielo, piensa en los secretos develados por sabio mexicano en sus largos e intensos años como director de los observatorios de Tonantzintla y Tacubaya.

La suya fue una vida dedicada a la ciencia, a la cultura, y desde niño se forjó en la disciplina y el trabajo. Nunca se sintió inferior a nadie y aun renunció a la preposición “de” en su apellido, para llevar más cerca el de su madre, de una clase social inferior a la del padre.

Ella murió cuando él y sus hermanos eran niños, por eso fueron puestos bajo la tutela de una aristocrática tía paterna. Un día —cuenta Poniatowska—, siendo ya universitario, Guillermo reúne a su familia en la sala de su casa en la colonia Juárez, “tiene algo importante que decirles. ‘¿Y ahora qué se trae este muchacho?’, se inquieta la tía Paz. Los hermanos esperan, rígidos, a que tome la palabra.

“—He decidido quitarle el ‘de’ a mi apellido; de hoy en adelante soy Guillermo Haro Barraza.

“—¡Ustedes son De Haro! —protesta la tía Paz—. El ‘de’ les da prestigio, hace que los reciban en todas partes. ¿Por qué van a cerrarse esa puerta?

“(Su hermano) Carlos se levanta cual resorte, estrecha la mano de Guillermo y desafía a la tía Paz:

“—Apoyo tu moción, hermano, y te felicito. De aquí en adelante yo también soy Haro Barraza”.

Otro día, el monje hablará sobre este libro extraordinario, escrito por quien durante tantos años fue la esposa de ese hombre tan exigente y explosivo como honesto y preocupado por la educación y el desarrollo de la ciencia en México; ahora rescata la anécdota impulsado por el recuerdo de Guillermo Tovar de Teresa —sin la conjunción ‘y’, atribuida en tantos medios y por tantas personas.

En 1986 el monje le hizo una larga entrevista para la revista Diva. Tenía 30 años, pero ya era una celebridad en el mundo del arte, un historiador admirado, uno de los más grandes conocedores del patrimonio artístico y cultural del Centro Histórico de la Ciudad de México. Hablaron dos o tres horas, de sus investigaciones, de su biblioteca, de sus discos, de sus maestros, de los cuales no aprendió en las aulas sino en conversaciones y, sobre todo, en los libros. Al despedirse, el amanuense, con una sonrisa de oreja a oreja, le dijo:

—Muchas gracias, señor Guillermo Tovar y de Teresa.

—¡No! —protestó él—, sin la “y”.

El monje, desconcertado, se puso serio y guardó silencio. Entonces Guillermo, ya más calmado, le comentó:

—No sé de dónde salió esa “y”, se me hace aristocratizante y absurda.

Se despidieron con un abrazo.

Con Haro Barraza, Tovar de Teresa, quien murió el pasado domingo, compartió no solo la precocidad y el nombre, sino el desprecio por los políticos, y la voluntad de hacer de este un país mejor, sin complejos de ninguna especie. Descanse en paz.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.