Guillermo Tovar en su momento

Desde sus primeros años se paseó entre los palacios del Virreinato, levantó un catastro de su estética arquitectónica, identificó los cambios en el centro del Distrito Federal.
Hora Lobo
El historiador (Milenio Digital)

Ciudad de México

Sabemos que con la muerte se va no solo el cuerpo: también se alejan para siempre la persona, la memoria, la gracia, la personalidad, el conocimiento, los poemas memorizados, el bagaje cultural, los idiomas aprendidos, las sonatas de Mozart y Schubert silbadas desde la infancia, la risa, la ternura, los raptos de ira, los defectos y las virtudes, el entusiasmo, la vida. Todo eso se va con el punto final.

Y se va una mirada: la de Guillermo Tovar de Teresa, el historiador, el gran conversador, el gran amante de la Ciudad de México, que fue su pasión y su quehacer infatigable. Lo recordamos entre las ruinas de la colonia Roma —su paraíso infantil— durante el terremoto de 1985, con casco de albañil, levantando piedras, hablando con los vecinos, el barrio de su infancia y de su abuelo de la calle Jalapa, su casa de Colima, su casona porfiriana de Valladolid.

Umberto Eco afina mejor esta idea: La vida es una maravillosa acumulación de saber, todos los días aprendemos algo más. "Qué despilfarro, decenas de años gastados construyendo una experiencia y luego tirarlo todo por la borda". Es como quemar la biblioteca de Alejandría. "A esta tristeza le ponemos remedio actuando, escribiendo, pintando, construyendo ciudades".

Lo recordamos en Querétaro, en 1991, a los 35 años, cuando organizó el primer Coloquio Internacional de Arte Barroco en México y al que asistieron, gracias a su muy bien atendida convocatoria, los especialistas más importantes del mundo. Lo recordamos en Puebla, investigando sobre las capitulares de los Lagarto, padre e hijo.

Desde sus primeros años se paseó entre los palacios del Virreinato, levantó un catastro de su estética arquitectónica, identificó los cambios en el centro del Distrito Federal: La ciudad de los palacios. Crónica de un patrimonio perdido. Pero no se quedó en la Nueva España ni en el siglo XIX. Entró en el XX con un diccionario exhaustivo de los pintores mexicanos y fue recolectando fotografías de la Revolución mexicana.

Nunca se impresionó mucho con Europa. Prefería su barrio de la Roma a ciertos rumbos de París o Barcelona. Y allí vivió siempre, desde que dio sus primeros pasos de la mano de su abuelo adorado hasta que dejó de estar entre nosotros el domingo 10 de noviembre. Y crea su ausencia una gran oquedad. No fue a la Universidad ni se sentó en El Colegio Nacional, como lo merecía. Autodidacta, aprendió a aprender por cuenta propia.

De su generosidad y de su creatividad da cuenta pormenorizada el Bosquejo biobibliográfico que hace apenas unos meses elaboró Xavier Guzmán Urbiola. Allí están todos sus libros, presentados en inglés y español: México barroco, El Pegaso o el mundo barroco novohispano del siglo XVII, el pegaso (sic itur ad astra: así se llega a los astros) que vio por primera vez siendo niño en una fuente interna de Palacio Nacional; Renacimiento de México, artistas retablos, La ciudad de México y la utopía en el siglo XVI, Repertorio de artistas en México.

Quiso el azar y sus misterios que este mismo año apareciera el Bosquejo. Cuando se presentó en la Casa Lamm en julio en realidad se vivió una fiesta en honor de Guillermo, en su gran momento, apenas se podía entrar de tanta gente, tantos amigos que lo querían y admiraban. Y, además, en su propio territorio sentimental: su barrio de la colonia Roma.