Guillermo Haro, guardián del significado de la vida

México

Escuchar solo puede realizarse desde la propia vida. Es desde nuestra mirada que interrogamos la ajena sin cesar. Las obras —dice Paz— no responden a las preguntas del autor sino a las del lector. En la vida, tal vez suceda lo mismo, preguntamos al otro sobre sí para aliviar nuestra soledad, para aprender a vivir nuestra vida, para resolver eso que más nos inquieta, para encontrar su significado. Es este preguntar sin suspenso lo que constituye la interpretación, no como un proceso que busca una conclusión sino como la modalidad de un encuentro a través del cual se mantiene una dimensión dialogante. Acaso solo un texto profundo y vivo mantiene abierta la pregunta, y solo una vida bien vivida puede ser interrogada sin tregua, solo una vida buena tolera la posibilidad del diálogo curioso y permanente.


Una vida como la de Guillermo Haro Barraza, quien muy joven descubrió que la tierra jamás se acaba, que el Universo es infinito, que Bergson se equivoca, que los adultos mienten y que lo que pontifican es falso, que hay dos tipos de amistades: las que son fugaces como los cometas y las que acompañan nuestra vida como las estrellas; un hombre que supo que el amor nace de la admiración, que todo libro es un acto de fe, que a veces la ciencia es cuestión de honor y no de laureles, que venimos del limo, que hay planetas sin redentor, que reconoció la vitalidad de las estrellas por su color, por su brillantez, y la insignificancia humana en el Universo; un hombre que lloró el día que su hijo nació quizá porque sabía que la eternidad es una invención del hombre, y que alguna vez escribió: "he pensado toda la tarde en que la verdadera felicidad, la posible, no está generalmente en las grandes cosas o ideas que a un hombre preocupan sino que está maravillosamente repartida en todos los pequeños detalles de la vida y de la naturaleza. En el canto de un pájaro, en una hoja verde, en una india pequeñita y seria que solo cuenta tres años y ya viste como una mujer madura, en nuestros volcanes y en nuestro cielo. Si yo pudiera valorar lo que me rodea con alegría y con ternura, como lo he hecho esta tarde, sería el hombre más feliz de la Tierra. La vida se justifica plenamente en sí misma en cuanto observas con algo de inteligencia y pureza las cosas de la naturaleza. Entonces es cuando se desea con todos los poderes del alma un mundo en que los hombres vivan en paz, con igualdad, sin riquezas pero con tranquilidad suficiente para dar un simple paseo por el campo y entonces poder decir: El que tenga ojos que vea!".


Elena Poniatowska nos ha acercado en su interesantísimo libro El universo o nada. Biografía del estrellero Guillermo Haro (Seix Barral, México, 2013), a la historia de ese hombre a quien el tiempo obsesionó, como lo obsesionó la muerte prematura de su madre, a quien consoló que la ciencia sea una sucesión en el tiempo, que los científicos retomen lo que sus antecesores comenzaron y sigan y nada se pierda; un hombre que se dejó conmover por Joyce porque escribía sobre la precesión de los equinoccios, quien coincidió con Vasconcelos cuando afirmaba que quien piensa claro se expresa claro.


A diferencia de lo que muchos piensan sobre los científicos o astrofísicos en el sentido de que la realidad no los toca, que sus preocupaciones son trascendentales, Guillermo Haro fue un hombre preocupado por el destino del país, por la justicia social, por la educación y la falta de oportunidades. "Nuestra observación simultánea del cielo y del campo nos crea un conflicto interior —escribió Haro en 1954 en el texto 'En el cielo y en la tierra'—. ¿No es acaso Tonantzintla un ejemplo y un símbolo de los contrastes y contradicciones que caracterizan a nuestro país? ¿Qué estamos haciendo para ayudar al progreso de México y de su pueblo? ¿Por qué en lugar de un observatorio astronómico no tenemos una escuela o una granja experimental que permita resolver problemas inmediatos de agricultura y veterinaria? ¿Qué importancia le concedemos a nuestros descubrimientos de estrellas novas, de supergigantes azules y rojas de nebulosas planetarias y de variables asociadas al material interestelar cuando nuestro pueblo es atrasado y pobre? Estas y otras muchas preguntas ahondan nuestra responsabilidad intelectual de mexicanos, forzándonos a meditar sobre la realidad de México."


Haro fue un crítico feroz, acaso por eso Elena lo llama estrellero, no solo para festejarlo como lo hicieron sus amigos cuando le fue entregado el Premio Nacional de Ciencias, sino porque así se les llama a los caballos que levantan mucho la cabeza, que despapan para librarse del bocado.


Guillermo dijo que "nosotros, no solo los mexicanos, sino todos los latinoamericanos, padecemos de terror a la verdad. Terror y miedo mediocres, por chatos, por débiles morales y físicos por faltos de fe en nosotros mismos. Quizás porque nuestra pobreza extrema nos ha envilecido demasiado". Decía que "en México todo lo hacemos a medias y nos conformamos con muy poco"; se lamentaba de que "el problema en nuestro país es que la pleitesía a un millonario anteceda al homenaje a cualquier inventor, que se le rinda al peor, al que hace fortuna, al que saquea al país, al gobernador golondrina, al juez, al presidente urraca y al esencial se le ignora o se le hace caer exhausto antes de alcanzar su meta." Haro decía también que "el problema latinoamericano es en Washington un problema de gran apariencia y poca sustancia" y acaso ésa siga siendo una de nuestras características. Tuvo la visión de afirmar lo que Kissinger planeó después: "Dentro de poco en nuestros países latinoamericanos el Ph.D yanqui rendirá sus frutos y nuestro centro cultural y emotivo será lo que ahora ya es nuestro centro económico." Por supuesto, sale mucho más barato becar, y por tanto generar lazos de gratitud y simpatía, a quienes después tomarán las decisiones políticas, económicas, científicas, culturales, etc, que invadir países o financiar guerras."


Guillermo Haro hizo del cielo un enigma y de su estudio, vocación; apoyó la investigación, la creación de los Observatorios Astronómicos del país. Por supuesto, como muchos académicos, investigadores, científicos, intelectuales y artistas, sufrió la cortedad de miras de funcionarios y empleados de distintas instancias gubernamentales o universitarias. Para muestra basta este documento que Elena Poniatowska recupera en su libro: "Al mismo tiempo que recibo noticias de la Universidad de Harvard en el sentido de que uno de mis trabajos científicos aparece en la lista de las diez más importantes contribuciones astronómicas del año, de la oficina a su digno cargo recibo comunicaciones en las que se me trata como a un mozo. Sin embargo, espero que sea resultado de un lamentable trámite burocrático y no fruto de su peculiar sensibilidad."


El libro de Elena, producto de la vida compartida, de infinidad de entrevistas, del estudio de los archivos personales de Haro, de su valiosísima reflexión nos permite vislumbrar a un hombre que, sin duda marcó el conocimiento que tenemos del cosmos, el destino y la vocación de muchos jóvenes que gracias a su ejemplo y a su apoyo optaron por dedicar su vida a la ciencia, Haro contribuyó a la reflexión sobre la realidad de nuestro país y a la situación de la educación y la investigación en México.

Gracias a Elena hemos podido leer la vida de Guillermo Haro, contagiarnos de su presencia, enriquecer con su ejemplo nuestra vida. Solo una vida bien vivida puede ser interrogada sin tregua y El Universo o nada nos revela una vida que resiste este ejercicio de permanente interrogación.

George Steiner dice que "somos invitados de la vida. ¡En este pequeño planeta en peligro debemos ser huéspedes!... la palabra huésped denota tanto a quien acoge como a quien es acogido. Es un término milagroso. ¡Es ambas cosas! Aprender a ser el invitado de los demás y a dejar la casa a la que uno ha sido invitado un poco más rica, más humana, más justa, más bella de lo que uno la encontró. Creo que es nuestra misión, nuestra tarea... es nuestra vocación, nuestra llamada al viaje con los seres humanos, a ser siempre los peregrinos de lo posible."


Elena da fe de cómo Guillermo Haro fue un buen huésped de este mundo ya que no solo contribuyó a hacer de México un país mejor, sino que fue, sigue siendo un buen guardián del significado de la vida.