[Guía Visual] Los ojos de Picasso

David Douglas Duncan (1916) no esperaba conocer al pintor de esa manera. Pero, conducido por Jaqueline, la mujer del artista, supo reaccionar ante la imagen.
El pintor
(Cortesía)

Ciudad de México

El primer retrato lo tomó en 1956. Asombrosamente, Picasso lo recibió. Ese primer encuentro: bañándose en la tina de su casa–estudio de California. David Douglas Duncan (1916) no esperaba conocer al pintor de esa manera. Pero, conducido por Jaqueline, la mujer del artista, supo reaccionar ante la imagen. Quizá por ello el artista mira sonriente a la cámara al tiempo en que se enjabona la piel gozosamente. Eso de que los artistas son niños es un lugar común, sí. Pero, al menos en este caso, resulta verdadero. Puede verse la misma disposición alegre en las imágenes donde aparece bailando con su esposa —no se sabe quién enseña a quien algunos pasos no muy complicados—, en las fotografías donde aparece cruzando rápidamente el estudio frente a la mirada de Douglas Duncan, el hombre que nunca planeó ser fotógrafo pero terminó no solo haciendo lo que entonces se llamaba un reportaje documental del genio del siglo XX, sino convirtiendo a la fotografía en su medio de expresión y de vida.

 

La premonición de Robert Capa

Picasso y Duncan estuvieron a punto de conocerse presentados por Robert Capa, otro grande a quien Duncan defendió, pero esa es otra historia, en la celebración de su aniversario número cien. Capa creía que se harían amigos, y se lo dijo a Duncan. Digo a punto porque, un día antes de que Capa condujera a Duncan al hogar de Picasso, Capa pisó una mina, durante una expedición con el ejército francés por una región boscosa, y murió casi inmediatamente. Era el 25 de mayo de 1954 y tuvieron que pasar dos años más para que Duncan buscase a Picasso. Fue Jacqueline quien contestó el teléfono y lo invitó a hacer una visita profesional. Entonces sucedió lo de la tina y, es de suponer, nació la amistad entre ambos. El artista obsequió al fotoperiodista un anillo con la inscripción Picasso–Duncan y quizá ese gesto, más el gracioso desplante, casi escenográfico de la bañera, pareció sellar la amistad que terminaría en1973, año del fallecimiento del longevo Picasso.

 

“Lo que se ve es real”

Nadie como Duncan para fotografiar la vida cotidiana de un ser que los extraños imaginaban de mil maneras. Al grado que el hijo, Claude Ruiz–Picasso, aseguró lo siguiente: ““Lo que se ve es real. Es verdad. Era todo sencillamente natural, su presencia también (la de Duncan). Ni se hacían preguntas ni había tabúes”. A casi seis décadas después del primer encuentro, Duncan grabaría un video, en abril de 2011, donde confirmaba lo ya dicho: que sí, que eso que ven los espectadores en esta exposición itinerante inaugurada en el Palacio de Bellas Artes el 11 de abril pasado, es real. Que así vivía Picasso, entre risas y goce y amigos y pinturas, dedicado durante horas a sus lienzos, pero también en convivencia estrecha con sus pequeños hijos y su mujer. En una de estas espléndidas imágenes vemos a una niña rellenita dar saltos con su hermano. Es Paloma, la famosísima Paloma Picasso, la que brinca sin hacer mayor caso del padre que les celebra el juego. Por cierto, las comisarias, o curadoras, fueron Stephanie Ansari y Tatyana Franck de Maud´huy.

 

Corea, Vietnam, Picasso

De aquella larga intimidad amistosa surgieron 25 mil fotografías, de las cuales, 280 se exhiben hasta el 20 de julio en Bellas Artes, acompañadas por diversas pinturas, esculturas, cerámicas, grabados, dibujos,  litografías y objetos realizados por Picasso entre 1956 y 1973. ¿Lo que más interesa a esta cronista? De momento, la obra de Duncan, un autor al que conocía más por sus reportajes de guerra (Corea y Vietnam). Cada pieza de Picasso es una experiencia, pero acompañadas por Duncan resultan un manjar desconocido. Las imágenes muestran la confianza depositada por Picasso y su familia en el fotógrafo, y significan porque abren puertas a la intimidad de un genio. Uno no se encuentra con el cliché del artista sufriente, sino con un hombre que transita alegremente sus últimos años con una familia joven, una de las cuatro que formó. Afirmaba Duncan que Picasso parecía un hombre normal, que la locura creadora estaba en sus ojos. Describir el fuego de su mirada sería cursi y poco imaginativo. Recomendar al lector que dedique varios minutos a la imagen en donde solo aparecen los ojos de Picasso, es indispensable.