Guadalajara, la ciudad que "ninguneó" a Octavio Paz

En el último medio siglo, el principal hombre de letras en México, ha sido ignorado tanto por autoridades culturales e iniciativa privada como por la UdeG.

Guadalajara

En materia de agravios y defenestraciones, siempre hay niveles: mientras la asiática Jerusalén mató a sus profetas y apedreó “a los enviados de Dios” (Mateo, 23), y la europea Florencia calumnió y persiguió a su mayor poeta para llegar a “la crueldad que destierra” (Divina Comedia, Paradiso, canto XV); la americana Guadalajara fue más benigna: sólo condenó a uno de sus nietos más ilustres al ninguneo, esa “operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno” (El laberinto de la soledad, página 48).

Esto quedará patente nuevamente el día de hoy, que se cumple el centenario del nacimiento del único Premio Nobel de Literatura mexicano, Octavio Paz, de ascendencia tapatía por la vía paterna: la ciudad que conoció e imaginó a través de los relatos de su abuelo Ireneo y de las nostalgias de sus tías abuelas, lo mantendrá en la indiferencia, mientras el resto del país explota en festejos ante el legado del escritor de Mixcoac, “heredero tapatío” al igual que otro eximio representante de las letras mexicanas, Alfonso Reyes.

Ambos llenan el siglo XX mexicano, pero eso pasó, para las élites de esta ciudad, casi de noche.

Si se piensa que ha sido mejor el trato de Jalisco a sus hijos directos (Rulfo, Arreola, Soriano, Murillo, Montenegro, Reyes Ferreira, Barragán, Rolón, Moncayo, Orozco o Azuela), la lectura detenida de sus biografías demuestra que se vieron obligados a migrar ante la falta de oportunidades académicas, los mecenazgos intermitentes, las reprobaciones moralistas, la estrechez provinciana y sobre todo, el amplio manto de la indiferencia.

Hoy se debe reconocer que este ninguneo se ha hecho más selectivo con la emergencia de un núcleo político abiertamente interesado en la cultura desde hace un cuarto de siglo, el denominado Grupo Universidad, que acaudilla Raúl Padilla López y tiene como eje la Universidad de Guadalajara. Si bien es real el esfuerzo por retener talentos propios y atraerlo de otras latitudes del país y del mundo, ese grupo jamás pudo resolver el llamado problema Octavio Paz, pues se ligó de forma cercana al grupo literario que encabezaba otro ilustre hoy muerto, el novelista Carlos Fuentes, que ya se había enemistado con el poeta tras la publicación, en la revista Vuelta, de “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, de Enrique Krauze.

“Compraron un pleito que no era de ellos […] todo nace del acercamiento al grupo de Fernando Benítez, al que le dan un honoris causa, en la FIL le crean un premio, el de periodismo cultural, en dos pistas, como homenaje a una figura y como competencia en ese genero; la figura más lucidora del grupo era Fuentes, y con Fuentes se termina comprando un pleito ajeno, y en la UdeG, donde teóricamente debe caber todo mundo y más porque maneja fondos públicos, toma un partido innecesario;  luego cometen errores, como el de la FIL 1990, cuando ya se sabía de la concesión del Nobel a Paz, y ni siquiera se le menciona; hay una especie de ninguneo tonto que tuvo consecuencias”, señala el cronista Juan José Doñán.

En 1991, nace la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz, en el antiguo colegio de los Jesuitas, ex templo de Santo Tomás y ex sede de correos, en el corazón de Guadalajara, un proyecto financiado con recursos federales en el marco de la Cumbre Iberoamericana de ese año. El escritor Fernando del Paso ha sido su director, y reconoce que la atribución del nombre en homenaje al poeta podría derivar de una “sugerencia” de quien era el presidente de la república en 1991, Carlos Salinas de Gortari, y no de los entonces  rector Padilla o gobernador Guillermo Cosío Vidaurri.

Lo que señala dubitativamente el autor de Noticias del imperio y de Palinuro de México –en un cuestionario que respondió por escrito, escuetamente, a MILENIO JALISCO- lo señala contundente Doñán. “Fue por decisión de Salinas, no podía ser de otra manera; había ganado el año anterior el Nobel, y esa biblioteca era un inmueble federal, que fue entregado a la UdeG pero se debía llamar Octavio Paz; yo ya vería si Raúl Padilla o Guillermo Cosío iban a decir que no a la decisión del presidente; aunque la relación de Víctor Flores Olea [director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes] y Paz aún era buena –no había ocurrido el desaguisado del Coloquio de inverno-, Paz no vino, incluso con la intervención del presidente a su favor […] él sentía como un agravio, pero tampoco hace un desaire: manda un texto, dice que estaba enfermo, y le pide a Flores Olea que lo lea […] ahí hablaba de su abuelo, de la biblioteca de su infancia, y eso lo leyó Flores Olea en la inauguración”.

De este modo, sólo hay el registro de una visita de Paz a la Universidad de Guadalajara, en noviembre de 1972 (ver texto anexo), y un par de invitaciones más del gobierno del estado, la última, en 1987 con motivo de la concesión del Premio Jalisco a su amigo el artista plástico Juan Soriano. Las universidades privadas no hicieron el menor esfuerzo por atraerlo.

El grupo UdeG buscó un acercamiento y un homenaje para el poeta, pero no se concretó. Del Paso señala que el escritor sólo fijó, en una ocasión, fecha, justo su cumpleaños –probablemente en 1995-, pero los cambios de gobierno y de rector lo dificultaron. Doñán asegura que le dio largas porque no se quiso dejar utilizar políticamente. En ese sentido abona la opinión del historiador Jacques Lafaye, hoy investigador del Colegio de Jalisco –quien publicó apenas el año pasado Octavio Paz en la deriva de la modernidad, en el Fondo de Cultura Económica-: la obsesión del Nobel con el tema del ninguneo, una actitud común del poder en México para con las disidencias.

“El ofrecimiento de Del Paso a Paz era no solo hacerle un homenaje, sino que en la sala de la biblioteca Iberoamericana hiciera una exposición Mari Jo Paz, pero aun con todo halló la forma cortés, como todo mexicano, de decir ‘no, estoy enfermo’; pero resulta que en la misma fecha que se daba la FIL, Paz recibía un reconocimiento en Nueva York, y estaba igual de enfermo, o de sano”, añade Doñán.

Lo cierto es que en la obra de Paz sobrevive su actitud sentimental por Guadalajara: “Mis abuelos paternos eran tapatíos de vieja cepa; en mi casa se hablaba con frecuencia de Guadalajara y entre los lugares que se mencionaban con mayor entusiasmo había uno que, literalmente, me encantaba: el Parque de Agua Azul. Lo soñé como un manantial de agua pura en el centro de una espesura verde de plantas y árboles paradisiacos. Agua Azul: al oír estas dos palabras yo pensaba en una agua celeste o en un cielo acuático” (Al paso, 1992).