El kibutz del deseo*

David Grossman, Amos Oz, A.B. Yehoshúa y Etgar Keret, son los protagonistas del libro Israel a cuatro voces de la periodista Silvia Cherem, volumen de entrevistas en las que los escritores ...

Ciudad de México

¿Cómo podemos conocer lo que sucede en una cultura que tiene una historia, una lengua y una mirada distinta a la nuestra? Mi maestro, el escritor Francisco Prieto, dice que hay tres formas principales para acercarse al conocimiento de otra sociedad: a través del estudio de su economía, de la forma en que utilizan sus recursos y creatividad para satisfacer sus necesidades; mediante la sociología, que analiza la estructura y funcionamiento de una sociedad; y mediante la literatura, que registra las voces secretas de otra cultura. En una novela se atrapan los sueños y pesadillas de otros pueblos, su sentido del color, de las texturas, su percepción del gusto y del asombro. En sus relatos, en los ritmos de su lenguaje, podemos sentir su respiración, su pulso vital más íntimo.

Por ello, un ejercicio como el que nos propone Silvia Cherem en su más reciente libro, permite realizar un viaje íntimo al corazón de la cultura israelí. Mediante entrevistas con cuatro de los escritores más destacados de la literatura de Israel —Amos Oz, A.B. Yehoshúa, David Grossman y Etgar Keret— nos asomamos a los rincones más secretos de una cultura milenaria que sigue explorando el laberinto de la identidad y la comunicación.

Esta capacidad de la literatura para tender puentes entre distintos pueblos fue subrayada por el novelista Amos Oz al recibir el Premio Príncipe de Asturias en 2007:

"Si adquieres un boleto y viajas a otro país, es posible que veas las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y los enclaves históricos. Si te sonríe la fortuna, quizá tengas la oportunidad de conversar con algunos habitantes del lugar. Luego volverás a casa cargado con un montón de fotografías y de postales.

"Pero, si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de otro país y de otro pueblo (...) Se te invita a entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños. Por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos."

De esta manera, subraya Amos Oz, la literatura nos da la capacidad de imaginar al prójimo, alimenta la curiosidad por el otro más allá de prejuicios y fanatismos. Esta es una constante en las voces de los escritores que entrevista Silvia: tienen una visión crítica y compleja de su sociedad. Están abiertos al encuentro de otros mundos. Son maestros del lenguaje. Están preocupados por las dimensiones éticas de su trabajo, por la exploración de los relatos que no están contados, por decir lo que no se puede decir, por ir más allá de las palabras que nos enajenan. Así, Silvia registra la voz de Keret: "La literatura ha sido el único espacio donde puedo ser yo mismo sin consecuencias, mi refugio de libertad donde no miento. La literatura ha sido y es mi confesionario". Por su parte, A.B. Yehoshúa ha señalado: "Como escritor, mi deber ético es desgarrar la envoltura plástica de color negro, para abrir el corazón hacia la muerte, el amor y la compasión".

Con la curiosidad a flor de piel y una acuciosa investigación, Silvia nos abre a las obras de estos creadores, las reseña, al tiempo que trata de adivinar la correspondencia que tienen con sus historias personales entreabiertas en las "entre–vistas", a pesar de que en una verdadera obra de arte hay algo irreductible, que se escapa a la biografía del autor. No obstante, el ejercicio es muy interesante, lleno de momentos de gran empatía que nos revelan al escritor que respira detrás de una novela.

Las cuatro voces, con distintas búsquedas, tonalidades y preocupaciones, tienen en común la presencia de una herida fundamental: en el caso de David Grossman palpita desde la infancia la sombra del Holocausto —que no vivió de manera directa— y el desencuentro y extrañeza entre su alma y su cuerpo adolescente; en el caso de Etgar Keret, se trata de una vida sitiada como hijo de sobrevivientes del Holocausto en el barrio violento de su infancia en Israel; en A. B. Yehoshúa, una inteligencia lastimada por la injusticia y las contradicciones que nos juntan y separan; en el caso de Amos Oz, late en su obra el sentimiento de ser forastero y el dolor de la traición —en diferentes ámbitos— que tiene su raíz en el suicidio de su madre cuando él tenía once años.

Precisamente, en el libro de ensayos titulado El silencio del cielo, en donde examina la obra en hebreo de Yosef Agnon (Premio Nobel de Literatura 1966), Amos Oz propone una hipótesis que en este caso se aplica a los escritores entrevistados: "Tal vez, podríamos aventurarnos a decir que el vuelo de la imaginación de un narrador es tan alto como la profundidad de su herida". Oz plantea que la vocación de todo auténtico escritor podría estar ligada a un profundo trauma experimentado durante la juventud o la niñez. Aunque no creo que esto sea un pre–requisito para la creación de literatura, ciertamente esta vena se puede identificar en varios escritores. Autores como Mario Vargas Llosa, suscriben una opinión similar a la de Oz. En una entrevista que sostuve con él me dijo:

"Yo creo que el origen de mi vocación es una cierta insatisfacción del mundo. Si alguien está satisfecho con el mundo en el que vive, en total sintonía con él, difícilmente sentirá la necesidad de inventar otros mundos, otras realidades.

"Las razones de esa insatisfacción pueden ser múltiples: una relación traumática con la autoridad ya sea política o paterna; una limitación para satisfacer necesidades, urgencias últimas que el medio en el que uno vive simplemente aplasta o rechaza. Las razones de la insatisfacción pueden ser infinitas, pero me parece que sin esa carencia inicial, difícilmente surge una vocación creativa."

En todo caso, la sensibilidad, inteligencia, imaginación y sentido del humor que se ponen en juego se vuelven reveladores de secretos de la condición humana, de niveles de intimidad que parecían incomunicables. Dice David Grossman: "La primera motivación que lo convierte a uno en escritor es la necesidad de nombrar las cosas y los sucesos con los nombres privados que tenemos reservados para ellos, contar historias con las huellas digitales de nuestro mundo interior".

Lo interesante es que, al hacer una arqueología literaria de estas emociones resulta que las capas más profundas (más allá de las escenografías culturales y temporales) se descubren comunes. Llegamos a lo que Julio Cortázar denominaba el kibutz del deseo. Se trata de la comunión de la inteligencia, de la gracia y el asombro que nos rebasa. La literatura nos revela que somos una soledad acompañada. Entroncamos en lo universal.

Hace varios años leí la noticia de que Juan Rulfo había sido traducido al chino. Me intrigó saber cuál sería la opinión de los lectores de una cultura tan diferente, sobre los cuentos de El Llano en llamas. Se resumía en unas palabras: "¡Pero claro, Rulfo es chino!".

Creo que lo mismo encontraremos al asomarnos a las cuatro voces de Israel recogidas en este gran trabajo de Silvia Cherem. Podremos pulsar cuatro hilos básicos del tejido de la cultura israelí que tal vez nos harán decir: "Pero claro, estas cuatro voces son mexicanas, forman parte de nuestras pesadillas, de nuestros sueños y esperanzas, son parte del laberinto de nuestra identidad".

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*Prólogo del libro Israel a cuatro voces. Conversaciones con David Grossman, Amos Oz, A.B. Yehoshúa y Etgar Keret. Silvia Cherem S. Khalida Editores, 2013.