Grandeza de vida

Los últimos días del portentoso escritor checo Franz Kafka (1883-1924) son ahora novelados en "La grandeza de la vida", de Michael Kumpfmüller, en traducción de Belén Santana.
Michael Kumpfmüller, "La grandeza de la vida", Tusquets, México, 2015, 268 pp.
Michael Kumpfmüller, "La grandeza de la vida", Tusquets, México, 2015, 268 pp. (Especial)

México

Fue Ruzenka, la pequeña y jorobada florista que su hermana Ottla capacitó como asistente familiar, quien hacia 1917 se lo advirtió: “¡Herr doktor, usted no durará mucho tiempo!”. Tenía treinta y cuatro años y, sí, no duró mucho, puesto que a mediados de 1924, siete después, la tuberculosis declarada terminó por fulminarlo.

“Hace unas tres semanas —le diría a Ottla— tuve una hemorragia pulmonar durante la noche. Me desperté intrigado porque tenía una gran cantidad de saliva en la boca, la escupí, pero cuando encendí la luz, vi, extrañamente, una mancha de sangre”.

Los últimos días del portentoso escritor checo Franz Kafka (1883-1924) son ahora novelados en La grandeza de la vida, de Michael Kumpfmüller, en traducción de Belén Santana. Escenas, hondamente humanas, acontecidas en el triángulo Müritz-Berlín-Viena, y signadas por el acercamiento sentimental —prontamente el último, después de Felice, después de Milena— entre Kafka y la joven Dora Diamant (1898-1952).

En reconstrucción detallada, llena de ecos y voces del mismo Kafka y el círculo de sus más cercanos, la novela exalta las sensibilidades de un hombre que, a las alturas de su mal, no deja de echarse en cara, “desde hace años y sin ningún resultado”, su falta de resolución. De una mujer que, haciendo a un lado la interrogante “¿se puede creer en los besos?”, ha conocido a “un hombre que le da toda la libertad imaginable”.

La grandeza de la vida, lo sabemos desde su inicio, es una novela de la apología de un destino (“si hace años no se me hubiera declarado la tuberculosis, tal vez me habría casado y ahora no estaría en Berlín contigo. Entonces, ¿te parece bien que tenga tuberculosis o mejor no?”). Pero también es una novela donde sus tamaños y virtudes crecen, que nos entrega los rompecabezas de vida de ese Kafka que cuando escribía se volvía “insoportable” y de un hada buena, “casi como en los cuentos”. Vidas que habrían de anudarse.

Caminando “una época equivocada”, donde la bancarrota intelectual, las carencias y el antisemitismo se multiplican, Kafka y
Dora llegarán al sitio final, “con todo el dolor del corazón y un minúsculo atisbo de esperanza”, con la certeza de que “la salvación viene siempre de uno mismo”.

Muerto Kafka, Dora llora: “Ya no lo reconoce”. Llora otra vez “cuando cierran el ataúd y se lo llevan para siempre de su lado”. Kafka volverá a su “maldita”, “odiada” Praga.

Vidas como la de Kafka, de grandeza irrefutable, recuerda aquella sentencia de Goethe, constantemente citada por el escritor mexicano José Revueltas: solo es digno de la vida libre aquél que pasa sus días en lucha desigual.