Gran tecnología que se olvida

Hasta el punto medio vemos una historia de cine-verdad a lo Jean Rouch, en el que hay que verlo todo; las elipsis no existen porque lo importante es la realidad.
Del cine-verdad al "thriller".
Del cine-verdad al "thriller". (Especial)

México

Una banda de jóvenes alemanes que conoce la parte más emocionante de Berlín, la calle nocturna, se topa a la entrada de un antro con Victoria, una joven española; ahí inicia una entrañable amistad que poco a poco, a lo largo de sus aventuras —roban cervezas y cacahuates, suben a la azotea de un edificio para fumar mota y platican que Bóxer estuvo en la cárcel porque mató a un hombre— se convierte en una historia de amor que se agarra de la mano con el thriller.

Hasta el punto medio vemos una historia de cine-verdad a lo Jean Rouch, en el que hay que verlo todo; las elipsis no existen porque lo importante es la realidad —asunto que nos involucra por el excelente manejo de cámara y el movimiento de los actores dentro del cuadro.

En la madrugada, después de los avatares de la juerga, Sonne acompaña a Victoria a la cafetería donde trabaja, que está a punto de abrir; se despiden varias veces pero no logran separarse —esta idea no es improvisación, es trabajo de planeación—; Victoria le ofrece una taza de cacao y Sonne acepta para descubrir que hay un piano. Entonces ella muestra que es una virtuosa y nos deleita con una composición que denomina “El baile de Mefisto” —metáfora en la que se vislumbra la danza macabra que van a bailar los personajes.

Pero Victoria está molesta porque en Madrid no le reconocieron su talento y, con toda su frustración que le hace escurrir lágrimas, decidió salirse de España para recluirse en Berlín y trabajar en un café.

Su idilio —percibimos su enamoramiento— se interrumpe cuando Bóxer y los otros llegan en estado de excitación, pues están obligados a involucrarse en una aventura peligrosa.

A partir de este momento, la película deja de ser cine-verdad —funcionó para  atraparnos por el deschavetado comportamiento de los jóvenes— para convertirse en un vertiginoso thriller que nos mantiene atentos a los acontecimientos. El soberbio plano secuencia, totalmente plausible, pierde interés porque nos preocupa lo que va a sucederles a los personajes.

Un plano secuencia de esta magnitud exige que los actores conozcan muy bien a su personaje, que el director explique lo que quiere de cada uno de ellos y se requiere de un arduo trabajo previo, días enteros de ensayo con el fotógrafo, camarógrafo y asistentes; si hay momentos en que el diálogo se improvisa, es lógico, porque no altera las características dramáticas de la historia ni del personaje.

Si nos metemos en el drama, toda la tecnología, afortunadamente, se olvida.

 

Victoria” (Alemania, 2015), dirigida por Sebastian Schipper, con Laia Costa y Frederick Lau.