¿El Graceland de Miles Davis?

En una entrevista, el trompetista declaraba que no pensaba en la muerte. "No creo que la gente muera. Cuando llegue el momento no creo que moriré realmente.
Caballero de la Legión de Honor, 1991.
Caballero de la Legión de Honor, 1991. (Remy De La Mauviniere/AP)

México

En una entrevista, el trompetista Miles Davis declaraba que no pensaba en la muerte. "No creo que la gente muera. Cuando llegue el momento no creo que moriré realmente. El espíritu andará por allí todavía". Podríamos decir que antier su espíritu se paseó por Upper West Side de Nueva York, cuando se bautizó un tramo de la Calle 77 como Vía Miles Davis.

"Es un honor para mi tío", dijo en la ceremonia su sobrino Vince Wilburn Jr., para luego asegurar que es lo equivalente a lo que "Graceland es para Elvis. Aquí es donde se ensayaban piezas de música seminal. El quinteto estaba aquí" (en referencia al grupo que grabó el célebre disco Kind of Blue).

Una agencia de noticias indicó que a su departamento acudían músicos como Herbie Hancock, Dizzy Gillespie y Tony Williams, mientras que otro aseguró que en su barrio "disfrutó de la tradición de la ciudad de Nueva York de vagabundear en las escaleras de entrada, saludando a quienes pasaban por ahí o platicando con los vecinos". Shirley Zafirau, quien encabezó la iniciativa, declaró que "interactuaba con la comunidad en la calle".

Si ese era su lado luminoso, también existía el lado oscuro. Ahí sobrevivió un espeluznante periodo de reclusión, cuando se retiró de la música en 1975, aquejado por severas enfermedades y fuertes adicciones. Como escribe en su autobiografía: "Estaba fuera de la música, tomaba mucha cocaína (en cierto momento como 500 dólares al día) y me cogía a todas las mujeres que podía en mi casa. También era adicto a las píldoras, como Percodan y Seconal, y tomaba mucho".

Esa era su vida personal, detrás de las paredes de su departamento. Sin embargo, hubo algunos incidentes por el barrio, como cuando circulaba en su Ferrari por la Avenida West End y, pensando que un policía lo buscaba por drogas —cuando solo lo había saludado—, dejó el auto con las llaves puestas para correr a esconderse durante siete horas. O al toparse con una mujer blanca en el elevador, pensando que seguía en su Ferrari, le gritó: "¿Puta, qué haces en mi pinche coche?", para luego abofetearla.

Si salía a la calle a caminar era en un estado entre paranoico y en trance, lo que dista mucho de la imagen que refieren, ahora, sus vecinos —es conocido por su desdén por los extraños que se atrevían a saludarlo—. Pero en este acto público ha privado el reconocimiento a su genio musical, lo que más vale, lo que no se ha perdido. Y ahora que se aproxima la realización de su biografía fílmica, hay expectativas sobre cuáles tópicos abordará el director.