El último en hablar

Semáforo.
Semáforo
Semáforo (Charles Francois Jalabert)

Ciudad de México

Goethe le dice aEckermann (28 de marzo, 1827): “Eso es precisamente lo que hace de Sófocles unmaestro y en lo que, en general, reside la vitalidad del género dramático.Todos sus personajes poseen tal elocuencia y saben presentar los motivos de suacción con tal poder de convicción, que el espectador casi siempre está departe de quien ha hablado en último lugar”. Ese es el gran poder de un grandramaturgo. Goethe habla del pleito entre el tirano Creonte (que representa larazón política) y la joven Antígona (defensora de la compasión y la obedienciaa la ley eterna). ¿Qué valor podría tener un diálogo entre un personaje enormey un patiño que solo fuera un facilitador? El elogio de Goethe vale en general:nada peor que un antagonismo entre una persona brillante y un interlocutordespreciable. Lo justo: que Creonte, aunque tirano, tenga no solo voz sinorazones poderosas; de otro modo, Antígona no hubiera sido sino una niñacaprichosa, movida por una justicia que no puede nombrar, antecesora de#yosoy132, o los occupy... Y ¿quépasa cuando el poder de la ciudad no está en manos capaces, si sustituimos aCreonte por cualquier panda de imbéciles? Que Antígona nunca llegaría a unargumento, ninguna idea, nada: un puro berrinche. Y eso sucede con unadescomunal cantidad de jóvenes, metidos a la cosa pública, contra unasdemocracias que hallan tiranas y donde ya no intuyen siquiera larepresentación. Quizás la representación política haya sido un mecanismoverosímil hasta antes de la revolución tecnológica, cuando era necesario contarcon un portavoz para cada grupo, pero se estropeó en cuanto la tecnología dotóde voz pública a cada individuo.

Las democracias hanalcanzado una cobertura territorial muy por encima de su arraigo cultural. Y,sobre todo, los creontes del mundo han perdido su capacidad primera: el habla,la capacidad de argüir, la inteligencia en su discurso. Los jóvenes de larebeldía tienen razón. Pero no tienen nada que decir.

Quieren representarAntígona y enfrentarse a las razones de un estado injusto, pero se hallan conuna clase política que no solo no es su enemiga sino que necesita nutrirse deellos, asimilarlos. Pero ambas partes —o las tres: ciudad, gobernante yciudadano— se hallan con una lengua a la que ya no saben ni escuchar niarticular. El habla pública de las clases políticas —y me refiero apenas a suforma forense, para no meterme con la abominación de las formalidadesjurídicas— se ha vuelto a la vez pomposa y torpe, hipócrita y cursi, en buscade una coloquialidad dos veces falsa. Sus adversarios, los que irrumpen en elforo movidos por una justicia que no saben invocar, sueltan consignas tomadasdel 68, las despojan de imaginación, profieren tuits y blogs delatores deagrafia. Se quedan en gesto y mueca; señalan cosas con los dedos sin sabernombrarlas. Son como pollos para el corral de algún coyote que advendríavestido de justiciero, lleno de rencor y vacío de inteligencia; son pasto parael astuto, no para la inteligencia.


Goethe le dice aEckermann (28 de marzo, 1827): “Eso es precisamente lo que hace de Sófocles unmaestro y en lo que, en general, reside la vitalidad del género dramático.Todos sus personajes poseen tal elocuencia y saben presentar los motivos de suacción con tal poder de convicción, que el espectador casi siempre está departe de quien ha hablado en último lugar”. Ese es el gran poder de un grandramaturgo. Goethe habla del pleito entre el tirano Creonte (que representa larazón política) y la joven Antígona (defensora de la compasión y la obedienciaa la ley eterna). ¿Qué valor podría tener un diálogo entre un personaje enormey un patiño que solo fuera un facilitador? El elogio de Goethe vale en general:nada peor que un antagonismo entre una persona brillante y un interlocutordespreciable. Lo justo: que Creonte, aunque tirano, tenga no solo voz sinorazones poderosas; de otro modo, Antígona no hubiera sido sino una niñacaprichosa, movida por una justicia que no puede nombrar, antecesora de#yosoy132, o los occupy... Y ¿quépasa cuando el poder de la ciudad no está en manos capaces, si sustituimos aCreonte por cualquier panda de imbéciles? Que Antígona nunca llegaría a unargumento, ninguna idea, nada: un puro berrinche. Y eso sucede con unadescomunal cantidad de jóvenes, metidos a la cosa pública, contra unasdemocracias que hallan tiranas y donde ya no intuyen siquiera larepresentación. Quizás la representación política haya sido un mecanismoverosímil hasta antes de la revolución tecnológica, cuando era necesario contarcon un portavoz para cada grupo, pero se estropeó en cuanto la tecnología dotóde voz pública a cada individuo.

Las democracias hanalcanzado una cobertura territorial muy por encima de su arraigo cultural. Y,sobre todo, los creontes del mundo han perdido su capacidad primera: el habla,la capacidad de argüir, la inteligencia en su discurso. Los jóvenes de larebeldía tienen razón. Pero no tienen nada que decir.

Quieren representarAntígona y enfrentarse a las razones de un estado injusto, pero se hallan conuna clase política que no solo no es su enemiga sino que necesita nutrirse deellos, asimilarlos. Pero ambas partes —o las tres: ciudad, gobernante yciudadano— se hallan con una lengua a la que ya no saben ni escuchar niarticular. El habla pública de las clases políticas —y me refiero apenas a suforma forense, para no meterme con la abominación de las formalidadesjurídicas— se ha vuelto a la vez pomposa y torpe, hipócrita y cursi, en buscade una coloquialidad dos veces falsa. Sus adversarios, los que irrumpen en elforo movidos por una justicia que no saben invocar, sueltan consignas tomadasdel 68, las despojan de imaginación, profieren tuits y blogs delatores deagrafia. Se quedan en gesto y mueca; señalan cosas con los dedos sin sabernombrarlas. Son como pollos para el corral de algún coyote que advendríavestido de justiciero, lleno de rencor y vacío de inteligencia; son pasto parael astuto, no para la inteligencia.

Goethe le dice aEckermann (28 de marzo, 1827): “Eso es precisamente lo que hace de Sófocles unmaestro y en lo que, en general, reside la vitalidad del género dramático.Todos sus personajes poseen tal elocuencia y saben presentar los motivos de suacción con tal poder de convicción, que el espectador casi siempre está departe de quien ha hablado en último lugar”. Ese es el gran poder de un grandramaturgo. Goethe habla del pleito entre el tirano Creonte (que representa larazón política) y la joven Antígona (defensora de la compasión y la obedienciaa la ley eterna). ¿Qué valor podría tener un diálogo entre un personaje enormey un patiño que solo fuera un facilitador? El elogio de Goethe vale en general:nada peor que un antagonismo entre una persona brillante y un interlocutordespreciable. Lo justo: que Creonte, aunque tirano, tenga no solo voz sinorazones poderosas; de otro modo, Antígona no hubiera sido sino una niñacaprichosa, movida por una justicia que no puede nombrar, antecesora de#yosoy132, o los occupy... Y ¿quépasa cuando el poder de la ciudad no está en manos capaces, si sustituimos aCreonte por cualquier panda de imbéciles? Que Antígona nunca llegaría a unargumento, ninguna idea, nada: un puro berrinche. Y eso sucede con unadescomunal cantidad de jóvenes, metidos a la cosa pública, contra unasdemocracias que hallan tiranas y donde ya no intuyen siquiera larepresentación. Quizás la representación política haya sido un mecanismoverosímil hasta antes de la revolución tecnológica, cuando era necesario contarcon un portavoz para cada grupo, pero se estropeó en cuanto la tecnología dotóde voz pública a cada individuo.

Las democracias hanalcanzado una cobertura territorial muy por encima de su arraigo cultural. Y,sobre todo, los creontes del mundo han perdido su capacidad primera: el habla,la capacidad de argüir, la inteligencia en su discurso. Los jóvenes de larebeldía tienen razón. Pero no tienen nada que decir.

Quieren representarAntígona y enfrentarse a las razones de un estado injusto, pero se hallan conuna clase política que no solo no es su enemiga sino que necesita nutrirse deellos, asimilarlos. Pero ambas partes —o las tres: ciudad, gobernante yciudadano— se hallan con una lengua a la que ya no saben ni escuchar niarticular. El habla pública de las clases políticas —y me refiero apenas a suforma forense, para no meterme con la abominación de las formalidadesjurídicas— se ha vuelto a la vez pomposa y torpe, hipócrita y cursi, en buscade una coloquialidad dos veces falsa. Sus adversarios, los que irrumpen en elforo movidos por una justicia que no saben invocar, sueltan consignas tomadasdel 68, las despojan de imaginación, profieren tuits y blogs delatores deagrafia. Se quedan en gesto y mueca; señalan cosas con los dedos sin sabernombrarlas. Son como pollos para el corral de algún coyote que advendríavestido de justiciero, lleno de rencor y vacío de inteligencia; son pasto parael astuto, no para la inteligencia.