Perdura y es bonito

El poeta Gerardo Deniz cumplió ochenta años, pero su poesía tiene el impudor, la carga hormonal y la provocación de un adolescente.
Gerardo Deniz
Gerardo Deniz (Especial)

Ciudad de México

El poeta ha cumplido ochenta años, pero su poesía tiene el impudor, la carga hormonal y la provocación de un adolescente. El cuerpo inevitablemente envejece, la precoz maestría y subversión del poeta, en cambio, se niegan a dejarse domesticar y a volverse canónicas. Si alguien se acerca a las páginas de esa genial invención literaria denominada Gerardo Deniz descubrirá que, en todas sus etapas, ha sido el vehículo de una escritura desconcertante y reveladora, que ha despabilado a varias generaciones. Pese al culto furtivo de que es objeto, esa escritura socarrona de sí misma se empeña en resistirse a conformar una obra definible e imitable. Y si bien, por alguna anticuada manía clasificatoria, se ha llegado a dividir la obra de Deniz en los estancos convencionales, el lector verá saltar de entre sus abundantes poemas y su puñado de relatos y prosas, entes extraños y simpáticos, productos de las más diversas cruzas entre géneros y lenguajes.  

¿Qué ofrece la lozana poesía de este nuevo octogenario? Neologismos y reliquias del idioma, jergas recónditas y especializadas al lado de albures y frases de doble sentido, un larguísimo e interminable canto al deseo, una exigencia erudita que, sin embargo, rezuma humor y picardía. Con una curiosidad poética a la Pound y una curiosidad científica a lo Valéry, Deniz crea un universo verbal, gobernado por sus propios ritmos y climas, donde el lenguaje es protagonista de trances y desenlaces inesperados. En esta peculiar poesía de la experiencia, llena de palabras y, al mismo tiempo, de vida, sobresale la especie femenina: visiones augurales de muchachas, Venus que emergen de la espuma, mujeres pujantes en el lecho, flacas hacendosas en sus artes amatorias. Sus atmósferas y personajes más entrañables parecen escaparse de una novelita de amor y seducciones gozosas y su galante poesía transita de la emulación de los trovadores a la germanía del Siglo de Oro y a la sicalíptica dieciochesca. La obra poética de Deniz se puede adscribir a diversas genealogías poéticas, aunque, ya se ha dicho, las influencias más profundas no son librescas, sino científicas, musicales y, ¿por qué no?, genitales. La palabra en Deniz es una materia para experimentar asociaciones sonoras y mentales que a ratos escapan a cualquier linealidad e intencionalidad y que, sin embargo, pueden ser seductoramente poéticas y narrativas. Ciencia pura y ciencia ficción, melodrama amoroso, deseo en seco, y mucha e inteligente mala leche contra las ideologías surcan los textos de este creador escéptico. Es fácil, pese a su exigencia, hermanarse con esta escritura: cada texto es un desafío intelectual, un acertijo que conmina a hurgar diccionarios, pero es, sobre todo, un guiño de complicidad. Porque curiosamente, esta poesía hermética y escéptica oculta una forma auténtica y profunda de vitalismo. Aglutinador de palabras y de historias, inventor de lenguajes y personajes híbridos, en Deniz opera más que la noción de obra, la de juego. El poeta incursiona como pocos en la materialidad y en la espiritualidad del lenguaje, ironiza y agota sus significados, pero no intenta crear otros significados más perdurables y más puros, sino acaso simplemente retozar, solazarse, esparcirse, celebrar el vocablo y el instante, “alabar lo que no dura pero es bonito”.