En los 80 años de Gerardo Deniz

Los 80 años del poeta Gerardo Deniz se cumplen en este mes.
Gerardo Deniz
Gerardo Deniz (Especial)

Ciudad de México

Para celebrar los 80 años del poeta Gerardo Deniz que se cumplen en agosto de 2014, podría referirme a los más diversos asuntos, quizá todos interesantes y oportunos, como comentar los materiales que han aparecido a propósito precisamente de ese aniversario, empezando por el poema inédito que publica la revista Letras Libres, llamado “Murgas”, sobre cómo hiere la música cuando nos toma desprevenidos y sensibles, y que lo mismo puede ser una antigua tonada popular, como aquella que dice “Marinerito arría la vela, que está la noche tranquila y serena”, que una pieza dramática de Scriabin, poema que se acompaña de un espléndido artículo de Aurelio Asiain, uno de los genuinos primeros denicianos.

O la discusión que publica Tierra Adentro entre tres jóvenes escritores sobre un poema de su libro de 1978, Gatuperio, seguida de una inteligente nota sobre la faceta de Juan Almela como traductor de algunos autores esenciales, entre ellos Georges Dumézil; o la entrevista que incluye la Gaceta del Fondo de Cultura Económica, en la que nuestro poeta recuerda detalles significativos y curiosos sobre las dos etapas en que trabajó para esa casa editorial, como aquel extravagante funcionario que dividía los libros entre los dedicados a la administración de empresas y todos los demás, los de historia o de literatura o de ciencias, a los que se refería como “libros para exquisitos”, o las amistades que hizo entre la revisión de traducciones y galeras, por ejemplo con Alí Chumacero por los días caricaturescos en que el viejo poeta de Nayarit fue expulsado de la editorial por sus supuestas ideas comunistas, o la amistad que hizo con el pequeño ratón que asomaba en su cubículo en aquella sede del Fondo que estaba en la calle de Parroquia, cuando hacia el oriente no había más que basureros y basureros y las oficinas de la editorial estaban plagadas de moscas.

O referirme al fenómeno de la enorme cantidad de jóvenes que sobrepasa con mucho el número de lectores de las generaciones anteriores para quienes Deniz era sobre todo un autor para iniciados, la enorme cantidad de nuevos escritores que lo leen con entusiasmo legítimo y para quienes el gran poeta, reacio siempre a todas las militancias, ha resultado una suerte de bandera sugestiva y poderosa, aunque el asunto provoque entre algunos entusiastas de la primera hora una reacción crítica del tamaño de la perplejidad que provoca en el mismo Almela.

O podría dar cuenta de algunos proyectos que están en proceso de llevarse a la realidad, como la transcripción de las 60 o 70 horas de audio en las que Almela habla de todo lo humano y lo divino, echa luz sobre los rincones más recónditos de su vida y de su obra, que fueron recogidas en interminables conversaciones de los miércoles de tres largos años entre 2009 y 2012, y que tarde o temprano, ordenadas por temas o por fechas y acompañadas de un gran índice onomástico, podrían aparecer en forma de libro, un libro en el que quede constancia de la manera originalísima que tiene el poeta de expresarse también coloquialmente.

O el volumen de poemas de vejez, el primero en casi diez años de silencio, que reúne las composiciones que Almela ha escrito un poco a ciegas, con letra dubitativa y temblorosa en cuadernos de diversos tamaños, y de los que ha dado ya a conocer un puñado en algunas publicaciones periódicas, como el emotivo “Patria”, en el que intercala el relato de su única visita a España en más de 70 años con algunos pasajes de su vida amorosa, o el peculiarísimo “Mosca”, en el que cuenta las peripecias de una mosca que sobrevuela la Ciudad Universitaria y el Pedregal de San Ángel, libro que ya tiene título, uno por cierto especialmente atinado y acorde con el resto de su obra, tan llena de títulos felices, y que bien podría ver la luz este mismo año.

O el proyecto de reunir su prosa completa, para el que el poeta ya está en charlas con el Fondo de Cultura Económica, un libro que sería la pareja necesaria de su monumental Erdera, su poesía casi completa editada por esa misma institución en 2005, un tomo generoso que también ya tiene título.

O el de hacer la segunda edición de Visitas guiadas, ese volumen inusitado que apareció en el año 2000 y que desde muy pronto fue inconseguible, en el que el poeta ofrece, como le gusta decir a él, los ingredientes de 36 de sus poemas preferidos, un ejercicio que puso en práctica por primera vez al poco tiempo de aparecer su primer libro con el objetivo de demostrar, siempre según sus propias palabras, que todo lo que incluyen está justificado y es necesario, proyecto de edición que al parecer la Dirección General de Publicaciones de Conaculta ha visto con buenos ojos y que podría cristalizar a principios del año próximo.

O hacer un recuento de los materiales que a lo largo del último lustro he publicado yo mismo en mi página en la red, y que son producto de la cercanía y el asombro constantes, 16 entregas de Siglo en la brisa en las que ha aparecido de todo, entrevistas y poemas, manuscritos y fotografías, dibujos de infancia y cartones de madurez, apuntes de lectura y jeroglíficos anotados, un programa de radio y hasta una conversación pública con estudiantes, material que se mantiene en línea y que en los últimos días he ordenado en un solo post que funciona como índice de consulta fácil e inmediata.

Y sin embargo nada de eso me satisface ni me resulta suficiente o apropiado, y me parece más bien que debería de dedicar el espacio que me queda a celebrar al entrañable amigo al que he tenido la enorme fortuna de tratar de cerca de manera ininterrumpida durante los últimos 25 años, hombre genuino donde los haya, erudito, el más colosal del que tengo noticia y sin duda el más memorioso de los mortales.

Al que veo echado en su sillón en medio de la estepa de la sala como un gran mamífero rumiante, dedicado interminablemente a hacer la rumia prolija y silenciosa de su propio pasado, o el repaso por los conocimientos más inabarcables de las ciencias y las lenguas y la música; que lleva en la cabeza una biblioteca anotada a detalle que nunca deja de sorprenderme, como cuando le consulto cualquier cosa, ahora que sé que ya no puede ver, que no es capaz de leer una línea, ni con lupa y al sol como al menos pudo hacer hasta hace poco, y le hablo de la extraordinaria fascinación de mi gata por el agua, por poner un caso de los últimos días, y a la mañana siguiente me pone al tanto de las costumbres acuáticas de los gatos del lago Van de la Anatolia oriental, en Turquía, con una precisión que parece sacada de una monografía especializada, y que no pudo consultar si no fue en la prodigiosa biblioteca que lleva en la cabeza.

Para celebrar al crítico de las instituciones y los prestigios ganados con la hipocresía y abonados con la estupidez que está en el aire, y que contrasta con la ternura que también hay en él para describir las costumbres de los pingüinos o de las jirafas o de las garrapatas, el crítico al que casi nunca he oído expresarse sin alguna nota de humor, y en el que hasta la amargura tiene un brillo de lucidez que le da sentido, porque una enorme cantidad de las muchísimas horas que hemos pasado juntos, ya sea comiendo en un chino, o en un yucateco, en un árabe, o trabajando sobre algún ensayo o una entrevista, o bebiendo largamente en su estudio del Eje 6, o en su departamento de la calle de Torreón, hemos reído a mandíbula batiente.

Pero sobre todo, como es natural, para celebrar al poeta, al grandísimo poeta, al hombre de palabras y de mundos singulares, al poderoso dueño de las palabras, por lo que renuncio a decir nada de lo que pensé primero y decido simplemente unirme al reconocimiento que por sus 80 años estos días le brindan las instituciones culturales, y que viene a sumarse al Premio Villaurrutia que le fue concedido en 1991, y al Nacional de Aguascalientes, en 2008.

Y alzo mi copa para saludarte, en fin, poeta, para celebrar tu generosa vida y tu literatura plagada de portentos, y hago por un instante mía la sonrisa invariable con la que asomas a la existencia que nunca acabará de tu magnífica obra, y acompañado de tus amigos y tus lectores alzo mi copa y te digo ¡salud!