De las semejanzas entre la sastrería y el periodismo

Con Los hijos, que en estos días aparece en traducción al español, el escritor neoyorkino Gay Talese aborda la genealogía de su propia familia, inmigrantes italianos que pisaron América cuando ...
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(Cortesía)

Ciudad de México

Reseña

Desde que era niño, Gay Talese ha sabido que es muy diferente a los otros. En su forma de ver las cosas y de relacionarse con los demás. En los temas de los que se ocupa y desde el ángulo en el que lo hace. Incluso, en su forma de vestir. Cerca de la costa de Ocean City, un pueblo pesquero de Nueva Jersey donde nació en el invierno de 1932, vivía con su familia en una pequeña casa de fachada blanca. Con frecuencia se despertaba con el rugido de las olas y pasaba los días desbordado de curiosidad dando paseos por las calles y sobrellevando la vida estudiantil marcada por sus calificaciones mediocres. Pero, sobre todo, Gay Talese se sentía un outsider. “Me veía como un forastero, un extranjero, un vagabundo que, al igual que los marineros del naufragio, había llegado allí por accidente. Me sentía distinto de mis amigos en casi todo: diferente en el corte de la ropa, la comida que llevaba en la fiambrera, la música que oía en el tocadiscos de mi casa, las ideas y los pensamientos más íntimos que revelaba en aquellas raras ocasiones en que me mostraba abierto y sincero”, recuerda. “Ni siquiera me sentía emparentado con mis progenitores, sobre todo con mi padre, que ciertamente era un extranjero: un hombre singular en su actitud y su manera de vestir, al que no me parecía nada y con el que nunca me pude identificar”.

Uno de los fundadores más célebres del Nuevo Periodismo evoca estas sensaciones, entre muchas otras, en Los hijos, un libro de casi 800 páginas publicado en 1992 en Estados Unidos y traducido ahora al español por Alfaguara. Se trata de una obra que podría considerarse el antecedente de Vida de un escritor, su biografía intelectual. En Los hijos, se ocupa de hacer un exhaustivo recorrido histórico y psicológico por sus raíces familiares (italianos que llegaron a Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX). Tras diez años de investigación y escritura, el periodista que vive en una elegante casa de cinco pisos en el Upper East Side de Nueva York, ha logrado escribir sobre su familia como si no se tratara de la suya. Y, sobre todo, lo ha hecho manteniendo en todo momento la tensión narrativa gracias a una mezcla de lazos de sangre, amores, desencuentros, tensiones políticas y sociales y una combinación de pasado y futuro. 

“Este libro, comenzado en 1981, tardó diez años en completarse. Al menos la mitad del tiempo la dediqué a la investigación, a entrevistar a gente en Europa y Estados Unidos; a leer sobre la inmigración italiana y sobre los gobernantes de los que huían los emigrantes; y el resto del tiempo lo dediqué a intentar plasmar en el papel el clan pintoresco y mitificado, pero pragmático, de personajes espirituales y oportunistas que pueblan mi ascendencia italiana”, explica él mismo al final de la obra en la que, además, reconoce una excepción en su metodología de trabajo: “No obstante mis esfuerzos por mantener mi propio libro dentro de los límites de la ‘no ficción’ —es decir, que todos los datos fueran verificables—, no cumplen los estrictos criterios que he seguido siempre en mis volúmenes anteriores. Por primera vez en mi vida como escritor de no ficción, en este libro he alterado algunos de los nombres de las personas. Estos cambios no afectan a ninguno de los personajes principales, entre ellos los miembros de mi familia, sino que deliberadamente he falseado los nombres de algunos personajes secundarios, bien para evitar una vergüenza y un dolor innecesarios a sus supervivientes o por razones legales”.

Como los Compson de Faulkner y los Buendía de García Márquez, los Talese de Talese (Domenico, el bisabuelo, próspero e influyente; Ippolita, la bisabuela, mujer adelantada a su tiempo, poco religiosa, más bien laica; Gaetano Talese, el abuelo trabajador y esperanzado en el sueño americano; Joseph Talese, el padre ausente, sastre esbelto y elegante; y Catherine, la madre, gran conversadora con los clientes de la sastrería, para quien la pulcritud del aspecto era muy importante) aparecen uno detrás de otro trazando lo que podría ser una historia general de las familias: “Todas las familias tienen sus altibajos, y a veces una familia pasa de la miseria a la riqueza y de la riqueza a la miseria en tres o cuatro generaciones, y el proceso vuelve a empezar. Todo depende de cuánta energía le quede. Al principio, la energía de una familia surge de la miseria. Y esta miseria a menudo impulsa a un miembro de la familia a ir en busca de una vida mejor; y a veces allana el camino para que los demás miembros lo sigan. Entonces tienes una familia en ascenso, laboriosa y motivada. Y al cabo de una generación esa laboriosidad puede producir riqueza. Y con la riqueza llega la posición social, incluso la nobleza. Y con la nobleza llega el orgullo, y a menudo la arrogancia. La arrogancia suele ser un elemento que conduce al declive, y con el tiempo vuelven a la miseria. Y el proceso continúa”.

Los Talese se convirtieron en italo–americanos el día en que salieron del sur de Italia a bordo de un barco y llegaron a la costa atlántica de Estados Unidos en busca de un futuro mejor. Pero, como suele ocurrir en los procesos migratorios, no se desprendieron completamente de su cultura europea y tardaron en abrazar la estadunidense. La tradición del sur de Italia era bautizar a los hijos en honor a la parentela del padre. Por eso el famoso escritor heredó el nombre de su abuelo, Gaetano Talese, un hombre que soñó con escapar de su empobrecido pueblo, hasta que lo logró porque, como decía, tuvo la fortuna “de llegar a América cuando todo estaba por hacerse”.  

El padre de Gay Talese había aprendido el oficio de sastre en París, donde estuvo dos años al lado de un primo suyo, también sastre. Trabajaba con dedicación y resignación, haciendo alarde de su devoción por San Francisco de Paula. “El rechazo del placer, la renuncia a la belleza y los valores mundanos habían dominado la vida de San Francisco, recalcaba mi padre, añadiendo que el santo, de niño, había dormido sobre piedras en una gruta cerca de la aldea donde mi padre había nacido; Francisco había ayunado y rezado y se había flagelado, y finalmente había fundado un credo de piedad y devoción severísimas que todavía persiste hasta el día de hoy en el sur de Italia, casi 600 años después de su nacimiento”.

Pero, según Talese, su padre jamás dejó de ser frío y distante. En el fondo, sin embargo, ha llegado a comprenderlo: “Existe un cierto tipo de trastorno mental leve que resulta endémico a la profesión de sastre. […] Aunque nunca ha atraído la atención de los científicos, con lo que no se le puede adjudicar un nombre oficial, mi padre la describió una vez como una forma de prolongada melancolía que se presentaba esporádicamente en ataques de mal humor: el resultado, sugería, mi padre, de excesivas horas de un trabajo lento, exigente y microscópico que avanza puntada a puntada, pulgada a pulgada, hipnotizando al sastre con la luz reflejada en una aguja que entra y sale de la tela. El ojo del sastre debe seguir la costura con precisión, pero el hilo de sus pensamientos es libre de desviarse en múltiples direcciones, de meditar en su propia vida, de reflexionar acerca de su pasado, de lamentar las oportunidades perdidas, de crear un drama, imaginar desaires, amagarse, exagerar: en términos sencillos, cuando cose, el sastre tiene demasiado tiempo para pensar”.

Refugiado en su fe y en su trabajo, el sastre procuraba mantenerse alejado de los italianos que, poco después de haber llegado a Estados Unidos, concentraron mucho poder (económico y político) gracias a su sistema de organización criminal conocido como la Mafia. “Mi padre decía que la Mafía había llenado un vacío. Allí donde las clases marginadas carecían de influencia, la Mafia imponía la suya. Allí donde había una economía empobrecida controlada por una aristocracia explotadora, la Mafia introducía un provechoso negocio de hurtos, contrabando, extorsión y secuestro”.

Fue por la cercanía con este tipo de personas que, años después, Gay Talese se empeñaría en desentrañar y contar la historia de los Bonanno en Honrarás a tu padre. Él mismo (y toda su familia) podría haber acabado inmerso en el mundillo mafioso. Pero su padre lo mantuvo aparatado de “ciertas amistades”. “Mi destino era convertirme en el hijo cumplidor de un sastre exigente que presumía de poseer la medida exacta de mi cuerpo y mi alma; y fue mi inevitable derecho de nacimiento lucir las ropas hechas a medida que reflejaban su gusto, servían de anuncio a su oficio y reafirmaban su talento con la aguja y el hilo. Me convertí en el maniquí en miniatura de mi padre poco después de aprender a andar”.

Pero también, gracias a eso, supo que el periodismo y la sastrería tienen similitudes: “en ambos oficios hay que tomarle la medida a los otros”. Fue en aquel tiempo, mientras su madre ofrecía la ropa de su tienda a un sinfín de clientas, cuando el niño tímido aprendió a observar y a escuchar para, más tarde, seguir un paradigma profesional: “elevar la vida ordinaria a la categoría de arte y volver memorables las experiencias y preocupaciones corrientes de hombres y mujeres”.

Hace unas semanas, ante la publicación de Los hijos, Mr. Talese recibió en Nueva York a los corresponsales de los principales diarios españoles. “La inmigración siempre ha sido la historia más interesante de Estados Unidos. Miles de personas que intentaban aprender a vivir de un modo distinto y que no se sentían bienvenidas en este país. Es algo que sigue ocurriendo hoy. Uno intenta sobrevivir como un extraño en un lugar al que le gustaría llamar su hogar”, le dijo a El Mundo para dejar claro que eso ha sido lo que siempre impulsó a su familia y, por extensión, a tantas otras. Con esta combinación de memorias y crónica sentimental, bien contextualizada gracias a una documentación exhaustiva, en Los hijosTalese no solo honra a su padre sino a toda su familia.