La vida en la eternidad

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Multimedia (EFE)

Ciudad de México

El 6 de marzo del año que acaba de terminar, Gabriel García Márquez posó un poco forzado con un ramo de flores amarillas para los numerosos periodistas que se agolpaban a las puertas de su casa en el Pedregal de San Ángel, para felicitarlo en su cumpleaños número 87. Tras su gesto solemne, el premio Nobel de Literatura 1982 parecía contento mientras la multitud le cantaba unas desafinadas “Mañanitas”. Unos días después, el 17 de abril, entregó su alma al Señor. Tres meses más tarde, en julio, sus herederos llegaron a un acuerdo final con la Universidad de Texas para entregar al Harry Ransom Center de su campus en Austin los archivos personales del autor de Cien años de soledad: 40 cajas de cartón con una fecunda vida literaria adentro, a cambio de una cantidad no revelada.

Muchos en México y en Colombia se escandalizaron entonces. Les costaba trabajo entender el hecho de que el acervo de García Márquez, tan identificado con las izquierdas latinoamericanas, con la revolución castrista sobre todo, fuera a dar a una universidad gringa. Más allá de los cuestionamientos a los herederos del escritor, muchos trataron de averiguar el monto que habían recibido por la muy discreta operación. Algunos llevaron incluso sus empeños a los terrenos legales para obligar a la universidad estadunidense a revelar lo que había pagado por ese archivo. No tuvieron éxito.

Se habló entonces de un reñido mercado de archivos personales de celebridades desaparecidas en el que estaban en juego grandes cantidades de dinero, pero nadie fue capaz de explicar con la más mínima precisión la mecánica de su existencia. Los acervos de los creadores tienen un valor que va en relación directa con la importancia de su trayectoria. Un valor económico, por supuesto, pero también un valor cultural, estimable sobre todo para sus connacionales, para sus colegas, para quienes estudian su obra. En este sentido, los sofocos de las autoridades mexicanas y colombianas lamentando la pérdida del legado de García Márquez parecieron más bien soterradas expresiones de remordimiento ante la imposibilidad de competir económicamente por su propiedad, pero también de frente a la realidad: imposible hacerse cargo con dignidad de archivos de ese tamaño y de esa importancia.

Si se mira bien, el de García Márquez no es un archivo que se pierde. En realidad, en el Harry Ransom Center está más a salvo que en cualquier otra parte. Y el Nobel colombiano debiera estar feliz no solo por su sobrevivencia como autor, a través de la conservación de su archivo al alcance de los investigadores de todo el mundo, a razón de 10 mil por año, sino también por el vecindario donde ahora vive, al lado de figuras de su tamaño: Joyce, Capote, Borges, Beckett, Bellow, Mailer, Baldwin, Dickens, Lewis Carroll y un montón de talentos enormes que viven ahí la eternidad, en 38 mil cajas que no tienen precio.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa