Camelia y la cabeza de Eleazar

Vibraciones.
Gabriela Ortiz
Gabriela Ortiz (Especial )

Ciudad de México

Gabriela Ortiz está cansada de que la retraten junto al piano. Es compositora de lenguajes que convocan múltiples formas de articulación sonora y por momentos requieren plataformas ajenas a la música, como el video. El problema es que en su casa faltan elementos que refieran a la música experimental. Solo hay herramientas tradicionales: flautas, chelos, un arpa y el piano. Así que no hay de otra. Aunque le parezca una imagen falsa, que transmite mentiras, Gabriela tiene que instalarse otra vez junto al piano: “Así cualquiera pensaría que compongo sonatas tipo Chopin o algo parecido”. Posa y sonríe. Su sonrisa es fea. Ya no sabe cómo hacerlo ante las teclas.

—¿¡Únicamente la verdad!?

 Gabriela se relaja por completo: los muslos y la frente, los hombros y la boca.

—Sí, y hay que ser muy cuidadosos con ella.

—¿Cuidadosos?

—Saber muy bien de qué estamos hablando. 

Estamos hablando de su primera ópera. La historia de cómo nació es muy parecida a la de Leoncavallo y sus Payasos: sangre y tragedia en una nota de prensa. En un ejemplar de la revista Alarma! (febrero de 1986), Gabriela leyó este encabezado: “¡Un tren le arrancó la cabeza!”. La nota, que remite a Ciudad Juárez, explica que un joven de Torreón, de nombre Eleazar (22 años), “en estado de ebriedad y encorajinado porque el tren que desde hacía rato hacía maniobras, no salía rumbo al sur. Armado de la más férrea decisión, se acostó en las vías del tren, dejando el cuello listo para ser partido en las vías. Según declararon los empleados de una agencia funeraria cuando comparecieron ante la policía, encontraron la cabeza entre las temblorosas manos de una mujer que antes de desaparecer dijo llamarse Camelia la Tejana”.

—¿La misma del corrido de los Tigres del Norte, “Contrabando y traición”?

—Sí y no. Investigué sobre Camelia y resulta que se le atribuyen múltiples apariciones en diferentes épocas.

—¿Una especie de fantasma?

—Más que nada un mito.

—¿Y en tu ópera de qué Camelia hablas?

—De todas. Es una ópera sobre la construcción de su mito. Está la Camelia del periódico cargando una cabeza a mediados de los años ochenta y una Camelia asesina a principios de los años setenta que es la del corrido. También, a mediados de los setenta, una tal Agustina Rodríguez declaró a la televisión que alguna vez fue Camelia pero que eso era cosa del pasado, pues se había convertido en evangelista. Y el periodista César Güemes (el 28 de enero de 1999), publicó una entrevista con una supuesta Camelia que afirmaba haber sido en algún tiempo contrabandista pero negaba haber matado a Emilio Varela.

—¿Entonces es una narración fragmentada?

—Sí.

—¿Hay ilación entre las escenas?

— No en cuanto a personajes o acción dramática.

—¿Y musicalmente?

—Hay una especie de cumbia que se repite a lo largo de la obra.

—¿Es para orquesta de cámara?

—Para dieciséis instrumentos (con algunos raros como acordeón y guitarra eléctrica).

—¿Utilizas electroacústica?

—Hay varios interludios con sonidos grabados.

—¿Está cantada en español?

—Sí. Solo el personaje de un escritor estadounidense (Elijah Wald) canta en inglés.

—¿Cómo son las líneas vocales?

—Eclécticas, incorporo lenguajes de todas partes.

—¿Hay algún pasaje vocal que te guste especialmente?

—Un tipo de rap que canta un blogger que en su página publica opiniones sobre Camelia. (“Así que no me vengan con que la Camelia se fue a Tijuana a vivir. Si esa vieja era bien viva, no mames pinches narcos weyes, cómo se les ocurre”.)

—¿Cuál es la función del video en la ópera?

—Enriquecer la narración. Un ejemplo es la escena final, cuando se proyecta un montaje abstracto y modernista de vías del tren en movimiento en el que Eleazar acomoda su cabeza. Su sangre cubre la pantalla y la cabeza sale volando.

—¿Qué sucede al final?

—Hay un epílogo: Camelia le canta el corrido de los Tigres del Norte a la cabeza de Eleazar.