“El mundo es un misterio que da vértigo”: Gabriela Damián

La escritora mexicana reivindicala literatura fantástica ante quienes la consideran un género menor, puesasegura que esa mirada es la que se ajusta mejor a su forma de entender elmundo y que hay ...

Ciudad de México

Vivo las fantasías como si fueran propias, acepta Gabriela, escritora y editora nacida en 1979, quien ha publicado: La tradición de Judas (Conaculta, 2007); Los viajeros: 25 años de ciencia ficción mexicana (SM, México, 2010), Three Messages and a Warning (Small Beer Press, Texas, 2012, finalista del World Fantasy Award) y Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013) entre otros libros.

Ella inicia en el mar, una ola descubre las burbujas de sal sobre sus dedos. “Dicen que uno elige su primer recuerdo para inaugurar la memoria”. Su infancia, acepta, “fue una época asombrosa, feliz dentro de la familia, desasosegada fuera de ella. Con mi única hermana, Arlette, siete años mayor, dibujábamos historietas, juntas veíamos Mazinger Z y Los Verdaderos cazafantasmas. Cuando estaba sola leía lo que cayera en mis manos, especialmente los libros de los mayores, por ejemplo, una biografía de Marilyn Monroe cuya lectura me conmovió tanto que convertí a Norma Jeane en mi amiga imaginaria. Jugábamos a ser científicas, fabricamos robots con cartón y papel aluminio.

La también guionista y locutora heredó de su madre una sensibilidad “casi dolorosa” por la música y los animales. De su padre “lo conciliadora, la tranquilidad, lloramos a la menor provocación. Ambos me dejaban delirar a gusto, nunca les preocuparon demasiado mis extravagancias”.


Estuviste en una escuela de monjas, ¿cómo la viviste?

Mi imaginación ya de por sí estrambótica encontró un potente catalizador en las historias de la Biblia y los llamados a la fe de las hermanas del Instituto Miguel Ángel. Pocas cosas me resultaban tan gratas como examinar el paquete de libros y cuadernos sin estrenar antes de que terminaran las vacaciones. Esta urgencia por aprender me hacía usar palabras raras como:  “deplorable”, “majestuoso”, “lúgubre” “funesto” que no me hacían muy popular entre las otras niñas. Pero aunque me sentía un poco fuera de lugar, nunca tuve problemas para hacer amigas en aquel ambiente de rebeldía y complicidad femenina que era la escuela de monjas.


¿Por qué esta pasión por la fantasía y la mitología?

Me da pena decir que me tomé en serio la Ilíada y la Odisea, la Divina Comedia, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha y El Aleph en la secundaria, con los ojos en la página y los oídos en MTV, pero así fue. Era la posibilidad de prolongar mi relación amorosa con los cuentos de hadas, las leyendas de aparecidos y todo lo que flotaba alrededor mío durante la infancia. Hoy, entre mis autores favoritos están Neil Gaiman, Kelly Link, Connie Willis, John Crowley, Susanna Clarke, Alan Moore… Sigo teniendo debilidad por esa clase de lecturas. Pero también por Francisco González Crussí, Cristina Rivera Garza, Emmanuel Carrère, Marcel Schwob, Marguerite Yourcenar, Kelly Link, Eloy Tizón, Helen Oyeyemi y otras maravillas que voy descubriendo.


Estudiaste comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona y creación literaria en la escuela de escritores de la Sogem, ¿qué te dejaron estas instituciones?

En la SOGEM hallé la generosa ayuda de Alberto Chimal y Verónica Murguía, a quienes admiro y aprecio mucho. Ahí me puse al corriente con un montón de lecturas, seguí casi todas las recomendaciones, pero me sorprendió que mis referentes desde la ciencia ficción y la fantasía provocaran risa y apenas curiosidad. Los lectores que gustan de clasificar la literatura como “alta y baja” han perdido una buena parte de su capacidad de asombro, y es una lástima. En todo caso, para mí, ellos son los que tienen un hueco en su formación literaria, no yo. La mirada fantástica es la que mejor se ajusta a mi forma de entender el lugar que habitamos. Desde la partícula más pequeña hasta el corazón de los pulsares, desde la mirada de los animales hasta las imágenes de nuestros sueños, el mundo es un misterio que da vértigo. La experiencia humana puede transitar por sus distintos niveles a través de la ciencia, el conocimiento y el arte, pero hay lugares a los que solo podemos llegar a través de la ficción fantástica. Ese destino, esa revelación, siempre somos nosotros mismos, aunque hablemos de monstruos o naves espaciales. Ha sido la forma más natural y perdurable de contar historias, de transmitir sabiduría y provocar el asombro. El juego especulativo en el que necesariamente nos involucra la fantasía o la ciencia ficción apuesta por la empatía y la capacidad de asombro, cualidades poco valoradas en estos tiempos de cinismo exacerbado.


Obtuviste el Premio de Cuento FILIJ 2007 y la beca del Fonca 2009-2010, con la que escribiste los cuentos fantásticos Pequeños naipes de ópalo. ¿Por qué decides seguir una carrera literaria?

Durante algún tiempo pensé que la vida apacible, protegida, no era compatible con una carrera literaria, hasta que empecé a coleccionar biografías de escritores felices como Ray Bradbury o Ursula K. LeGuin. Entonces me di cuenta de que el estereotipo de los escritores como seres atormentados (locas suicidas, en el caso de las escritoras) es una babosada. La literatura es la única forma efectiva de hablar con los muertos. De hermanarnos, por así decirlo, con quienes ya no están, de establecer una línea continua que cruce el tiempo y el espacio que permita decirnos los unos a los otros “No estás solo”. Como autora, es la posibilidad de materializar esa mina de imágenes y voces que a través de mí necesitan decir alguna cosa, un mensaje cifrado que a veces ni siquiera entiendo del todo, hasta que he terminado de escribirlo. Escribo con la lejana esperanza de tender la mano a algún desconocido para decirle “Sí, yo también”. Para darle distracción, compañía o consuelo.


Trabajas todo el día, ¿a qué hora escribes?

Escribo a diario, antes de que la ciudad se despierte, junto a mi gato lagañoso. Trabajo en los últimos ajustes a los Pequeños naipes de ópalo, un proyecto muy ambicioso que me ha llevado tiempo, pero que no me arrepiento haber urdido con tanta cautela; en ficciones espontáneas que no pertenecen a ningún libro en concreto y en una novela que también me tomaré con calma, Música para las ánimas.


¿Qué te conmueve?

Me conmueve la música, ciertas lecturas, los animales. Soy demasiado “fácil”, o quizá vivo demasiado expuesta. Me mueve un optimismo que raya en la ingenuidad. Pero a veces los sentimientos negativos pueden movilizarnos con más velocidad que los positivos: se me prende la mecha instantáneamente con la indignación, e incluso la ira, cuando me topo con la apatía y la indiferencia de mucha gente ante la injusticia cotidiana y sistemática hacia el otro: creo que no debemos quitar el dedo del renglón en contra del clasismo, racismo, sexismo, no van a desaparecer por sí solos. En la adolescencia desperdicié tanta energía en ideas erróneas sobre la identidad femenina y el amor romántico que me dan ganas de viajar en el tiempo y darme un par de consejos.


¿Tu país, cómo lo vives?

Hablar de México me resulta penoso, siento que vivo en duelo por un país que ya no existe. Los feminicidios, las muertes por el crimen organizado, la violencia cotidiana, y frente a todo esto, un “Aquí nos tocó vivir” generalizado que me resulta imposible de tragar. Pero me da vergüenza abatirme cuando escucho hablar a Norma Romero y a Las Patronas, cuando recuerdo a Marisela Escobedo, o a los padres de los niños de la guardería ABC. Entonces escribo, porque es lo único que sé hacer, porque escribir también puede ser un acto político. Están los aguafiestas, muy seguros de que un libro no puede cambiar al mundo (y menos un libro con dragones, pensarán), y estamos los ilusos, que pensamos que la literatura es un refugio necesario en el que es posible adquirir herramientas para enfrentar al mundo con un poco menos de indefensión.