Los archivos de García Márquez

Ambos mundos.

Ciudad de México

Cuando se supo que el Centro Ransom de la Universidad de Texas (donde hay documentos de Hemingway, Borges, Faulkner y Coetzee) compró los archivos de García Márquez, yo también pensé que me habría gustado que ese tesoro, donde está lo más recóndito de la intimidad de un escritor (su taller o cocina, sus herramientas), estuviera en Colombia, para poder disfrutarlos sin tener que pedir visa y gastar plata en un hotel de Austin, donde no tengo amigos que me reciban en el sofá de su casa. Pero ese es mi problema. Los “papeles” de GGM estarán allí mejor que en ningún otro lado, serán puestos a disposición de quien quiera estudiarlos en las mejores condiciones, e incluso, según se anunció, pronto podrán ser consultados por Internet.

El revuelo nacionalista y provinciano que surgió al respecto en el país, con la idea de que eso “le pertenece” a Colombia por derecho propio (¿a cuenta de qué?) y criticando al ministerio de Cultura por no haber hecho una oferta más alta, me produce un rechazo visceral. Pero también molesta el otro ángulo del debate, el de quienes afirman que el motivo es que García Márquez tenía sobradas razones para no querer a Colombia, basándose en algunos desplantes y problemas que tuvo por acá. Muchos compatriotas han sufrido la historia del país y eso no hace a nadie mejor ni peor, y es cierto que García Márquez debió salir precipitadamente de Colombia en 1981, ante la inminencia de una detención, por supuestos vínculos con el M–19. Pero eso acabó pronto y con su amigo Belisario Betancur en la presidencia pudo volver al país, y luego fue y volvió mil veces, como hace tanta gente, no porque ame u odie a Colombia sino porque la vida empuja hacia su propio lado y a veces las fronteras se hacen estrechas. A sus 80 años, en Cartagena se le hizo la celebración más grande de la que tengo noticia. No sé si algún otro ser humano del planeta haya sido tan elogiado y querido en vida como él, pues muy pocos ha habido que hayan cambiado tanto el mundo para bien.

Me habría gustado más que en Colombia hubiera un lugar físico donde poder recogerse un momento y recordarlo con calma, o incluso para hacerle un homenaje cuando llegue el primer aniversario de su muerte. ¿Dónde se van a poner las coronas de flores? ¿En Aracataca, en su casa de Cartagena? La idea de dividir las cenizas entre Colombia y México, por absurdo, no era tan mala. Un cuerpo no puede ser partido en dos, pero el metafórico polvillo fúnebre sí. Aunque en el fondo, algunos de los mejores escritores del siglo tampoco están enterrados en sus países. Borges en Ginebra. Cortázar en París. Joyce en Zurich. Tal vez porque la literatura, en lo más profundo, es una larga e infinita migración. Como decía Breton: “El triste camino que nos lleva a todas partes”. Tan lejos que quién sabe si García Márquez no andará ya por esos senderos opacos de los que habló Basho en un haikú, ese que dice: “Ya nadie recorre ese camino/ salvo el crepúsculo”.