"Gabo", una vida digna de su imaginación: Aguilar Camín

“Una vez que el duelo ha pasado, podremos regocijarnos en que vivirá para siempre, junto con otros gigantes de la literatura”, dijo Ban Ki-moon.
Jaime Abello, Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta, María Emma Mejía, María Cristina Perceval, Gerald Martin y Juan Gabriel Vásquez.
Jaime Abello, Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta, María Emma Mejía, María Cristina Perceval, Gerald Martin y Juan Gabriel Vásquez. (Miguel Rajmil/EFE)

NY y México

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, destacó hoy la figura del fallecido escritor colombiano Gabriel García Márquez por su vida “de lucha contra la injusticia y la opresión”.

“Una vez que el duelo ha pasado, podremos regocijarnos en que vivirá para siempre, junto con otros gigantes de la literatura, cuyo trabajo y compasión por la condición humana les ha hecho inmortales”, afirmó Ban en un acto de homenaje a García Márquez en las Naciones Unidas.

El evento, organizado por el Grupo de Amigos del Español en la ONU, contó con la participación de responsables de la organización, embajadores, y también literatos como los  mexicanos Ángeles Mastretta y Héctor Aguilar Camín o el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez y Jaime Abello, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Ban destacó que García Márquez, fallecido el pasado 17 de abril en Ciudad de México, inventaba ficción, pero a pesar de ello “la gente corriente estaba en la raíz de su realidad”.

El más querido

Una de las intervenciones más destacadas de la jornada dedicada al autor de Cien años de soledad en la ONU fue la de nuestro colaborador Héctor Aguilar C amín. A continuación reproducimos una parte del texto al que dio lectura en ese foro internacional:

 

En el momento de su muerte, Gabriel García Márquez era el mayor y el más querido autor de las letras españolas. Lo quisieron por igual los lectores, los editores y las musas. Lo quiso también la historia que le dio una vida digna de su imaginación.

La vida de García Márquez se parece a una novela de García Márquez. Su abuelo fue un coronel que perdió una guerra luego de pelearla, entre otros, contra dos de sus hijos “ilegítimos”, nacidos fuera del matrimonio.

El abuelo derrotado casó luego con su prima hermana y, andando el tiempo, mató al hijo de una de sus amantes. Tuvo como oficio familiar la orfebrería, crió a un nieto de padre ausente que sería escritor de fama mundial, y murió a resultas de una caída cuando trataba de bajar un loro prófugo de un árbol del patio de su casa.

El padre de García Márquez fue un don juan itinerante, dedicado a embaucar pueblos y mujeres con pócimas homeopáticas de su invención. Manes de la homeopatía: deploraba inconsolablemente la proclividad de su hijo mayor a inventar y magnificar. Creía saber con exactitud en qué parte del cerebro se alojaban las facultades del alma. Durante un tiempo consideró seriamente la posibilidad de trepanarle el cráneo a su hijo Gabriel para ajustarle el sitio “donde se ubican conciencia y memoria”.

[...] Antes de cumplir ochenta años García Márquez se puso  a releer sus libros. Regresó de ellos con la misma sorpresa adánica, alucinada, de sus primeros lectores. Preguntaba a su mujer y a sus hijos: “¿Cuando yo escribí esto, no estaba loco?” La respuesta era no. Él insistía: “¿Parecía loco?” En absoluto. “¿Tomaba mucho, fumaba mota?” Nada, salvo café y cigarrillos, y algún trago, pero nunca mucho y jamás para escribir, cosa que hacía como si fuera un director de escuela: por la mañana, de nueve a tres.

[...] La parsimonia vital de García Márquez creo que era el fruto de un don aparte, el don de la concentración y la paciencia propias del artífice que alcanza la redondez de su vida en la redondez sin prisa de su oficio. Dice un proverbio náhuatl: “El artista todo lo saca de su corazón, obra con tiento, con cuidado”. Ese proverbio está unido en mi cabeza al oficio de escribir de Gabriel García Márquez. Y, desde que pude tratarlo, a su oficio de vivir.

El milagro de [su] escritura ha creado un milagro mayor, más difícil, si cabe, de hallar en el mundo: el milagro de un escritor tan admirado como querido, cuyos logros celebran como propios millones de lectores y, más raro aún, miles de colegas.

Un día García Márquez me preguntó mi edad. Cuarenta y cinco, le dije y él me contestó: “Si yo tuviera cuarenta y cinco años, me comía el mundo”. Tenía sesenta y cinco entonces . El día que cumplió ochenta me preguntó de nuevo cuántos años tenía: “Sesenta”, le dije. “Si yo tuviera sesenta años en este momento”, me dijo, “me comería el mundo”.

La verdad es que se había comido el mundo a los cuarenta y cinco años, se lo seguía comiendo a los sesenta y se lo sigue comiendo  ahora, en los tiempos primeros de su muerte, mientras se esparce por el mundo la noticia de su naciente inmortalidad.