Gabo ardía como llamarada de fe:'La China' Mendoza

Amigos desde que compartían trabajo en una agencia de publicidad, juntos pasaron por el famoso incidente en el que fue golpeado por Vargas Llosa.

México

Con claridad recuerda cuando lo conoció, a inicios de los sesenta, mas no puede precisar si fue en casa de Álvaro Mutis o de alguien más. "Gabo era muy joven, por supuesto —dice una voz cargada de amor—. Y también estaba ahí la Gaba, que así le decían a su esposa, nunca le he dicho de otra forma. De ahí en adelante se inició una amistad muy honda, aunque yo ignoraba que fuera tan buen escritor".

Habla María Luisa La China Mendoza, escritora y periodista mexicana, quien muy pronto habría de reconocer en Gabriel García Márquez a un gran autor. Ambos trabajaban en la agencia de publicidad Stanton, lo mismo que Mutis, Jomi García Ascot, José Carlos Becerra, Arturo Ripstein, Fernando del Paso y otros.

García Márquez empezó a llevar capítulos de lo que estaba escribiendo y le leía fragmentos a La China. "Yo caí muerta debajo del escritorio y tuvieron que darme respiración artificial, porque fue un total deslumbramiento —asegura la escritora—. La novela se llamaba Cien años de soledad. De ahí en adelante se convirtió en el escritor más grande de mis tiempos, y eso que yo conocía a otros grandes, como Carlos Fuentes, que era mi hermano en aquella época. En medio de tanta juventud talentosa, Gabo ardía como una llamarada de fe".

Los golpes de la vida

A la escritora le preocupa dejar en claro el famoso incidente en el que García Márquez recibió un golpe en la cara por parte de quien había sido su amigo entrañable, Mario Vargas Llosa. Ocurrió, dice, "cuando fuimos a ver una función privada de la película La odisea de los Andes. En la salita de espera para entrar a ver la película yo estaba platicando con Gabo sobre su último viaje a Europa, cuando se acercaron para decirle que en otra salita estaba Vargas Llosa. Le dio gusto porque eran muy cuates, muy amigos".

La China siguió platicando con otras personas, y aunque escuchó algunos ruidos, no pensó que fuera nada. "De pronto me toma del brazo una mano muy nerviosa y era Gabo. Lo veo con la mitad de la cara colorada y me dice: '¡Me pegó Mario! —imita su voz—. Llamé a Gaba, quien en ese momento fungía como su mamá iracunda. Ella, que tenía un porte costeño, un color canela fantástico y con un amor infinito por el Gabo, nada más lo vio y se encaminó al otro cuarto".

La autora de La O por lo redondo (Grijalbo, 1971) dice que la mujer de García Márquez "insultó, como una heroína romana en la guerra, al baboso de Mario, que estaba estupefacto. Yo creo que el puño cerrado que estrelló cobardemente contra el rostro del hombre que llegó abriéndole los brazos para saludarlo fue resultado de un acto impulsivo de furia bipolar. Lo entendí como un chisme de mujeres, pero envenenaron a Vargas Llosa" (se dice que los García Márquez habían confortado a Patricia, que estaba separada de Vargas Llosa, lo que causó su ira).

Para un buen golpe, un buen bistec, pensó Mendoza, un remedio aplicado en las caricaturas. "Recordé que junto vendían unas hamburguesas, pero el idiota que atendía no nos quiso vender la carne sin freír. 'Si no frío la carne, no la vendo', decía, así que nos salimos con la cola entre las patas. Le dijo a Gabo: 'vámonos a la casa porque a cada momento estás más rojo'".

Los Gabos se subieron al vochito de La China y su pareja de entonces, Edmundo Domínguez Aragonés. Entonces, agrega la escritora, "tuvimos el gran, enorme e histórico honor, nosotros, que no éramos nadie —y todavía no lo somos—, de conducirlos a nuestra casa. Llegamos y acostamos a Gabo en un sillón muy bonito que teníamos junto a la ventana. Bajé corriendo y saqué un bistec del refrigerador y se lo puse en la carita a Gabo".

La China Mendoza asegura que lo que sigue lo inventó, "pero lo he dicho tantas veces que parece verdad, parece de una novela de Gabo. Mi perro, que era un rey que se llamada Von Köchel, como el coleccionista de Mozart, se quedó viendo fijamente a Gabo, que estaba acostado. De un salto se trepó en su cuerpo y de una dentellada se llevó la carne. Atravesó corriendo frente a nuestros asustados ojos hacia la escalera y desapareció para siempre".