Caminatas de Fray Junípero: de Veracruz a la Alta California

Este menesteroso franciscano llegó a la Nueva España en 1749 y exploró la vasta región del noroeste donde fundó misiones y asentó la plaza de lo que sería el puerto de San Francisco.

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Fray Junípero Serra llegó a Veracruz en 1749, junto con otros veinte franciscanos, con el proyecto de fundar misiones para evangelizar a los indígenas de la Nueva España. Cuando atracó el barco en el puerto, los misioneros brincaron a las carretas que había enviado el virrey para llevarlos a México, pero Junípero, y un misionero andaluz cuyo nombre se ha perdido en el tiempo, decidieron hacer el viaje a pie. Caminaron alrededor de 500 kilómetros y cuando llegaron a la ciudad Junípero tenía una herida en la pierna que a partir de ese momento le complicaría sus heroicas caminatas. No queda claro por qué este misionero franciscano ha quedado fuera del ranking de grandes caminadores, esa lista que componen andarines infatigables como Nietzsche, Rimbaud, Nerval, Beckett, Giacometti, por poner unos cuantos ejemplos.

A pesar de la herida, que fue agravándose con los años, Junípero no dejó de caminar. Fue misionero en Sierra Gorda, un territorio agreste en el que antes habían fracasado varios colegas suyos, y durante diez años subió y bajó las montañas. Además, dos o tres veces caminó a la Ciudad de México para recibir instrucciones de sus superiores. No existe un ensayo sobre las caminatas de Fray Junípero, su historia de misionero en México y evangelizador en California lo opaca todo, y aunque eran caminatas portentosas apenas han dejado rastro, alguna mención de sus biógrafos y unas notas breves en su brevísimo Diario, donde nos cuenta de cuando el Virrey, que acababa de expulsar a los jesuitas de la Nueva España, le encarga ir con un grupo de misioneros franciscanos a llenar el vacío a la Alta California. Resulta curioso que en esa época, 1767, ya se hablaba de la frontera entre la Alta y la Baja California, que era una línea imaginaria más o menos a la altura de donde está hoy la frontera real entre México y Estados Unidos. La línea era imaginaria porque la Alta California estaba dentro de la Nueva España, era el norte del mismo territorio, lo cual sugiere que esa zona entre las dos Californias ha tenido siempre vocación de frontera.

La expedición salió por tierra de la Ciudad de México a San Blas, y en aquel puerto los franciscanos, más los soldados que custodiaban la misión, se embarcaron rumbo a California, en un complicado viaje que incluía múltiples escalas y un montón de errores de cálculo que se debían a la cartografía de la costa que había hecho, en 1542, Juan Rodríguez Cabrillo. Pero Fray Junípero prefería caminar, quizá porque había nacido en la isla de Mallorca y tenía un importante apego a la tierra firme, y en lo que el barco subía por el mar, el ejecutaba sus caminatas épicas, normalmente acompañado por otros franciscanos, o a veces, cuando el territorio era peligroso, por una guardia de soldados, y más de una vez tuvo que ser transportado en una litera porque ya no podía apoyar la pierna.

Además de sus compañeros de caminata y de los soldados, aquellas expediciones llevaban los elementos para fundar los pueblos que crecían alrededor de las misiones: “no faltaba ninguna de las herramientas precisas para las labores de la tierra y siembra. Se cuidó de que figurasen en el cargamento toda especie de semillas, como hortalizas, flores y lino, maíz y también estacas de aquellas vides que producían los sabrosos vinos de Loreto. La expedición de tierra conduciría 200 reses de vacas, toros y bueyes, para cultivar las nuevas tierras y para que en ellas no faltase qué comer”, cuenta Augusto Casas, uno de los biógrafos de Junípero.

Fray Rafael Verger, por su parte, anota en su bitácora esta lista de utensilios: “todas las herramientas necesarias para sembrar, como rejas, azadones, etc.; para carpintería completa, como sierras grandes, medianas, chicas, barrenas, anzuelas, cepillos, escoplos, compases, martillos...”.

La presencia de los misioneros era crucial en California, el proyecto era fundar misiones lo más al norte posible, porque una expedición de rusos, capitaneada por Vitus Bering, había descubierto un paso entre su país y Alaska (el famoso Estrecho) y amenazaba con colonizar toda la costa. Llegando a San Diego, escribe Junípero en su diario: “La caminata ha sido verdaderamente feliz y sin especial quebranto ni novedad en la salud. Salí de la frontera malísimo de pie y pierna, pero obró Dios y cada día me fui aliviando y siguiendo mis jornadas como si tal mal no tuviera. Al presente el pie queda todo limpio como el otro; pero desde los tobillos hasta media pierna está como antes estaba el pie, hecho una llaga, pero sin hinchazón ni más dolor que la comezón que da a ratos; en fin, no es cosa de cuidado”. A pesar del diagnóstico que hace de su propio pie, que denota que lejos de curarse, como él quiere creer, la pierna se le cae a pedazos, Junípero sigue practicando esas caminatas prodigiosas.

El ambiente que rodeaba a las misiones que iba fundando era más hostil que el que había experimentado en Sierra Gorda, las bitácoras de sus colegas, como el padre Crespí, dan cuenta de algunos asaltos que perpetran los indios californianos, que entraban con palos y lanzas a las misiones para robar comida, ropa, cacharrería religiosa. A pesar de esos asaltos esporádicos, los indios californianos eran pacíficos si se les comparaba con los apaches que tenían su territorio tierra adentro, más allá del Río Colorado. El padre Parrón escribe sobre uno de esos asaltos: “un gran número de ellos, armados de arcos y flechas y blandiendo macanas de madera en forma de sables, se adentraron por el establecimiento y empezaron a robar cuanto encontraban, incluso las sábanas con que se cubrían los enfermos”.

El objetivo principal, después de San Diego y San Luis Obispo era Monterey, más hacia el norte, un sitio que habían ponderado los conquistadores como un auténtico paraíso, con un puerto propicio para el tráfico y el abrigo de los barcos. Siguiendo las coordenadas de los conquistadores, el capitán Ribera y Moncada navegó hasta Monterey y descubrió, junto con los soldados y los misioneros que lo acompañaban, que el sitio no era ningún paraíso. “Que lo que debía ser río Carmelo, es solo un arroyo, y lo que debía ser puerto, una pequeña ensenada; y lo que eran lagunas grandes, lagunillas”; escribe el capitán Ribera en su bitácora. El viaje por mar de San Diego a Monterey, que por tierra están a una distancia de 700 kilómetros, duró 46 días porque el barco, para sortear una racha de vientos contrarios, tuvo que navegar hacia el sur y luego mar adentro, para poder subir hasta el puerto, que en realidad era una ensenada. Junípero, como era su costumbre, prefirió recorrer esa distancia caminando y, mientras el barco batallaba contra el viento, él y sus acompañantes, que salieron un día después que el barco, caminaron los 700 kilómetros en 38 días, es decir que llegaron a Monterey ocho días antes que el capitán Ribera.

Después de aquella experiencia, soldados y misioneros concluyeron que para llegar más allá de Monterrey había que inventar otra ruta, subir por donde hoy esta Tucson, cruzar el río Colorado y caminar hacia el oeste hasta llegar a San Francisco, porque ni la ruta marina, ni la de Fray Junípero, se prestaban para llevar a multitud de colonos, manadas de animales, miles de herramientas y las toneladas de material con las que pretendían fundar la misión del norte, y sobre todo, la ruta del río Colorado permitía establecer una comunicación permanente por tierra con la Ciudad de México, porque la de los franciscanos incluía un largo trecho de navegación desde el puerto de San Blas.

La nueva ruta ya había sido concebida 30 años antes por Juan Bautista de Anza, un militar español que después de una rocambolesca estancia en la Nueva España, se había convertido en el Capitán General de Fronteras, Sonora, un pueblo que colindaba con el norte salvaje, que hoy es Arizona, donde mandaban los apaches. Anza exploró la zona para establecer esa ruta que, treinta años después, sería completada por su hijo. Anza estaba seguro, en contra de lo que pensaba la mayoría durante la primera mitad del siglo XVIII, que California no era una isla y que, consecuentemente, se podía llegar por tierra. Pero aquel capitán murió en 1740, en un punto entre Santa María Sumca y Presidio Terrante, Arizona, masacrado por una banda de apaches. Su hijo, que se llamaba exactamente igual, tenía tres años cuando él murió; era un niño novohispano que creció arropado por las hazañas de su padre y siguiendo sus pasos fue gobernador de la provincia de Santa Fe de Nuevo México. En 1774 retomó la ruta que su padre había dejado incompleta, pero sin meterse en el territorio de los apaches, siguiendo las indicaciones de un indio que conocía perfectamente la zona, de nombre Sebastián Tarabell. En la expedición, que salió de Horcasitas, Sonora, el 23 de octubre de 1775, iban 240 personas, para colonizar el norte de California, más el ganado y los artilugios de carpintería y labranza que se llevaban habitualmente. Cinco meses más tarde, el 4 de marzo de 1776, llegaron a Monterey, con 244 personas: una mujer había muerto y cinco niños habían nacido por el camino. Después siguieron hacia el norte, hasta ese puerto mítico donde los esperaba Fray Junípero, que había llegado desde San Diego, caminando por supuesto. Aquel sitio, del que el Capitán Juan De Ayala dijo “no es un puerto, sino un estuche de puertos”, y que estaba habitado por “indios mansos, de paz y muy afables” fue bautizado, en honor al patrón de la orden de Fray Junípero, como San Francisco.