Evolución o cultura

Semáforo.
Semáforo
Semáforo (Archivo)

Ciudad de México

Franz Boas quería resolver las fronteras entre naturaleza y cultura; nada sencillo, pero parecía fundamental para la antropología en la década de 1920; y el asunto era urgente: había que desbaratar la eugenesia. Una alumna suya partió a Samoa en busca de respuestas. Y regresó con una de las obras más suertudas de la historia: Coming of Age in Samoa se convirtió en uno de esos libros que marcan décadas. Y no fue la de los veintes sino las siguientes: las revueltas estudiantiles, la liberación femenina, la libertad sexual invocaban a Margaret Mead como musa.

Con su hallazgo (la adolescencia no es una crisis inevitable: las samoanas evitan el paso por la edad chocante porque gozan de una enorme libertad sexual) el mundo obtenía varios argumentos deseables, sin duda, y presentados con datos de observación directa. Al fin, había mostrado que la estructura cerrada de la familia generaba agresión y que las prácticas comunitarias de los samoanos creaban una sociedad sin violencia ni envidias ni resentimientos; que la libertad sexual era posible sin producir violencia, ni perversión, sino bienestar y salud mental. Pero, sobre todo, el libro arrojaba, desde la experiencia, un argumento persuasivo a favor de la cultura por sobre la naturaleza, y una acerba crítica al moralismo occidental. Es una afirmación libertaria y radical. Ella fue el suave y dulce ariete que derribó las puertas del autoritarismo familiar y de las restricciones sexuales.

Hasta que llegó Derek Freeman a demoler los pasos de Margaret Mead. La famosa liberalidad sexual, dice Freeman —que, a diferencia de Mead, hablaba fluidamente la lengua y llegó a jefe de la tribu— es una falsedad completa: los samoanos ven la virginidad como un altísimo valor (moral y económico) en las mujeres jóvenes; también es falso que carezcan de agresividad o de envidia o codicia; lo son tanto como cualquier otro grupo humano. Los antropólogos temieron que el libro de Freeman, Margaret Mead in Samoa, fuera el fin de la antropología cultural y la victoria de los evolucionistas. Y que llamaba a agachar la cabeza de nuevo ante los malos; la naturaleza volvía a devorar a su hija bondadosa, la cultura. Reaccionaron con violencia y la academia, llena de antropólogos confrontados, simplemente apartó a Freeman y lo condenó a un humillante ostracismo: no se toca a una santa. Tras miles de discusiones en universidades, de pronto, aparece la grabación de una de las informantes samoanas de Mead. Y lo dijo, tal cual: la engañamos, le dijimos mentiras a M. Mead; nos pellizcábamos por lo bajo y respondíamos que pasábamos las noches con los muchachos... “Estábamos bromeando, no más, pero ella se lo tomó en serio... como usted sabe, nosotras, las muchachas samoanas, mentimos estupendamente... y mentíamos y mentíamos”. Tal cual. La discusión entre conductistas y evolucionistas; entre cultura y naturaleza está muy lejos de resolverse. Lo fascinante es que las dudas tienen dos características: primero, hablan de dos concepciones de la naturaleza humana; segundo, que, como en todas las “ciencias humanas”, como la antropología, los datos no sirven para llegar a conclusiones finales. Busque usted, en YouTube: Tales From The Jungle: Margaret Mead; es un estupendo documental de la BBC.