“La mejor venganza es el perdón”: Franz–Olivier Giesbert

En entrevista a propósito de la publicación en español de su novela, La cocinera de Himmler, recuerda que a lo largo de su trayectoria ha entrevistado a supervivientes de diversos genocidios ...
El escritor
El escritor (Cortesía)

Ciudad de México

Periodista de raza, director del semanario francés Le Point y escritor prolífico en cuyo haber figuran algunos de los galardones más prestigiosos de Francia, Franz–Olivier Giesbert es un vitalista irreductible.

Este polifacético autor, una de las figuras principales del panorama cultural francés, quien publicó su primer artículo periodístico a los 18 años y ha sido corresponsal de L’Express en Estados Unidos, miembro de la nómina de Le Nouvel Observateur y Le Figaro, y autor de ensayos políticos sobre Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy o François Mitterrand, dice que una de sus máximas para no caer en el desánimo es “resistir, sacar fuerza de los fracasos para lograr el éxito, para ser feliz”.

Y es que la vida, agrega, “es una tarta de manzana que te tienes que comer hasta la última miga, y por eso hay que seguir adelante siempre, bajo cualquier circunstancia”.

En entrevista a propósito de la publicación en español de su más reciente novela, La cocinera de Himmler, Giesbert (1949) recuerda que a lo largo de su amplia trayectoria como periodista ha entrevistado a una gran cantidad de supervivientes de diversos genocidios ocurridos en el siglo XX y todas esas personas, asegura, “han llegado a tener una vida longeva gracias a que se sobrepusieron a las dificultades, tragedias y horrores que la vida les impuso y al cabo han podido ser felices”.

El personaje central, una anciana cocinera de 105 años que ha sobrevivido a las barbaries del siglo XX es, precisamente, una mezcla de todas esas personas.

“Durante años, como periodista, he entrevistado a toda clase de supervivientes de genocidios: armenios, judíos, incluso maoístas y supervivientes del estalinismo. Y lo que todos ellos tienen en común, los que han sobrevivido, es que han amado la vida, que han sido más fuertes y agresivos en ese sentido, por lo que para mí son héroes. He entrevistado a Gorbachov, a Reagan, a todos los líderes mundiales de la última parte del siglo XX, pero quienes más me han fascinado han sido los supervivientes de los genocidios, por esa rabia de vivir, por no dejarse ganar, por la manera de asumir la vida”, expresa.

Católico creyente, seguidor de la palabra de Jesús en su discurso sobre el amor, Giesbert sostiene que La cocinera de Himmler refleja, justamente, esa pasión por la vida.

“Esta novela es un himno y un elogio a la vida, a la que debemos amar porque es un milagro”, afirma. No obstante, el escritor señala que su relación con la muerte es sencilla, porque en ese tema él se desmarca del catolicismo y sigue las enseñanzas del filósofo holandés Baruch Spinoza, quien sugiere que siempre hay que ser conscientes de que vamos a morir. “A la muerte hay que tenerla presente. La muerte es una especie de reciclaje de la naturaleza. Por eso, también hay que vivir con emoción e intensidad hasta el final”, subraya.

Autor de trece novelas entre las que destacan L'Affreux (Premio de la Academia Francesa 1992), L'Inmortel (publicada en 2007 y llevada al cine en 2010) o Un très grand amour (Premio Duménil 2010) y amigo íntimo de escritores como Julien Green, Michel Tournier, Norman Mailer o J.M.G. Le Clézio, Giesbert tiene una mirada aguda, penetrante, que fija su atención con firmeza en su interlocutor mientras, sentado con rigidez, habla rápidamente y sus palabras fluyen como un torrente de ideas, anécdotas y opiniones que expone con vehemencia, aunque su tono de voz es temperado y ríe con ternura.

Rose, nombre del personaje central de La cocinera de Himmler, tiene un particular credo existencial: dice que los pilares de su felicidad son la risa, el humor, el deseo de sexo y el afán de venganza, ¿por qué?

Es evidente que el amor es lo más importante de la vida. No creo que podamos vivir sin amor. Amor a los otros, a los animales, al cónyuge, a la naturaleza, al cosmos. Yo creo en la necesidad del amor trascendente: el amor por Dios también. El sexo es algo que tenemos todos; somos animales mejorados y tenemos la necesidad de reproducirnos, es un deseo que todos sentimos y que hay que asumir, sea como sea que lo hagamos, y en esto no hay religiones ni voy a dar lecciones de moral como multidivorciado que soy. El humor, la risa, son fundamentales porque nos permiten tomar la distancia necesaria y no siempre estar en primer plano, sobre todo cuando nos enfrentamos a catástrofes personales o históricas. Necesitamos vivir con sentido del humor. Respecto a la venganza, a veces podemos sentir que cuando un cabrón que está en este planeta desaparece, está bien. Yo creo en el perdón cuando se trata de alguien cercano o de un colega del trabajo que te hace algo que te duele porque la mejor venganza es el perdón. Pero a mí, personalmente, me gusta vengarme de quien ha hecho cosas malas a los demás, cosas que a mí no me tocan; me gusta ser el justiciero. Yo estoy en contra de la pena de muerte, creo en la redención, pero cuando se mata a alguien innoble, a un tirano, me siento hasta aliviado. Cuando murió Gadafi no lloré; cuando liquidaron a todos los cabrones del proceso de Nuremberg, incluso yo podría haber sido el verdugo. Digo las cosas como son. Lo que hace Rose es llevar la idea de la venganza a un punto más allá, al máximo, y es que ella es así, truculenta, exagerada, y no lo puede evitar. Pero en el punto de partida ella no es mala y quizá estropea su actitud sistematizándola, ya que se cobra varias vidas y en cuanto hay algo que no funciona se tiene que vengar para volver a empezar, porque le hace bien.

¿Ha creado este personaje extremo para explorar hasta dónde puede llegar la naturaleza humana?

No, no he querido explorar los extremos. Yo siempre comienzo una novela sin a prioris. Lo primero que tuve fue la cara del personaje, una persona mayor, tenaz como todas las personas longevas, con mucho sentido del humor para tomar distancia de las cosas. Después, al escribir, el personaje es el que cuenta y no sé lo que va a hacer, así que de vez en cuando exagera y puedo o no estar de acuerdo, pero escribo y el personaje me dicta, yo narro lo que hace. Entonces no me siento preocupado por sus acciones. Aunque es verdad que es exagerada y lleva las cosas muy lejos.

Rose, marcada por todo un siglo, dice que la Historia es una porquería, ¿está de acuerdo?

Es evidente que sí, sobre todo la historia del siglo XX. Hoy lo podemos hablar, lo podemos debatir. Vivimos momentos inquietantes, sobre todo si somos occidentales, porque vemos que ya no dirigimos la Historia, y que países que antes eran muy pobres se están enriqueciendo. África, China, India, Indonesia, Corea del Sur o Brasil están creciendo de manera increíble. Sin embargo, desde otra perspectiva, el siglo XX es un siglo que comienza con un genocidio, una locura como la de 1915, cuando los turcos decidieron crear un país y eliminar todo lo que no fuera la nueva nación, matando a los armenios porque no eran musulmanes sino cristianos. Ahora los turcos dicen que eso no pasó. Hemos ido de un genocidio a otro hasta el de Ruanda. Y no solo genocidios étnicos sino de clase social, como cuando dos grandes tiranos del siglo XX como Stalin y Mao Tse Tung matan a campesinos y los dejan morir de hambre. Ese es el siglo XX para mí, una historia inmunda, repugnante, en la que sorprende que haya habido tantos intelectuales que apoyaron a tiranos como Stalin, Mao o Hitler, porque no tenían excusa. Así que es un siglo que perdió la cabeza, el siglo más horrible de la historia de la humanidad.

Usted hace un repaso del siglo XX en La cocinera de Himmler. ¿Cree que la mejor historia se encuentra en las novelas?

Sí, por supuesto. Yo soy muy respetuoso de la Historia. En este libro, mi personaje pasa por la Alemania de Hitler, por los Estados Unidos o la China de Mao, así que he tenido que trabajar en el periodo que ella ha visto, a través de una exhaustiva documentación, leyendo a historiadores, trabajando textos como cuando aparece Himmler, de quien he escuchado su voz en los archivos que hay en Internet y he revisado libros en los que aparece para elaborar un retrato de él. Cuando Rose va a cocinar para Hitler he puesto todo lo imaginable acerca de cómo se alimentaba, sin faltarle el respeto a la Historia. Pero al mismo tiempo, y digo esto con cierta arrogancia, he querido transmitir cosas más potentes que los hechos o que la realidad, porque el novelista está para transmitir sentimientos más allá de los hechos. Y esto es lo que me interesa. Los historiadores, a quienes respeto mucho, no lo hacen. En ese sentido, la novela es un género superior porque puedes incluir a los otros géneros: historia, poesía, filosofía, periodismo, documentación, inspiración, locura, humor. Por eso creo también que la novela nunca va a desaparecer. La idea de decir y transmitir cosas a través de la novela siempre va a existir.

¿Por qué eligió a una mujer y por qué armenia?

Desde hace diez años vivo con una mujer armenia y gracias a ella y a su familia he podido entender el genocidio armenio. Me ha molestado que no sea reconocido como tal, cuando se ha masacrado a familias enteras. Así que conozco Armenia casi en carne propia. Los supervivientes armenios viven ese dolor porque se sigue negando que hubiera genocidio. En cuanto a la elección de una mujer como personaje es muy sencillo: yo mismo soy una mujer en muchos sentidos. Si me miras tengo un lado macho, pero soy muy femenino. Si hay una gran fiesta yo soy el que está en la cocina; cuando he vivido en pareja siempre he sido yo quien hace la limpieza después de las comidas, el que hace las compras, me he ocupado de los niños, etcétera. Y ha sido fácil ponerme en la piel de una mujer. Lloro en el cine, no me gusta el futbol y para hacer pipí me siento, como los egipcios.

Otro elemento importante de esta novela es la cocina.

Sí, y la cocina también viene de ese lado femenino. Yo siempre estuve con mi madre en la cocina, entré muy pronto en ese espacio y, de hecho, saqué a mi madre de ahí porque luego fui yo quien cocinaba. Siempre me ha encantado la cocina e incluso uno de mis hijos es cocinero. Tengo más amigos cocineros que políticos, por ejemplo. Sin embargo, el que Rose sea cocinera no es algo premeditado. Como digo, partí del rostro de una mujer que era cocinera, nada más. Cuando comencé el libro, que en principio se llamaba La cocinera roja, ella acababa cocinando para Stalin. Sin embargo, el personaje no quiso esa perspectiva, se fue por otro camino y acabé siguiéndola. Yo tengo un problema con mis personajes: no los controlo; ellos hacen lo que quieren, dicen cosas que me sorprenden y con las que a veces no estoy de acuerdo; me llevan a lugares que no había previsto y luego debo buscar las soluciones narrativas. Para mí hay dos tipos de novelas: las que se pueden fabricar —y hay muy buenas novelas fabricadas— y las que surgen de la inspiración. En ninguna de las dos hay menos trabajo, porque cuando sigues la inspiración hay momentos en que te bloqueas mientras que en la novela fabricada cuentas con fichas o documentos que te ayudan a seguir. Mi método cambia cuando escribo libros políticos, algo mucho menos divertido. Escribir novela me da curiosidad, porque quiero saber qué es lo que va a pasar y a dónde voy a llegar. Esto refleja, también, la capacidad del cerebro, que trabaja en algo concreto incluso cuando crees que no lo está haciendo, es una cosa maravillosa.

Usted ha sido periodista casi toda su vida. ¿Qué futuro le ve a este oficio y cuál es el reto del periodismo hoy?

No soy nada pesimista respecto a la situación del periodismo en la actualidad. Hace siete u ocho años sí que lo era, tenía la impresión de que entrábamos en una espiral, en un círculo vicioso del que no íbamos a poder salir. Todas las páginas web de información perdían muchísimo dinero; el papel se hundía y los periódicos estaban en una terrible situación. Nosotros nos dimos cuenta de ello desde hace tiempo e intentamos llevar a cabo un equilibrio entre el papel y lo digital.  Los periódicos del futuro tendrán una parte digital muy importante y la parte de papel que quede —porque vamos a seguir usando el papel gracias a esa necesidad del ser humano de tocar—, va a ser marginal. Estamos viviendo una revolución industrial digital, y cuanto más suave y lenta sea, mejor, porque cuando las revoluciones son rápidas acaban matando a muchos de los implicados, como ha pasado con algunos rotativos en Estados Unidos. Mi optimismo se basa en el surgimiento de un nuevo modelo económico en los medios. Por ejemplo, lo que sucede hoy con el que, para mí, es el mejor periódico del mundo, el New York Times, que perdió muchísimo dinero a partir de 2008 pero que el año pasado volvió a conseguir beneficios, no muy grandes pero ahí están, pues el modelo también le ayudó a remontar en cuestión de lectores. Debemos reconocer que tenemos una nueva vía y que hay que evitar el error de muchos periódicos franceses, el de seguir solo en papel. Hoy el 20 por ciento de los ingresos publicitarios de Le Point no proviene del papel sino de lo digital. Y esto está en plena explosión.

¿Podría definir a tres personajes que ha conocido bien: François Mitterrand, Nicolas Sarkozy y François Hollande?

Mitterrand era un personaje histórico, casi diría del siglo XIX, con una grandísima cultura europea, razón por la cual se entendía muy bien con Helmut Kohl. En su vida privada era encantador; yo le quería mucho. El hombre público quizás era demasiado cínico.

De Sarkozy no merece la pena siquiera hablar. No es interesante. Tiene mucho carisma, ha hecho mucho ruido. Es un buen orador.

François Hollande está haciendo el cambio que tenía que hacer. Quizá salve su mandato, que empezó muy mal porque fue patético. Es una persona lúcida y muy inteligente que desde que fue elegido no ha hecho nada, pero ha empezado a cambiar. El nuevo Hollande está mostrando coraje y diciendo las cosas. Creo que en el futuro nos va a sorprender