Columbus en llamas: Villa y los motivos de la discordia

Se cumplen cien años del ataque villista al poblado estadunidense, en marzo de 1916, lo que motivó la expedición punitiva del general Pershing con el fin de “cazar” al revolucionario mexicano.

México

En su libro El verdadero Pancho Villa, el periodista SilvestreTerrazas refiere la última vez que se entrevistó con quien, desaparecida ya la División del Norte, estaba a unos meses de atacar el pueblo de Columbus, en Nuevo México. Terrazas le sugirió a Villa que se trasladara a vivir por un tiempo a Europa, pues en cualquier momento podían atraparlo y asesinarlo, y éste contestó:

“No, señor, es imposible que me atrapen; en mis andancias de muchos años por esos lugares los conozco como a mis manos, y puedo asegurarle que tengo cuevas y escondites, desconocidos para casi todos, donde puedo permanecer indefinidamente, y aunque me echaran encima todos los ejércitos del mundo, jamás me encontrarían”.

Su relación con los estadunidenses pasó de la amistad al odio y al deseo de venganza. Atrás había quedado el tiempo en que era recibido del otro lado de la frontera como una celebridad. Atrás había quedado el tiempo de su amistad con el general John Black Jack Pershing, a quien visitaba en Fort Bliss, y de la famosa foto en la que aparecen Álvaro Obregón —todavía con sus dos brazos—, Villa y un sonriente Pershing.

El presidente del país vecino, Woodrow Wilson, reconoció al gobierno de Carranza a finales de 1915. Ésta podría ser una de las causas del enojo de Villa. En carta a Zapata que cita el historiador Friedrich Katz, culpa al gobierno de Wilson de su fracaso en Sonora “por haber permitido a varios miles de soldados carrancistas cruzar su territorio para reforzar a los de Agua Prieta. (…) Por lo anterior verá usted que la venta de la patria es un hecho, y en tales circunstancias y por razones expuestas anteriormente, decidimos no quemar un cartucho más con los mexicanos nuestros hermanos y prepararnos y organizarnos debidamente para atacar a los americanos en sus propias madrigueras”.

Marte R. Gómez escribe que “Villa no vaciló frente a la eventualidad de provocar un conflicto internacional que llenara de preocupación a Carranza, y que le dejara a él, Villa, mayor libertad de acción para actuar en su lucha”.

Por otra parte, el revolucionario de Durango quería vengarse de Samuel Ravel, quien vivía en Columbus y le había vendido parque en mal estado. Pero la madrugada del ataque, el 9 de marzo de 1916, Ravel había ido al dentista a El Paso, allá pasó la noche y se salvó de morir.

Antes de esa fecha, tuvo lugar en Santa Isabel, Chihuahua, un ataque de los villistas a un tren donde viajaban 15 ingenieros de minas estadunidenses y el administrador de la Cusihuiriáchic Mining Company. En esa acción no participó directamente Villa. Al frente estaba Pablo López.

El tren se detuvo en una curva: un tren remolque descarrilado impedía el paso. Fue el momento en que dio principio la inesperada fiesta de las balas: hombres a caballo rodearon al tren, hicieron bajar a los estadunidenses, los obligaron a quitarse la ropa y quedarse en calzoncillos, y los formaron a lo largo de la vía. Uno de ellos se echó a correr. Otros dos lo imitaron. Los villistas dispararon sobre ellos y solo uno, Holmes, logró llegar al río y se perdió entre los arbustos. Todos los demás fueron pasados por las armas.

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La vieja cordialidad de Villa con los estadunidenses estaba rota. En la Hacienda de San Jerónimo seleccionó a 400 hombres, que se suman a otros para “una misión muy peliaguda”. En el trayecto a Columbus, toman como rehén a una estadunidense, Maud Wright; no la liberaron sino hasta que ya había pasado todo. El testimonio de esta mujer es importante como prueba de que el Centauro sí cruzó la frontera con su tropa —no se quedó en Palomas—, y desde una zanja dirigió las acciones. Eran 589 villistas. Entre los jefes estaban Candelario Cervantes, Pablo López, Nicolás Fernández, Francisco Beltrán y Juan Pedrosa.

El ataque empezó a las 4:45 de la mañana. Los soldados de Estados Unidos se hallaban dormidos en Camp Furlong, pero los villistas se confundieron y en un principio dispararon contra los caballos del establo. Después incendiaron parte del pueblo, incluyendo un hotel de Ravel, desde donde les disparaban. Intentaron sin éxito forzar la caja fuerte del banco. Capturaron un total de 80 caballos, 30 mulas y 300 fusiles. Mataron a 17 militares y 10 civiles. Murieron 77 villistas —más de 100, según algunos—, muchos de ellos victimados por las balas de los civiles, que se defendían desde sus casas, y siete fueron capturados por los militares. A las 7:30 de la mañana el clarín llamó a retreta, y la tropa inició la retirada hacia México. Los militares estadunidenses cruzaron la frontera para perseguirlos, pero pronto regresaron a Columbus. Concluye Katz: “En términos militares y económicos, el ataque había sido cualquier cosa menos un éxito. (…) Pero en términos estratégicos, el ataque cumpliría ampliamente las expectativas de Villa y les daría a él y a su movimiento un nuevo plazo para reponerse”.

Al día siguiente, Wilson declaró que se enviaría a México una fuerza militar con el objeto de capturar a Villa vivo o muerto. Al frente de ella, se designó al general John J. Pershing, el ex amigo del Centauro. El 16 de marzo ingresó a territorio mexicano la primera columna de la expedición punitiva. En total entraron 11 mil 410 soldados estadunidenses, muchos de ellos de raza negra: infantería, caballería, artillería, motocicletas, cañones, ametralladoras y la primera brigada aérea de Estados Unidos compuesta por ocho aviones. Más de 11 mil soldados para enfrentar a un ejército que no llegaba a los 500 hombres.

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El 27 de marzo los villistas atacaron a los federales en Ciudad Guerrero, a quienes derrotaron; pero Villa resultó herido en la rodilla de la pierna derecha. No podía caminar ni montar a caballo. Lo trasladaron en carretón y en parihuela hasta un rancho. Después, acompañado de dos asistentes, Joaquín Álvarez y Bernabé Cifuentes, se ocultó en la Cueva del Coscomate. Se trataba en realidad de un abra: una abertura en la formación rocosa de la cima del cerro.

“Estuvimos ahí 33 días sin otra cosa que comer más que arroz y azúcar”, le contará a la periodista estadunidense Sophie Treadwell, quien lo entrevistó en Canutillo. “Me persiguieron 16 mil carrancistas y 12 mil americanos y durante la primera semana los escuchamos buscando entre los arbustos alrededor de nosotros. Pero la naturaleza, muy sabia, había arreglado un lugar que nadie, a menos que lo conociera, sospecharía que era una cueva”.

La abra tiene forma de troje, es pequeña, no muy profunda, y no podía ser vista desde abajo. Villa oyó hablar y cantar a una columna volante que cabalgaba por la falda del cerro. “Pasaron tan cerca que hasta aprendí inglés”, contó más tarde.

Del lado estadunidense se pegaron carteles ofreciendo hasta cinco mil dólares por la cabeza de Villa y sus principales oficiales, y solicitando voluntarios para combatirlos:

Follow Citizens: are you aware of de fact that the U.S. Government has made an Earnest appeal of the Inmediate Enlistment of 25 000 men necesary to raise U.S. Army to CAPTURE VILLA at once. To do so Army Must Have Men.

Los estadunidensesestablecieron dos bases, una en la Colonia Dublán y otra en San Antonio de los Arenales. Recorrieron de norte a sur el estado de Chihuahua, “buscando a Villa, queriéndolo matar”. Nadie osaba denunciarlo. Corría el rumor de que ya estaba muerto.

Un cirujano es llevado a la Cueva del Coscomate. El agua la consiguen los asistentes a muchos kilómetros de distancia. Si se animan a matar una res de algún rancho cercano, deben apresurarse a enterrar los restos. Los gringos no encuentran a Villa, y si alguien les da un informe, ese informe es falso. “Con la novedad de que Villa está en todas partes y en ninguna”, es el paradójico parte que reciben.

En Parral, la décimo tercera columna de caballería, comandada por Tompkins, enfrentó la valiente oposición de una adolescente, Elisa Griensen, a la que seguían 24 alumnos de quinto grado de primaria, sus madres y unos cuantos niños, quienes arrojaron piedras a los forasteros.

Los generales Scott y Obregón se reunieron en un hotel de El Paso y acordaron que las fuerzas de Pershing no se desplazaran más hacia el sur del estado. El 21 de junio, en Carrizal, hubo un combate entre los de la punitiva y los carrancistas; los primeros tuvieron más bajas que los segundos. México y Estados Unidos se encontraban al borde de la guerra.

Cuando lo consideró oportuno, Villa dejó la Cueva del Coscomate. El primero de julio, los villistas se reunieron en San Juan Bautista, Durango. Mientras tanto, en la Colonia Dublán, los americanos se aburrían. Paco Ignacio Taibo II cita el testimonio de Tompkins: “El campamento era muy incómodo a causa de los fuertes vientos, frecuentes tormentas de arena, el calor tropical del verano, bandadas de mosquitos. Se vivía en refugios de adobe. Había poco que hacer: beisbol y boxeo, beber alcohol, jugar e ir de putas”.

Villa se desplaza a San Andrés. Ahí lanza un manifiesto, donde señala que los carrancistas son unos traidores que han permitido la invasión de los gringos. El 5 de noviembre ocupa Parral. El doctor De Lille consigue sacarle la bala de la rodilla y Villa se recupera de su herida, aunque su pierna nunca volvería a ser la misma. El 22 de noviembre los villistas atacaron Chihuahua. En Camargo, ejecutaron a cerca de 90 mujeres, escribiendo una de sus páginas más oscuras. A finales de diciembre, Villa tomó Torreón y más tarde Jiménez, donde conoció a Austreberta Rentería, quien había de ser su última esposa.

A principios de 1917 la punitiva recibió órdenes de dejar el territorio nacional, y para el 5 de febrero ya habían salido todos los soldados. Tras fracasar estrepitosamente en México, Pershing fue enviado a Europa y se convirtió en un héroe para su país en la Primera Guerra Mundial.

Años después, en Canutillo, Villa mostraba sus gallos de pelea a la periodista Sophie Treadwell:

“Son unos pájaros muy hermosos”, le dijo: “éste es el Charro, éste otro es el Valiente. ¡Ah, y aquí está uno que le va a gustar: es el Wilson! Ven aquí, Wilson. ¡Ah, qué Wilson éste! No es de los mejores”.

Y soltó una carcajada.