En las entrañas

Danza.
Nellie Campobello
Nellie Campobello (Especial)

Ciudad de México

Este 6 de diciembre se cumplieron cien años de la entrada de Francisco Villa y Emiliano Zapata a la Ciudad de México. Esto trajo a colación varias reflexiones respecto a la herencia cultural que el proceso revolucionario heredó a nuestra generación. Las reflexiones han girado en torno a diferentes áreas del desarrollo humano. La danza no puede ni debe escapar a dicho contexto de conmemoración histórica.

El programa cultural que encabezara José Vasconcelos organizó y alimentó un espíritu mexicanista en dos vertientes generales que aún en estos días suponen un reto cultural: descubrir y revelar en forma y fondo las raíces indígenas y campesinas de nuestra tierra y, en la misma dimensión, incorporar al espíritu nacional los valores de la cultura universal. Esta visión alienta sin duda un debate respecto a los discursos de–coloniales actuales. Aun así, pueden retomarse estos preceptos como base para un análisis de los procesos creativos que se realizaron entonces, y avanzar hacia los que hoy se desarrollan, ya que en estos tiempos agitados los puntos de coincidencia son mayores incluso a los deseados.

En entregas pasadas mencioné a Zapata de Guillermo Arriaga, que supuso la reivindicación del caudillo sureño montada sobre la partitura de José Pablo Moncayo. Esta obra fue un parteaguas desde la perspectiva coreográfica ya que representó una mexicanización o apropiación del lenguaje dancístico formal, adaptado a un lenguaje musical mexicano, así como una proyección de las líneas narrativas que comenzaron a surgir ante la agitación social que significaba una revolución.

El estreno del ballet Quetzalcóatlreveló también la creación de una danza mexicana (no necesariamente folclórica) que pretendía volver la mirada a las manifestaciones artísticas indígenas, que ni la danza moderna ni la clásica de esos años lograban  estructurar, pese al histórico esfuerzo realizado por Ana Pavlova en la ejecución del “Jarabe tapatío”. El país se vio ante lo que muchos historiadores nombran como “la mexicanización del arte”. Podemos hablar de ballets como Sacnité, La fiesta de Tláloc, Tlahuicole o el histórico ballet de masas 30–30 y Alameda 1900 creados por Nellie Campobello. Fue un momento que supuso un diálogo constate y directo entre las diferentes disciplinas artísticas, condición que no solo enriqueció los procesos artísticos sino que los elevó a niveles de universalidad estética y mexicanidad emotiva.

A casi 100 años de este “renacimiento” mexicano, miro con preocupación que en muchos de los espacios destinados a la creación de arte se emprende una negación del nacionalismo artístico; y es que no se trata de petrificar los universales estéticos que se lograron hace un siglo, pero sí de retomar la reflexión temática, estilística y disciplinaria para buscar identidad, comunicación e identificación con el público, el mismo que deseamos que acuda a los teatros a ver danza. Parece que campea la abulia narrativa y el valor posmoderno de usar y tirar, de no trascender y mucho menos reivindicar valores locales. Hay excepciones, pero veo necesario un llamado de atención para voltear a mirar la realidad angustiosa tal y como es, la multiculturalidad varia, los universales y sobre todo los valores nacionales que al parecer son lo único que en estos tiempos nos dan unidad e identidad para marcar un camino hacia adelante por la vía del arte.