Francisco Araiza, un elegido de la ópera

Fue el primer tenor mexicano en obtener reconocimiento mundial. “Salí de México en 1974 y en 1990 ya había llegado a la meta”, evoca con satisfacción.
En septiembre presentará otro disco: un homenaje a Chucho Monge por el centenario de su nacimiento.
En septiembre presentará otro disco: un homenaje a Chucho Monge por el centenario de su nacimiento. (Jesús Quintanar)

México

A finales de los 80, el tenor mexicano Francisco Araiza (1950) deslumbró a la crítica operística internacional con sus magistrales interpretaciones del exigente repertorio alemán. En esa época, la escena estaba dominada por cantantes, directores y maestros europeos. Y aunque algunas voces mexicanas femeninas habían logrado destacar en el extranjero ningún latinoamericano —mucho menos mexicano— había conquistado al público internacional. La irrupción de Araiza en los teatros europeos fue, sin duda, un acontecimiento. El intérprete era, en sus palabras, “un ave excéntrica. Un mexicano que cantaba Mozart y Schubert”.

Francisco Araiza fue el primer tenor mexicano en obtener reconocimiento mundial. “Salí de México en 1974 y en 1990 ya había llegado a la meta”, evoca con satisfacción. Décadas después de triunfos continuos del cantante, surgió una tradición de tenores y barítonos mexicanos aclamados internacionalmente. En la actualidad, a nadie sorprende ya la calidad de intérpretes nacionales que, en su mayoría, reconocen públicamente la labor de su predecesor a quien consideran una leyenda por su excepcional voz y la perfección de su técnica.

Aunque ahora está enfocado a su actividad docente en las óperas de Stuttgart y Zúrich, el tenor vuelve con cierta frecuencia a México donde su presencia es sumamente valorada. El primero de junio encabezó en el Palacio de Bellas Artes la gala por los 150 años de Richard Strauss y actualmente ya se prepara para celebrar, en septiembre próximo, los 80 años de dicho recinto con la ópera Billy Budd, del compositor británico Benjamin Britten.

Recientemente grabó el disco No limits (distribuido en México por el sello Urtext) una compilación de algunas de las arias que dan prueba de su versatilidad: desde repertorio mozartiano, belcantista, francés, ruso hasta culminar con repertorio wagneriano.  

En septiembre presentará otro disco: un homenaje a Chucho Monge por el centenario de su nacimiento. La producción incluye algunas de las más de 300 canciones de arte que el autor de “México lindo y querido” realizó antes de su periodo como compositor de música ranchera.

Fue el primer mexicano que obtuvo reconocimiento internacional. ¿Cuál fue el factor decisivo para triunfar? 

Es más fácil expresarlo en alemán, hay un juego de palabras que lo explica muy bien. Ser cantante o artista no tiene que ver con una ocupación o un empleo sino con el hecho de ser escogido en determinado momento. Un cantante joven tiene que estar preparado en caso de que le llegue ser escogido, y a mí me sucedió.

¿En qué momento fue elegido?

Fueron varios. La visión de mi maestra Erika Kubascek fue determinante. Ella me vio posibilidades para hacer una carrera internacional. Reunió a un grupo de personas a mi alrededor como la maestra Irma González, el director de coro de cámara de la UNAM y un crítico reconocido que además era director de la compañía American Airlines, entre otros. Gracias a ellos  pude viajar al extranjero becado por la UNAM

Otro momento decisivo fue cuando me tocó ser sucesor del cantante sajón Fritz Wunderlich, quien murió prematuramente dejando un gran vacío. Con su muerte se rompió una cadena y a mí me tocó fundirla de nuevo, ser ese eslabón perdido.  

¿Qué opina de los cantantes mexicanos ahora tan exitosos? ¿Cuál es su relación con ellos?

Son cantantes superdotados. Todos muy inteligentes y muy nobles. A Ramón (Vargas) lo conocí cuando llegó a la ópera de Viena donde yo ya era una gran estrella. Lo escuché cantar roles pequeños y le auguré un gran futuro. Él fue uno de los cantantes que después de mí, un poco más cercano, gozó de esa predisposición de directores para dar un lugar a los cantantes mexicanos.

En el caso de Javier (Camarena), fui sinodal cuando él ganó el concurso de canto Moreli. Me di cuenta de su gran talento y me dediqué a seguirlo para garantizar que ese talento no cayera en manos erróneas. Después de ganar el premio empezaron a surgir críticas a sus interpretaciones mozartianas y pensé ‘no le conviene quedarse en México”, lo invité a venir conmigo a Zúrich, porque sabía el impacto que causaría si aprendía a manejar su voz. El programa académico duraba dos años, pero a los seis meses de haber llegado lo invitaron a debutar al lado de la soprano Cecilia Bartoli en la ópera de Zúrich, una de las más prestigiosas del mundo. Pocos pueden empezar desde arriba. Javier sí.

¿Qué necesita la ópera en México?

Le faltan teatros y fuentes de trabajo para los cantantes talentosos que hay en el país.

¿Qué le falta por hacer a Francisco Araiza?

Seguir dando gracias a Dios. No me hace falta nada.