80 años: ¿un nuevo FCE?

A salto de línea.
Fondo de Cultura Económica.
Fondo de Cultura Económica. (Especial)

Ciudad de México

¿Qué pasaría si el Fondo de Cultura Económica no existiera? No habría historia de la participación del Estado en la conformación de una editorial especializada en libros de economía. No pasaría nada. Alguien ocuparía ese lugar. La iniciativa privada, por ejemplo. Aunque el nivel de educación media superior sería con otro tipo de libros, más adocenados, menos analíticos, como un manual de buenos comportamientos sociales. Digamos, una UNAM y un Politécnico sin estudiantes que confrontan el estado de deterioro de la vida pública.

Tampoco conoceríamos la proeza de la traducción —la primera al español— de El capital, de Carlos Marx, en manos de Wenceslao Roces, por dar un ejemplo de ideología. Pensamiento que ahora repite el FCE al publicar próximamente la que se considera la segunda versión moderna de aquel libro de Marx: El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty. Solo con los libros de ciencia y economía el FCE tendría suficiente razón para existir, aun cuando Leo Zuckermann pida la muerte de la editorial, lo que desató polémica.

Otra cuestión sería el derroche del FCE para pagar adelantos de derechos de autor por ciertos libros y autores —¿cuánto se pagó por Piketty, lo sabremos algún día?—, porque su oferta se expandió como una editorial de carácter plural, que está bien, pero olvidó su vocación original. Un libro de antropología,  Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis causó la crisis y credibilidad del FCE al pretender el gobierno censurarlo y declarar al autor “calumnioso y obsceno”. Peores son los funcionarios públicos convertidos en “autores” utilizando al FCE para sus memorias gubernamentales: hasta ahora nadie ha chistado.

Reconquistar al FCE como una editorial de interés público con vocación altruista es el reto de las siguientes generaciones y directores de la institución. Lo he dicho y escrito varias veces: desde que México cambió su régimen priista por el del panismo —con Vicente Fox en el año 2000, hasta Felipe Calderón—, lo único que no ha cambiado son los intereses culturales, con grupos y apellidos.

A Enrique Peña Nieto no debería temblarle la mano para hacer del FCE la punta de lanza de la liberación de la cultura en manos de grupos enquistados por décadas. Sería lo mejor de su presidencia: autores que no han aparecido en sus catálogos serían los primeros en asumir un nuevo país donde la cultura es piramidal y de preferencia educativa, no de grupos con intereses lejos de la vida pública.

¿Soñamos? No creo. El FCE tendrá que ir perdiendo esa dictadura del dedo que decide lo que se puede o no publicar. No son democráticos, aunque tienen un comité editorial que, todos sabemos, no decide la mayoría de las veces. O sí, pero publican a sus amigos. Así, imposible. Así, las nuevas generaciones de pensamiento, ciencias y literatura no tendrán cabida, mientras el statu quo persista. José Carreño Carlón es el que podría modificar ese juego de mentiras democráticas. Pero ¿querrá?