Fintas, solo fintas

Los personajes se desdibujan, son arquetipos incapaces de evolucionar.
Fotograma de "Más fuerte que las bombas".
Fotograma de "Más fuerte que las bombas". (Especial)

México

Una película es como una pelea de box —lo cual debería enseñarse en las escuelas de cine—: hay que aprender a golpear al contrincante, porque si solo fintas no ganas. El boxeador —perdón, el cineasta— no debe permitir engatusamientos, sean de quien sean porque el público paga y no admite falacias.

El autor de Más fuerte que las bombas es un mal boxeador —Foreman y Tyson lo abuchearían—: su técnica consiste en no conectar jabs y menos uppercuts. Trier es tan débil que Vicente Saldívar, peso pluma, lo noquearía en los inicios del primer round narrativo.

La metáfora no pude evitarse: Más fuerte que las bombas es un título que atrapa, pero solo vemos fintas: escupo a la maestra, hago que mi papá se olvide de su mujer y no hay consecuencia porque únicamente se trata de amagar, como aquella pelea entre Clay y Marciano que se realizó por computadora a finales de los sesenta, en la que no hay golpes.

La película es como esa pelea de box que no existió: los personajes se desdibujan, son arquetipos incapaces de evolucionar y están supeditados a las acciones que solamente son finta. Así, podemos señalar el falso idilio de Conrad con la niña del brazo enyesado y la relación amorosa de Gene con la maestra; son rounds a la deriva que logran un distanciamiento no brechtiano.

Al autor no le importa lo que cuenta, lo cual se ve desde el primer asalto: en un hospital, Jonah acaricia a su bebé recién nacido, su mujer le dice que tiene hambre y él, con mucho amor, sale a buscar comida. En los pasillos se encuentra con su ex y, en juego de equívocos, la ex cree que la esposa de Jonah ha muerto; por supuesto resulta hilarante, y entonces creemos que la película va ir por ese derrotero, pero la esposa y el bebé no vuelven a salir en el filme. El autor amaga que va a ser comedia pero resulta un drama esquemático.

La pelea está subordinada, la producción es noruega, hablada en inglés con actores gringos y sucede en una ciudad en cuyas macetas nacen banderas estadunidenses para llamar la atención del mercado más poderoso del mundo. Aunque no es el mejor, este “agachismo” provoca que el conflicto principal y las subtramas carezcan de sustancia; recuerden: si no se golpea, no se gana.

Los poderosos entes de la cinematografía anclados en su modus operandi poseen la única intención del “éxito comercial”; ahí es donde las historias se degradan, como las ansias de glamour que inyectaron a Jack Johnson y Jim Jeffries para realizar una batalla sin cuartel en una época donde la finta estaba prohibida.

 

Más fuerte que las bombas” (Noruega, Francia y Dinamarca, 2015), dirigida por Joachim Trier, con Gabriel Byrne y Jesse Eisenberg.