La fiesta del jefe

Pensar que "cualquiera" puede organizar un evento así habla de una desconexión con la realidad que raya en lo psicótico.
Diego Fernández de Cevallos.
Diego Fernández de Cevallos. (Jorge Carballo)

México

Uno de los grandes vislumbres de la revolución freudiana, a la que él mismo catalogó como la tercera herida narcisista en la historia de la humanidad (Copérnico: la Tierra no es el centro del universo; Darwin: el hombre desciende del mono; Freud: el ser humano no es dueño consciente de sus actos), fue que el lenguaje muy a menudo revela intenciones que escapan al control de aquel que habla. Por eso, a la manera del criminal que cae porque no resiste en última instancia la necesidad de alardear sobre sus andanzas, puede resultar instructivo analizar frases en apariencia triviales, pues permiten conocer mucho más de lo que aparece a simple vista.

Es el caso con la encendida defensa que ha realizado Diego Fernández de Cevallos acerca de su fiesta de más de mil invitados, entre los que se encontraba una variopinta muestra de las más altas esferas de la casta político-empresarial-eclesiástica que rige los destinos de nuestro país, a la que pudimos asistir gracias al afán megalómano de Xóchitl Gálvez, quien pareciera haber encontrado en su camarita un fetiche tan irresistible como para utilizarlo en su propia contra.

“Creo que se trató de una fiesta como cualquiera puede hacer en su casa”, afirmó el ex candidato presidencial, dejándonos ver en una simple frase la idea tan estrecha que tiene acerca de la realidad que lo circunda, a menos que realmente piense que cualquiera puede convocar a más de mil invitados, seguramente todos pertenecientes de alguna manera a los estratos más acaudalados de la sociedad, cuyo costo debió fácilmente superar los ingresos vitalicios de los individuos pertenecientes a los más de 50 millones de personas inmersas en la pobreza extrema. Es manifiesto que puede gastar su dinero como mejor le parezca, pero pensar que cualquiera puede organizar un evento así habla de una desconexión con la realidad que raya en lo psicótico.

“A mi casa entran ricos y pobres”. Cierto. A los primeros los vimos desfilar frente a la camarita de la “señora Periscopa” (genial ocurrencia de Felipe Calderón), visiblemente ufanos de pertenecer, por izquierda o por derecha o por donde sea, a la élite que nos gobierna. Los segundos estaban presentes de dos formas: como sirvientes cuya tarea era hacer posible la diversión de la concurrencia y, en un sentido metafórico, casi rulfiano, se advierte su presencia también como los fantasmas de los miles de muertos y desaparecidos ocasionados por las políticas económicas neoliberales, por la guerra contra las drogas, por el mantenimiento de las estructuras socio-laborales que hacen posible que vivamos en una sociedad de castas, de la que los asistentes al festejo representan la dorada cúspide.

Canetti explicó que el secreto era consustancial al prestigio tradicionalmente necesario para ejercer el poder con efectividad. Ahora que las nuevas tecnologías nos muestran en todo su esplendor lo que sucede tras bambalinas con la clase gobernante, nuestros peores miedos acerca de su naturaleza se ven rebasados de una manera tan implacable, que cualquier cosa que se diga al respecto necesariamente será insuficiente para describirla de manera fidedigna.