“El Cervantino norteño”

Durante la realización de este encuentro anual el tranquilo pueblo de Álamos, se transforma en un carnaval de buena música, delicias gastronómicas y largas noches.
Festival Alfonso Ortiz Tirado
Festival Alfonso Ortiz Tirado (Cortesía FAOT)

Ciudad de México

Para encontrar aquí el lugar que se busca, basta con guardar silencio. Será el viento que surca los callejones empedrados el que te indique el camino. En mi caso, mi destino se encontraba frente a una escuela primaria, así que decidí confiar en lo que el escritor Gerardo Cornejo llamó el “Solar de los silencios”... Y encontré la guía: el eco de los gritos de los niños que jugaban en el patio escolar.

Una vez al año, las casonas estilo colonial y los edificios históricos que alguna vez fueron testigos del paso de los revolucionarios ven romperse la monotonía del pueblo. Irrumpe entonces el bullicio. Violines, violonchelos, clarinetes, violas, pianos, guitarras, timbales y hasta las notas agudas de una soprano. Los sonidos y acordes musicales de todo el mundo pueblan por unos días este pueblo sonorense de Álamos, durante un festival que no dudan muchos en bautizar como “el Cervantino norteño”.

Y es que el Festival Alfonso Ortiz Tirado no solo congrega a intérpretes y artistas que lo mismo ofertan al público música de cámara que hasta blues o rock, sino también a miles de visitantes que se apoderan, cerveza en mano, de los recovecos de este municipio de Sonora que no rebasa los 10 mil habitantes.

Desde hace 31 años, en la Ciudad de los Portales, como también se le conoce a Álamos, se organiza el evento cultural como un homenaje a quien junto con María Félix es el gran orgullo de este pueblo, el tenor Alfonso Ortiz Tirado.

Según la placa que ostenta una casona con fachada blanca ubicada en la calle principal de Álamos, el intérprete nació ahí en 1893. Su gran mérito fue, además de ser el médico de cabecera de Frida Kahlo, divulgar en el extranjero las composiciones de autores mexicanos. Ahora, gracias al llamado Tenor de América, esta región sonorense goza de nueve días de sonidos e interpretaciones que difícilmente harían parada en este lugar a no ser por el festival.

Este año, en medio de edificios que datan de hace más de 300 años se improvisaron escenarios para las presentaciones de artistas como la cantante Eugenia León, la española Sole Giménez, un ícono del blues llamado Earl Thomas, el tenor Giancarlo Monsalve, las sopranos Ainhoa Arteta y Elizabeth Blancke-Biggs, y hasta grupos de rock como Genitallica y Torreblanca.

En este páramo se puede disfrutar de la representación de la ópera magistral de Georges Bizet, Carmen, a un costado de la Parroquia de la Purísima Concepción de Álamos, edificada en 1786, o bien dejar en la silla el formalismo y levantarse ¡a mover las caderas! con el sabor cubano de Tomasito Cruz. Pero el eco del festival lo hacen los miles de asistentes —100 mil este año, según datos oficiales— que encuentran en Álamos un oasis para beber, bailar y gozar.

La Plaza de Armas, en las entrañas del pueblo, se atiborra de adolescentes y jóvenes que viajan hasta más de 60 kilómetros desde Navojoa o Huatabampo para el festín cultural. En día de festival, en la Alameda no cabe un alma más, precisamente en el mismo lugar donde según los habitantes, durante las noches solo se escuchan los lamentos de los liberales, quienes murieron ahí a manos de los conservadores, en su empeño por defender las ideas de Benito Juárez.

Ni el frío, ni la lluvia torrencial que no dio tregua durante tres días, fueron impedimento para los visitantes que cargan con todo y hielera para mantener las “cheves” en su punto, pues la fiesta va para largo y muchos la siguen hasta que comienza a clarear. En día de festival, la única restricción es no traer consigo envases de cristal, como medida de prevención por si alguno de los jóvenes, en su afán de espíritu aventurero decidiera recrear una de las cruentas batallas libradas en el mismo lugar pero en tiempos del Imperio de Maximiliano de Habsburgo.

“Esta sí es una guerra, pero para ver quién aguanta más”, me dice en tono de sorna un chico de 16 años que, junto con su novia y un par de amigos, inició su expedición en viernes, justo después de salir de la preparatoria a la que asiste en Ahome, uno de los municipios que colindan al norte con Álamos.

En este pueblo es casi imposible andar cabizbajo. Las viejas casonas con sus techos altos obligan al paseante a mirar siempre pa’arriba. Muchas de ellas fueron construidas en el siglo XVII, después de que el descubrimiento de minas de plata convirtiera al pueblo en uno de los primeros asentamientos de la época colonial. Actualmente esas casas edificadas con grandes ventanales y extensos jardines en su interior, ofrecen hospedaje a los asistentes al festival, porque los habitantes generalmente no tienen de otra: viven de la agricultura o del turismo.

En los días del FAOT, las casonas son sitiadas por una arquitectura improvisada, casas de campaña que los visitantes de menos presupuesto suelen desplegar en los callejones y veredas del pueblo para pasar las noches de fiesta. Una de las actividades más esperadas al anochecer son las famosas callejoneadas, en las que la Estudiantina Dr. Alfonso Ortiz Tirado hace una caminata musical por los estrechos caminos de este pueblo que parece haberse congelado en el pasado.

La nostalgia o la simple paz que proporciona el pueblo, en el que se siente la ligera sensación de retroceder en el tiempo, han hecho de Álamos un lugar de descanso para muchos extranjeros. Cientos de retirados o jubilados estadunidenses y canadienses tienen sus casas de campo o de descanso en este lugar. Uno de los casos más famosos es el del dueño de la compañía chocolatera Hersey’s, quien eligió este pintoresco poblado para disfrutar de los beneficios de su emporio.

El señor Erikson cuenta que vino por primera vez en un tour organizado por una agencia de viajes. Cuando vio esas puertas de madera pintadas de colores llamativos, verde esmeralda o naranja, entendió que debía dejar el suplicio del gélido invierno de Canadá para gozar de este pueblo, donde la gente, además de hospitalaria, es amable. “Todos me dicen siempre buenos días o buenas noches, esa calidez no la encuentras en Toronto”, me explica.

Pero el edén que resulta ser este sitio no solo es para los que buscan tranquilidad. Del otro lado de la Alameda, en una de las cantinas más añejas del lugar, El Club Álamos, un grupo de mujeres se divierte al compás de un conjunto norteño y una fila de caguamas. Su espanglish las traiciona. Son de Nogales, Arizona, y sin mayor aspaviento ingresaron al lugar que, minutos antes, dos señores les advirtieron no era un lugar para señoritas. Pero en día de festival hasta las gringas cruzan la frontera con tal de ser parte del ya mítico festín.

La cantina no tiene ningún viso de peligro, es más una cuestión de costumbres. Los lugareños suelen ir a divertirse después de las jornadas laborales en el campo; sin embargo, es más común encontrar travestis que mujeres. Eso sí, ellos o ellas procuran entrar a las cantinas como hombres y comenzar su transformación una vez dentro. Una de ellas, alta, delgada y ataviada con un vestido dorado se hace llamar Shakira, le pregunto si es por una afición a la cantante colombiana. “No mija, es porque entré a este lugar con los pies descalzos y ahora hasta zapatillas uso”, me contesta antes de soltar una carcajada.

Horas después, tras el colosal maratón de corundas, cerveza y canciones de una rocola que los mismo toca a Ramón Ayala que el Dark Side of the Moon de Pink Floyd, Shakira sale abatida de cansancio. Es el sonar de sus tacones en el empedrado lo que la delata: un toc-toc que resuena en medio del pueblo cuando una vez terminado el festival regresa a la quietud, al mutismo.