“Doy voz a los personajes, no a mí”: Fernando Figueroa

“Me he ganado la vida platicando”, dice el periodista que presenta la edición de autor de su libro con las principales entrevistas que ha realizado durante 35 años de carrera.
Fernando Figueroa.
Fernando Figueroa. (Mónica González)

Ciudad de México

Entre sus proezas, además de ganarse la vida platicando con personalidades que van desde Marcel Marceau, Edward Albee y Emilio Carballido hasta Alejandra Guzmán o Chespirito, podría haber estado el convencer a Joaquín Sabina, un irredento aficionado al alcohol, de que beberse tres copas coñaqueras de tequila en 40 minutos acompañado de cuatro cigarros solo lo llevaría con mayor celeridad al panteón.

Al final, tras contarle que a un amigo alcohólico le pidió que le “bajara dos rayitas” no porque le diera pena su enfermedad sino porque quería disfrutar más de su amistad, Fernando Figueroa consiguió del andaluz un beso en la mejilla. Sabina es uno de los 60 personajes que aparecen en su libro El mejor oficio del mundo, una compilación de entrevistas que ha realizado en 35 años de carrera periodística.

 

¿Cómo está eso de que sorprendió con una navaja al dramaturgo Edward Albee?

Cuando Albee vino a México me advirtieron que no iba a dar exclusivas y dije: ¡Ahh chingá!, me tiene que dar una. Fui a ver su puesta en escena de La historia del zoológico, que trata de dos personajes —Jerry y Peter— que están sentados en una banca de Central Park. Diría Umberto Eco que uno es apocalíptico y el otro integrado. El integrado es un tipo muy exitoso y el otro, un fracasado, angustiado. Entonces el angustiado le echa bronca al otro, saca la navaja y le dice: “Hazme un lugar en tu espacio”. Después de ver eso, se me ocurrió ir a comprar una navaja de juguete al mercado de Sonora, intercepté al maestro Albee en el Aeropuerto, le enseñé la navaja y le dije la misma frase de su personaje. No le quedó otra que darme la entrevista.

 

¿Es bien terco?

Soy desidioso, pero cuando me propongo algo lo consigo. Por ejemplo, corrí el maratón de Nueva York en 2011, tras el atentado de las Torres Gemelas. La idea era hacer una crónica de cómo un tipo sin experiencia ni mucha preparación se avienta la carrera. En el kilómetro 35 sentí que ya ahí me quedaba, pero me aferré. Recuerdo que durante el recorrido, hay un punto que le llaman “la pared” y había una leyenda que decía: “La pared no existe”. En ese momento lo único que pensé fue: “No me hagan reír porque traigo los labios partidos”.

 

¿Hay alguien que se haya resistido a su ingenio?

Durante mucho tiempo quise entrevistar a Juan Gabriel. Fui muchas veces al palenque de Texcoco, pero el señor se portaba cada vez más payaso, hasta que me colmó el plato.

 

¿Pues qué es lo que le generaba tanta curiosidad del Divo de Juárez?

Una vez entrevisté a Miguel Bosé y le pregunté: “Imagínese que llegan unos extraterrestres y le dicen: ya detuvimos a Juan Gabriel y al Buki, para que nos den la receta secreta de cómo hacer letras de canciones pegajosas”. Cuando dije “pegajosas” se encabronó, se levantó y me contestó: “Yo no hago canciones pegajosas”. Seguramente a Juanga le hubiera preguntado la receta que no me quiso dar Bosé.

 

Dice que hay tres personas con quien le hubiera gustado platicar: Picasso, Puccini y Proust ¿Qué les hubiera preguntado?

A Picasso, qué era lo que más le gustaba de la fiesta brava. A Proust, si le hubiera gustado ser un hombre más de acción en vez del hombre encerrado en su cuarto escribiendo la mejor novela de la historia de la humanidad, vivir en lugar de escribir. Y a Puccini, pues lo mismo que a Juan Gabriel, cómo fue capaz de crear melodías tan imperecederas.

 

¿Y a Fernando Figueroa qué le cuestionaría?

¿Para cuándo la ficción? Pero creo que me hizo daño leer a Proust, con él me pasa lo que ha muchos con Michael Jordan. Después de Jordan ves un partido de basquetbol y queda siempre la sensación de que algo falta. Después de leer a Proust te quedas con la sensación de para qué escribir otra pinche novela más.

 

Nombró a este libro El mejor oficio del mundo, por el texto de Gabriel García Márquez y las experiencias que le ha dado, como el que Consuelo Velázquez le cantará “Bésame mucho” mientras tomaba un café. Pero ¿qué hay de las malas o de los tropezones?

Hay muchas, pero lo que más jode, creo, es que te pidan una entrevista y luego no te la publiquen, que te la mutilen. En El Nacional decíamos en plan de broma que había editores en otros medios que aplicaban el sistema: “Donde es coma, punto; y donde es punto, a chingar a su madre”. La peor experiencia es que alguien por prisa o por mala leche te mutile una entrevista que te costó trabajo conseguir, escribir.

 

¿Por qué publicó su libro en una edición de autor?

La ofrecí hace como tres o cuatro años a un par de editoriales y la respuesta fue que, como libros, las entrevistas no venden. Entonces llegó un momento en que dije: “Lo voy a hacer yo mismo”. Y trabajé con Diego Enrique Ortega que tiene su propia editorial, El Aleph Digital, le pedí que me ayudara con la tipografía.

 

Y como buen norteño, hizo lo que quiso a sabiendas de que no sería un buen negocio…

Me gustaría que la gente lo leyera no por mis preguntas, sino por las respuestas de los entrevistados. A lo mejor también, como me dijo un amigo: “Oye, tú te psicoanalizas con tus entrevistados”. Una vez le hice una pregunta a Alejandro Jodorowsky que le incomodó y, mientras estábamos en una sala de espera del aeropuerto, me contestó como de una manera mágica, con una frase que se repetía una y otra vez. Se creó como un ambiente raro, me sacó de la realidad. “Tu entrevista ya la terminaste, ahorita me estás haciendo preguntas para ti mismo”. La entrevista me gusta por eso, porque siempre tengo dudas y puedo resolverlas con este género periodístico. Es más, aún con lo que pasó sigo teniendo la duda de si Jodorowsky es un farsante o es un genio.

 

¿No teme que se tilde de ególatra hacer una recopilación de sus textos?

Últimamente en Facebook, la gente presume sus cosas y se me ocurrió hacer lo mismo (se ríe). Pero yo te cuestionaría, ¿si yo hago un libro pagado por mí mismo es un acto ególatra, pero si me lo imprime una editorial o Conaculta eso ya me exime de culpa? Al final el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Ya hablando en serio, no me estoy dando voz a mí mismo, les estoy dando voz a 60 personajes que tienen algo que decir.

 

 

 

En 35 años de carrera debe haber más de 60 voces…

Claro, en este libro están los más picudos, aunque hubieran quedado bien, tal vez, 80. Estoy cerca de cumplir 60 años, me gustó lo de 60 entrevistas. Me hubiera gustado no sacar a gente como Alberto Sicilia Falcón, el narcotraficante más famoso de su época; o a Jorge Díaz Serrano, que fue director de Pemex, el título de esa entrevista se llamaba “Yo quería ser presidente”. Imagínate, alguien que estuvo cerca de la Presidencia y terminó en la cárcel, como chivo expiatorio. También se quedó fuera el escritor Ricardo Garibay.

 

A lo mejor para la segunda edición, ¿no?

No, no tengo tanta egolatría (se ríe).